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Caperucita azul

Rosita es una niña muy buena👧, pero, de vez en cuando, desobedece un poquito😏. Un día iba a casa de sus abuelos👴👵a merendar🍰🍩, pero en lugar de ir por el camino, como le había dicho mamá, atravesó el bosque 🌳🌲y entonces 🐺🐺…

CAPERUCITA AZUL

¡Ay, Rosita, Rosita! Rosita era una niña con cara de angelito y pelo largo y moreno, con un montón de rizos locos. Era muy buena, pero, a veces, era algo despistada y desobedecía un poquito, solo un poquito…

Rosita, te voy a comprar una chaqueta a juego con tu nombre -le dijo un día su abuela- pero ¡qué guapísísima vas a estar!

¡No! -contestó Rosita- yo quiero una chaqueta de color azul, que es mi color favorito.

Así que, para su cumpleaños, los abuelos le regalaron una bonita chaqueta con caperuza en color azul.

Me encanta abuelos -dijo Rosita muy contenta. Le gustó tanto que se la ponía todos los días. Cada día salía de casa con su chaqueta azul y la caperuza puesta. Tanto se la ponía, que todos la reconocían por su chaqueta y empezaron a llamarla Caperucita Azul.

Un día la mamá de Caperucita preparó una tarta de manzana para merendar.

Ummmm, qué rica está mamá -dijo Caperucita- seguro que al abuelo le encantaría, con lo goloso que es -rió Caperucita.

Era cierto, su abuelo era muy goloso, siempre compraba chuches para comérselas con Caperucita a escondidas… era su secreto.

Seguro que sí -dijo su mamá-. Podrías ir mañana a casa de los abuelos y llevarles dos trozos de tarta, uno pequeño para la abuela y uno grande para el abuelo.

¡Sí! -dijo Caperucita- pero mejor llevaré tres trozos, uno pequeño para la abuela, uno grande para el abuelo y uno supergrande para mí. Así merendaré con ellos.

Al día siguiente, su mamá le preparó la mochila con los tres trozos de tarta de manzana.

Ponme también tres zumos porfa -dijo Caperucita -y tres magdalenas de chocolate, y tres rosquillas de azúcar, y…

¡Ya, Caperucita! -le contestó su mamá- es suficiente.

Se colocó la mochila a la espalda y salió hacia la casa de sus abuelos.

Caperucita, vete directamente a casa de los abuelos y no te salgas del camino -le advirtió su mamá.

¡Valeeee! -contestó Caperucita mientras ya salía corriendo. Iba muy contenta y con muchas ganas de llegar a casa de los abuelos para merendar con ellos aquellas cosas tan ricas.

Iba saltando y cantando cuando vio a la orilla del camino una planta de fresas. Estaban rojas y brillantes y pensó que podía coger unas poquitas para llevarle también a sus abuelos. Así que se paró a recogerlas. Estaba en eso, cuando llegó el Lobo.

¡Hola niña! -dijo el Lobo.

¡Uhhhhhhhh! qué susto me has dado Lobo tonto -le dijo Caperucita.

Vaya, perdona, no quería asustarte -dijo el Lobo- y ¿a dónde vas tan cargada? -le preguntó.

Pues voy a merendar a casa de mis abuelos -le contestó Caperucita.

¿Y qué llevas en la mochila, que parece que pesa mucho? -volvió a preguntar el Lobo.

Pues llevo tres trozos de tarta de manzana, uno pequeño, uno grande y uno supergrande; llevo tres zumos; tres magdalenas de chocolate; tres rosquillas… y nada más -le contó Caperucita.

Al Lobo se le hizo la boca agua. ¡Ummmmmmm!

¿Y dónde está la casa de tus abuelos? -le preguntó el Lobo.

Pues está al final del camino, solo tengo que seguir tooooodo el camino sin salirme y llegaré -le contestó.

Bah, vaya tontería, por el camino tardarás mucho más -le dijo el Lobo- si atraviesas por el bosque llegarás en la mitad de tiempo.

Caperucita se quedó pensativa, recordando lo que su mamá le había advertido justo antes de salir.

Ya bueno, pero es que mi mamá me ha dicho que no me salga del camino -dijo Caperucita.

Bueno, pero eso es porque tu mamá no conoce el bosque como yo -le contestó el Lobo-. Si quieres, yo puedo acompañarte hasta la casa de tus abuelos para que no te pierdas y así puedas llegar cuanto antes para merendar esas cositas tan ricas.

Caperucita, que a veces desobedecía un poquito, pero solo un poquito, le dijo: vale, si tú me acompañas no me perderé ¿no?

Claro -dijo el Lobo, que ya se estaba relamiendo.

Así que Caperucita se adentró en el bosque con su nuevo amigo el Lobo.

Cuando ya estuvieron en medio del bosque, el Lobo pensó que había llegado el momento de… ¡ñam ñam ñam! y se abalanzó sobre Caperucita.

Pero cuando estaba a punto de agarrarla, vio venir al Guardabosques.

¡Arrrrgggg! ya está aquí ese pesado, siempre me estropea todos los planes -dijo el Lobo entre dientes.

Caperucita, verás, es que tengo que ir a hacer pis -fingió el Lobo-, tú sigue por este sendero y ya llegas de nuevo al camino, sigues todo el camino y llegarás a casa de tus abuelos -le dijo- yo voy a meterme detrás de esos matorrales ¿vale?, si puedo ya te alcanzo -le dijo.

Y así el Lobo desapareció para que el Guardabosques no le viera.

¿Qué haces por aquí Caperucita? -le preguntó el Guardabosques- no debes atravesar el bosque sola, ¿no sabes que hay un Lobo por aquí merodeando? llevo días tras él, porque asusta a todos los papás, mamás y niños que vienen al bosque. ¡Cuando le pille se va a enterar!

Caperucita pensó que mejor no le iba a contar que había visto al Lobo y que encima se había adentrado con él en el bosque, porque se lo diría a sus papás y ¡ufffffffff! la castigarían hasta el fin de los tiempos.

Eh… ya… es que me puse a coger fresas, me salí del camino y me he perdido -mintió Caperucita.

Vale, te acompañaré hasta la casa de tus abuelos -le dijo el Guardabosques.

Mientras, el Lobo, en lugar de ir a hacer pis como le había dicho a Caperucita, lo que hizo fue irse por un atajo que conocía hasta la casa de los abuelos. Cuando llegó, se asomó por una ventana, y vio que los abuelos no estaban. Así que aprovechó que la puerta estaba abierta y se coló en casa. Entonces se le ocurrió una idea:

Voy a ponerme el camisón de la abuela, y cuando venga Caperucita, le diré que el abuelo ha ido a por agua y que yo estoy en la cama porque me duele la cabeza, pero que entre, que la puerta está abierta y entonces… ñam ñam ñam ¡me voy a poner las botas! -pensó.

Y así lo hizo. Se colocó el camisón, el gorro de dormir y las gafas de la abuela y se metió en la cama.

Caperucita, ya estamos en casa de los abuelos -dijo el Guardabosques-. ¡Venga! llama y entra, que no quiero que andes sola con ese Lobo suelto por aquí.

Vale, vale -dijo Caperucita-. Llamó a la puerta. ¡Abuela, abuelo, ya estoy aquí! -gritó.

Pasa hijita, la puerta está abierta -contestó el Lobo.

Caperucita entró y el Guardabosques se marchó tranquilo dejando a Caperucita en casa con sus abuelos.

Hola abuela ¿y el abuelo? -preguntó. A Caperucita le extrañó que no salieran corriendo a recibirla y a darle un montón de besos y achuchones, como hacían siempre cuando ella llegaba.

Es que… el abuelo se ha ido a por un poco de agüita fresca y yo estoy en la cama porque me duele mucho la cabeza -fingió el Lobo.

Ah -contestó Caperucita, aunque algo desconfiada.

Ven aquí hijita ven, que no te veo bien desde tan lejos -le dijo el Lobo.

Caperucita se acercó y cuando le vio más de cerca se quedó pensativa.

¡Abuela, qué orejas tan grandes tienes! -dijo.

Son para oírte mejor hijita -contestó el Lobo.

¡Abuela, qué ojos tan grandes tienes!

Son para verte mejor hijita -contestó de nuevo.

¡Abuela, qué nariz tan grande tienes!

Es para olerte mejor hijita -le dijo.

¡Abuela, qué bocota tan grande tienes! -siguió Caperucita.

Es para hablarte mejor hijita -susurró el Lobo.

¡Abuela, qué dientes tan grandes tienes! -dijo Caperucita con cara de… ¡voy a salir corriendo!

¡¡¡Son para comer mejor!!!! -dijo el Lobo y se abalanzó sobre Caperucita.

Caperucita empezó a correr por la casa y el Lobo iba tras ella.

¡Ya sabía que tú no eras mi abuelita! ¡Lobo feo! ¡Con esas orejotas, esa narizota y esos dientes tan sucios! ¡cochino! -gritó Caperucita- ¿cuánto tiempo hace que no te los lavas? te huele el aliento ¡Lobo tonto!

Y le dio una patada tan grande en la espinilla, que el Lobo vio las estrellas.

¡Ayyyyyyyyyy, niña! ¡Eres más mala que yo! -gritó el Lobo- ¡ven aquí, tengo mucha hambre, que hoy no he desayunado!

Caperucita cogió el jarrón que había en la mesa del salón y se lo tiró a la cabeza. El Lobo lo esquivó por poco ¡casi le da en la frente!

¡Aaarrrrrrggggggg! ¡Ahora sí que me he enfadado! -gritó el Lobo- y subió a la planta de arriba detrás de Caperucita.

Cuando llegó al final de las escaleras, Caperucita le puso la zancadilla, el Lobo se cayó de morros y se dio un golpe, que se quedó tirado en el suelo.

Caperucita cogió un paraguas y se acercó a ver si se movía.

¡Lobo bobo! ¿qué te creías? ¿que soy una niña tonta y llorona? Soy cinturón azul de taekwondo y soy campeona en lanzamiento de pelota en el cole -dijo Caperucita muy enfadada.

El Lobo veía doble, no podía creer lo que le estaba pasando. Definitivamente, estaba perdiendo facultades. Abrió más los ojos y vio a Caperucita apuntándole con el paraguas rojo chillón de su abuela.

Entonces entraron los abuelos con el Guardabosques.

¡Caperucita! Hijita ¿dónde estás? -gritó la abuela. Estaban muy asustados porque el Guardabosques les había contado que andaba un lobo cerca y cuando oyeron tanto escándalo en su casa se temieron lo peor.

El abuelo subió las escaleras con su bastón en la mano, por si tenía que defenderse del malvado Lobo.

¡Lobo malo! ¡no te vas a comer a nuestra Caperucita Azul! -gritó el abuelo.

¡No, claro que no! ¡Ay mi niñita! -gritó la abuela.

¿Qué? ¿comerme yo a esta niña mala y con esos pelos que tiene, que se me enredarían en los dientes? -dijo el lobo asombrado-. Yo lo que quiero es comerme la tarta de manzana, las magdalenas, las rosquillas y beberme el rico zumo… -dijo llorando.

¿Eh? -dijo Caperucita- ¿entonces no me quieres comer?

¡Que no! yo no como niños, trae muchos problemas. Además está mucho más rica la tarta, los dulces, los sándwiches, los bocatas, las hamburguesas, la pizza, las chuches… -dijo el Lobo, mientras todos le miraban con la boca abierta.

Pero vamos a ver -dijo el Guardabosques- entonces ¿por qué estás todos los días asustando a los papás, las mamás y los niños que vienen al bosque de merienda?

Pero si yo no les asusto -dijo el Lobo-, yo solo me acerco a pedirles algo de comida y ellos salen corriendo y gritando, entonces yo aprovecho y cojo lo que me apetece.

Todos se miraron con cara de asombro.

Al final resultó que el Lobo era un lobito bueno. Los abuelos le invitaron a merendar, para que se recuperase después de su pelea con Caperucita. Como Caperucita había llevado tantas cosas hubo merienda suficiente para todos, incluso el Guardabosques se apuntó.

Caperucita tuvo mucha suerte. Porque no hizo caso a su mamá, se salió del camino, le contó a un desconocido todo lo que llevaba en la mochila, dónde iba y lo que iba a hacer y encima se fue con él a un lugar desconocido, confió en él sin conocerle de nada.

¿Os imagináis lo que hubiera ocurrido si el Lobo hubiera sido como el de otros cuentos?… A lo mejor hasta se la hubiera comido, y hasta se hubiera comido a los abuelos y al Guardabosques.

Cuando Caperucita regresó a su casa sus papás estaban muy enfadados, todo salió bien, pero Caperucita Azul se había portado muy mal y había sido muy desobediente.

Rosita -le dijo su mamá- me has desobedecido. Hasta que no seas responsable no volverás a salir sola.

Así que la castigaron un poco, no sabemos si hasta el final de los tiempos, pero… más o menos.

Y colorín colorado este cuento se ha acabado.

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