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El gato con botas

¿Te gustan los gatitos? ¡Miauuuuuuu! Claro que sí. A lo mejor hasta tienes uno🐈‍⬛… o dos🐈‍⬛🐈‍⬛. Pues, justamente, un gato🐱 es el protagonista del cuento de hoy. Pero éste, es un gato muy especial😺, es astuto, inteligente y, además, ¡lleva unas botas!😹. Aunque ¡cuidado! porque, en este cuento, también hay un ogro malvado que ¡puede convertirte en un ratón si no le obedeces😱! ¡Qué miedo! Vamos a ver qué pasa 🫣

EL GATO CON BOTAS

El gato se levantó temprano. Sin hacer ruido, se colocó las botas del amo y salió.

—Vaya, hoy tenemos un buen cesto de tomates recién cogidos de la huerta, cogeré la mitad y el amo no se dará cuenta —dijo, mientras los metía en otro cesto.

Se acicaló los bigotes y las orejas. Se peinó bien el pelo de la panza y la cola. Se veía muy elegante. Después de todo, debía parecer el gato de un marqués…

Se sentía en deuda con su amo, que siempre le había cuidado, e incluso le había salvado de morir ahogado. Estaba dispuesto a hacer lo que fuera necesario para ayudarle.

El amo era el pequeño de tres hermanos, su padre era molinero. Era una familia humilde, sobrevivían gracias al molino en el que vivían, y una pequeña huerta.

Tenían un gato, con el fin de que, si entraba algún ratón en el molino, éste…

¡¡¡zas!!!

…se lo comiera.

Pero llegó la primavera y los ratoncillos ya no necesitaban refugiarse del frío, les gustaba más andar por el campo.

—Ya no hace falta el gato, además no podemos alimentarle, apenas nos llega para nosotros. Así que, metedlo en su saco y echadlo al río —dijo un día el molinero, mientras el pobre gato, escondido debajo de la cama, lo escuchaba aterrorizado.

—Pero padre, no es necesario, el gato come poco —le dijo el hermano pequeño.

—Come lo suficiente como para que no podamos mantenerlo —contestó el padre.

—Yo compartiré mi ración con él —respondió—, así podrá quedarse. Además, cuando vuelva el invierno también volverán los ratones y, entonces, le necesitaremos de nuevo.

El molinero se quedó pensativo.

—Está bien, puede que tengas razón, que se quede —dijo finalmente. Y así fue como el gato se salvó y, desde ese día, no se separó del pequeño de los hermanos.

***

Un día, el molinero enfermó. Entonces reunió a sus tres hijos para repartir entre ellos la poca herencia que tenía. Al hermano mayor, le dejó el molino. Al mediano, la huerta. Y al más pequeño…

—Hijo, no tengo nada más para repartir. Por eso, para que, al menos, tengas un recuerdo de tu padre, te quedarás con el gato. Sé que siempre le has tenido cariño, será un amigo fiel para ti —le dijo.

A los pocos días, el molinero murió y cada hermano recibió su herencia.

—¿Qué voy a hacer? ¡Solo con un gato no podré ganarme la vida! —se lamentaba el hermano pequeño.

—No te preocupes hermano —le contestó su hermano mayor—, puedes quedarte en el molino hasta que puedas tener tu propia casa.

—Sí, y yo te daré frutos del huerto, hasta que encuentres un trabajo —le dijo el hermano mediano.

Se sintió aliviado al ver que, al menos, contaba con la ayuda de sus hermanos. Pero no quería depender de ellos para vivir, por eso, decidió vender el gato, aunque fuera poco, algo conseguiría para empezar su nueva vida.

—Lo siento amigo, pero no puedo mantenerte —le dijo al gato—, hasta aquí llegó nuestra vida juntos. Espero encontrar otro buen amo para ti.

—Miauuuu, no, no me vendas, por favor —le contestó el gato—, ¿cuánto crees que te van a dar por un simple gato?, sin embargo, puedo serte muy útil, si me das la oportunidad te demostraré todo lo que puedo hacer por ti.

El hermano pequeño, se dejó convencer fácilmente, porque además quería mucho al gato.

—Poco puedo perder —le contestó—, y no sé cómo tú podrías ayudarme, pero te daré esa oportunidad que pides. Seguiré siendo tu amo.

***

Cada día, el hermano mediano del amo, le dejaba en la puerta de la habitación donde dormía, un cesto con frutas y verduras. Y, cada día, el gato hacía lo mismo. Se levantaba temprano, se colocaba las botas del amo, cogía la mitad de lo que hubiera en el cesto y salía.

¿Queréis saber lo que hacía?

Todos los días se encaminaba hacia el castillo del Rey.

«Miauuuu, buenos días, pido audiencia con su Majestad el Rey».

—¿Y para qué quiere un gato una audiencia con su Majestad? —le contestaban los centinelas del castillo.

—Traigo un regalo para el Rey de parte de mi amo, el Marqués de Carabás —respondía el gato.

«Bien, entonces puedes pasar».

«Buenos días Majestad, vengo a ofreceros este cesto de naranjas en nombre de mi amo, el marqués de Carabás. Probadlas, son muy dulces».

—¿El marqués de Carabás? Nunca había oído ese nombre en mi reino, pero debe de ser un título muy importante, cuando incluso el gato lleva unas botas —contestó el Rey.

—Es que Carabás se encuentra en un lugar muy lejano, pero mi amo se ha mudado a vuestro reino, porque ha oído que éste es un reino muy próspero y con un Rey justo y honesto —dijo el gato.

—¿Ah sí? —contestó el Rey orgulloso— ¿eso se dice de mí y de mi reino por lugares tan lejanos?

—Sí, por eso mi amo quiere ser generoso y compartir con vos los ricos frutos que dan las tierras que posee en vuestro reino —dijo el astuto gato.

—Lo recibo con agrado, dad las gracias a vuestro amo por tan delicioso obsequio —contestó el Rey.

Y así todos los días. Pedía audiencia con el Rey para entregarle regalos en nombre de su amo, al que había decidido nombrar como el “Marqués de Carabás”.

«Hoy os traigo un cesto lleno de ricos tomates recién cosechados».

«Qué color tienen, deben estar muy sabrosos».

Al día siguiente…

«Mirad qué dulces fresas han recogido los campesinos al servicio de mi señor para vos».

«Ciertamente, vuestro amo sabe cómo sacar buen provecho a las tierras. A ver… ummmmm, deliciosas, nunca probé unas fresas tan dulces…».

Y al siguiente…

«Majestad, tenéis que probar estas ricas manzanas».

Y así día tras día. Hasta que ya no necesitó, ni siquiera, pedir audiencia. Los centinelas del castillo ya esperaban su llegada cada día, con un fruto más rico que el del día anterior.

—Ya llega el Gato con Botas —decían—. A ver qué rica fruta trae hoy para el Rey.

Desde que el gato le visitaba cada día, el Rey estaba más feliz, y tenía un aspecto mucho más saludable, ahora comía menos dulces y mucha más fruta, había pasado de ser un Rey más bien gordito a ser un Rey esbelto.

«Buenos días Majestad»

«Buenos días mi buen amigo. ¿Qué saludable manjar me traes hoy de parte de tu querido amo el marqués de Carabás? ¿Te has fijado? El fajín del traje real me sienta mucho mejor desde que me visitas a diario», dijo el Rey poniéndose en pie para lucir su pose ante el gato.

«Majestad, me alegro de que los obsequios de mi amo sean de vuestro agrado».

El gato estaba contento, ya había conseguido cumplir la primera parte de su plan. Ahora, comenzaba la segunda, con la que, su amo, se convertiría en el marqués de Carabás, pero de verdad.

***

—Buenos días Majestad, hoy os traigo un cesto lleno de frutos silvestres. Esta mañana muy temprano, mi amo me ha enviado al campo a recogerlos para vos. En esta época está muy florido y hermoso, y hay muchos ricos frutos que recoger —le dijo el gato, un día, al Rey —. Deberíais salir a dar un paseo y disfrutar de las maravillas de vuestro reino.

—Tienes razón gato, hoy mismo, en cuanto termine de desayunar cogeré el carruaje y saldré a dar ese paseo, hace un día espléndido —contestó el Rey.

El gato salió a toda prisa hacia el molino. Entró y dejó las botas de nuevo en su sitio.

—Amo, ¿no estás cansado de comer solo frutas y verduras todos los días? —le preguntó —. Hoy he pasado por el río y he visto que había unos peces enormes, seguro que podrías pescar alguno, nos vendría bien cambiar un poco el menú.

—Tienes razón, quizás podría pescar algo, no sólo para nosotros, sino también para mis hermanos, que tan generosos son siempre conmigo —dijo el amo.

Así que, se colocó sus ropas viejas y las botas y salieron camino del río con la caña y el cubo, a ver qué conseguían pescar.

Cuando llegaron a la orilla…

—Yo no veo ningún pez como decías —dijo el amo.

—Sí, acércate un poco más a la orilla y los verás —le contestó el gato.

Cuando el amo estaba bien pegado a la orilla, el gato lo empujó y…

¡¡¡¡¡¡¡¡¡PLOFFFFFFFFF!!!!!!!!!

…se cayó al río, con ropa, botas y todo.

—Pero amo, no tenías que haberte acercado tanto, ahora estás empapado —le dijo el gato.

—Pero tú me empujaste —contestó enfadado.

—¿Yo? No, lo que pasa es que has debido de tropezar en esta piedra —disimuló el gato—. Sal y quítate esas ropas mojadas, las pondremos al sol para que se sequen.

El gato vació las botas, que estaban llenas de agua y tendió la ropa al sol sobre unos arbustos. De pronto, escucharon que un carruaje se acercaba.

«¡Rápido amo, métete en el agua, o te verán sin ropa!».

El amo se metió en el río y fingió estar dándose un agradable baño de primavera, a pesar de que estaba tiritando de frío…

El gato se colocó a la orilla del camino. Cuando el carruaje llegó a su altura se detuvo. El amo no entendía muy bien lo que estaba sucediendo. El gato estaba hablando con los ocupantes del carruaje. ¿Qué estaba pasando? Cada vez le rechinaban más lo dientes, si no salía ya del agua cogería un buen resfriado.

Entonces el carruaje dio la vuelta y se marchó por donde había venido.

—¿Qué sucede? ¿Qué estás haciendo gato? ¡Tengo que salir ya del agua, estoy congelado! —gritó el amo desde el río —. A este paso lo que voy a pescar es un buen constipado.

—Escúchame bien amo —le dijo el gato —. Ese era el carruaje de su Majestad el Rey, le he enviado a buscar ropa para ti.

—Pero ¿qué dices? ¿Cómo va el Rey a traerme ropa a mí? —dijo el amo sorprendido—. Y… ¿por qué llevas mis botas puestas?

—Le he contado que estabas dándote un baño en el río, cuando unos malhechores han venido y te han robado toda la ropa y las botas. Cuando el carruaje vuelva, coge las ropas que el Rey te traiga y póntelas, debes fingir que eres marqués, concretamente, el marqués de Carabás —le dijo el gato.

—¿El marqués de qué…? —el pobre amo no comprendía nada—, no te entiendo gato, ¿en qué líos andas metido y en qué líos me estás metiendo a mí? ¡Debería haberte vendido! —dijo el amo enfadado.

—Confía en mí, por favor, si le sigues la corriente al Rey y haces lo que te digo, pronto serás muy rico y vivirás como un verdadero marqués —le dijo el gato.

El amo aceptó seguir con el plan que había tramado el gato. ¿Qué otra cosa podía hacer? Estaba metido en el río, en ropa interior… No tenía muchas más opciones.

Así que, allí se quedó, helado, tiritando, muerto de frío, esperando a que volviera, nada menos que el Rey, a llevarle ropa seca.

—Acabaré en las mazmorras por esto —dijo echándose las manos a la cabeza—. ¿Pero, y tú dónde vas?

El gato ya corría a toda velocidad por el camino. ¿Qué sería lo que iba a hacer ahora? Cualquiera sabe, un gato con botas puede ser capaz de cualquier cosa…

***

El amo vio llegar de nuevo el carruaje. ¿Sería verdad que venía su Majestad el Rey dentro, como el gato le había dicho? El corazón le latía muy fuerte, estaba tan asustado que ya no solo no tenía frío, sino que estaba sudando.

La puerta del carruaje se abrió, pero no se bajó el Rey, se bajó su hija, la Princesa.

El pobre amo casi se desmaya de la impresión, en paños menores delante de una princesa. Aquello solo podía ir a peor.

—Di, di, di, di, disculpe su suprema, magnánima, excelentísima, ilustrísima, maravillosa Majestad —balbuceó el amo.

—Marqués, no es necesario que se disculpe, soy la Princesa Ana, ya nos ha contado el gato lo que ha sucedido —le contestó la Princesa—, le dejaré aquí ropa y calzado seco. Mi padre, el Rey, y yo le esperaremos un poco más adelante, en el camino, para que pueda secarse y vestirse. Luego le llevaremos a su castillo.

—Gracias —contestó el amo, pasmado con la situación que estaba viviendo.

Se vistió con los elegantes ropajes que le habían llevado y se calzó unos refinados zapatos con hebillas. Se peinó y se acercó al carruaje real.

—¡Por fin nos conocemos, mi querido marqués de Carabas! —le dijo el Rey—. Todo este tiempo hemos disfrutado cada día de sus deliciosos obsequios. ¿Verdad hija?

—Claro padre —contestó la Princesa—, pero nunca pensé que el marqués fuera un joven tan apuesto.

El amo no pudo contestar, solo acertó a esbozar una tímida sonrisa.

—Suba, suba, le llevaremos hasta su castillo, ya nos ha indicado el gato dónde está —le dijo el Rey—. Así, además, veremos todas esas tierras de las que obtiene tan ricos frutos.

Mientras el Rey y la Princesa hablaban, y el carruaje avanzaba por el camino, el amo solo podía pensar en el gato y sus planes…

«¿Dónde se habrá metido este gato liante?».

«¿Pero a qué castillo vamos? ¡Yo no tengo ningún castillo!».

«¿De qué obsequios hablan? ¿De qué tierras?».

«¡Ay! Voy a acabar encerrado durante años y el gato… en el río».

***

Pero el gato era más listo de lo que el amo creía, y tenía todo muy bien pensado.

Hacía un tiempo había oído que había un temible ogro, que vivía en un castillo, algo apartado, en medio del bosque. Era el dueño de todas las tierras de alrededor.

Los campesinos estaban aterrorizados por el ogro y trabajaban las tierras para él por unas míseras monedas.

Se decía que ese ogro podía convertir a cualquiera en un animal, y que aquéllos que no habían querido trabajar para él, habían terminado convertidos en ratones.

Por eso, le resultó muy fácil convencer a los campesinos de que, si le ayudaban, les libraría de la tiranía del malvado ogro. Solo tenían que hacer algo muy sencillo:

«Cuando os pregunten de quién son todas estas tierras en las que trabajáis, tenéis que responder que todas, todas, todas, son del marqués de Carabás”.

Los campesinos no sabían lo que pretendía el gato, pero tampoco les importaba demasiado, si a cambio podían librarse del ogro. Así que, no dudaron en hacer lo que el gato les decía.

El Gato con Botas se presentó en el castillo del ogro. Llamó a la puerta.

¡TOC, TOC, TOC!

—¿Qué queréis? Dejad de molestar, estoy durmiendo —contestó el ogro.

—Señor, soy el Gato con botas, vengo a hablar con usted, por si necesita mis servicios para cazar a esos molestos ratones que entran en su castillo —le dijo.

El ogro bajó a abrir la puerta.

—Pasa gato, lo cierto es que sí necesito tus servicios, últimamente ha habido muchos campesinos desobedientes y tengo el castillo lleno de ratones —dijo el ogro.

—Eso no es cierto… Sólo lo dice para asustar, esos ratones han entrado del campo. No es posible eso que dicen, de que puede convertir a cualquier persona en un animal —le dijo el gato.

—¡Pues claro que es posible! —contestó el ogro enfadado.

—Bueno, disculpe, pero yo si no lo veo no lo creo —le dijo el gato desafiante—. Pero claro, no puede demostrármelo, porque aquí no hay nadie a quien pueda convertir en animal.

—¿Qué? —gritó el ogro—, ¿acaso dudas de mi poder?

El gato le sonrió, con cara de desconfianza.

Entonces el ogro, ante los sorprendidos ojos del gato, se convirtió en un león.

—¡Arrrrgggggggggg! Rugió. ¿Qué dices ahora? —dijo el ogro con forma de león.

—Bah, pero eso no tiene mérito, un ogro grande, que se convierte en un animal grande… —dijo el gato con desdén—. Lo espectacular sería que pudiera convertirse en un animal pequeñito, así como esos ratones que andan corriendo por el castillo.

—¿Crees que no puedo? Pues vas a ver —dijo el ogro furioso—. Primero me convertiré en un ratón, para que veas lo fuerte que es mi poder, y luego en un oso y te comeré, por ser un gato tan insolente.

—Bien —dijo el Gato con botas, mientras se afilaba las uñas.

Entonces el ogro, se convirtió en un ratón.

—¿Has visto? Ahora me convertiré en un oso y te comeré, por desvergonzado —dijo el pequeño ogrito con forma de ratón.

Pero el gato le echo la zarpa y…

¡ÑAM!

¡se lo comió!

«Adiós, ogro tonto, je je je», rio el gato mientras se relamía. Hasta le había sabido sabroso el bocado.

***

En ese momento, el gato escuchó que llegaba el carruaje del Rey, llegaba su amo, convertido ya en un auténtico marqués.

—Bonito castillo —dijo el Rey—, y buenas tierras, con razón consigue tan ricos frutos.

—Si, sí —contestó el amo tímidamente.

El gato abrió la puerta y todos entraron en el que ya era, el Castillo del Marqués de Carabás. El amo continuó con la farsa que el gato había tramado y, en poco tiempo, se convirtió en el señor más respetado del reino.

Los campesinos que trabajaban sus tierras estaban muy contentos, el amo era mucho mejor señor que el ogro. Era generoso, les pagaba lo justo y les trataba con respeto.

Además, se había convertido en uno de los mejores amigos del Rey, le visitaba muy a menudo. En esas visitas también veía a la Princesa y, poco a poco, se enamoraron, hasta que un día… decidieron casarse.

Pero, aunque ahora tenía un castillo, tierras y riquezas, el amo no era verdaderamente feliz, porque él era honesto y no soportaba haber llegado a ser el marqués de Carabás gracias a una mentira. No quería seguir engañando a su buen amigo el Rey y, mucho menos, a la Princesa, con quien estaba a punto de casarse.

Después de mucho pensar… decidió contar la verdad.

—Pero amo, me costó mucho conseguir la confianza del Rey para ayudaros a prosperar —le dijo el gato—, si ahora lo contáis todo, volveréis a ser pobre como antes, perderéis el castillo, las tierras… ¡todo!

—Gato, debes comprender algo, la riqueza de las personas no se mide por lo que tienen, sino por lo que son —contestó el amo.

Así que, lo confesó todo. El sueño de ser marqués había terminado.

***

Volvió al castillo a recoger lo poco que, realmente, era suyo. Se marcharía a otro lugar, donde nadie supiera lo que había hecho y empezaría de nuevo. Pero al salir, todos los campesinos estaban esperándole.

—No queremos que se vaya, queremos que siga siendo el señor del castillo y de las tierras en que trabajamos —le dijeron—. Usted nos salvó, nos libró del malvado ogro.

—Pero yo no soy marqués, soy un simple hijo de molinero —contestó.

Entonces llegó el Rey y, también, la Princesa.

—Quédate amigo —le dijo el Rey.

Todos perdonaron su mentira, porque había demostrado, que la grandeza de las personas no está en las riquezas o en los títulos, sino en el corazón.

Y que no importa de dónde vienes… sino hacia dónde vas.

Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

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