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El patito feo

Qué difícil es a veces…ser diferente!! Panchito es el protagonista de nuestra historia📕de hoy. Una historia que nos enseña que tenemos que aceptar a los demás tal como son 🥰 y que no debemos fijarnos solo en la apariencia, porque lo importante de las personas está… en su corazón❤️.

EL PATITO FEO

¿Alguna vez habéis visto en el cole, en el parque o en cualquier otro sitio, algún niño diferente a vosotros? ¿o diferente a la mayoría de los demás niños? Por tener otro color de piel, por ser muy alto o muy bajito, por tener gafas, pecas, o, simplemente, porque en el recreo prefiere leer un libro a jugar al fútbol…

¡Qué difícil es, a veces, ser diferente!

Todos los animales de la granja llevaban varias semanas esperando a que los huevos de Mamá Pato se rompieran y, por fin, nacieran los preciosos patitos. Mamá Pato siempre tenía unos bebés preciosos, chiquitos, amarillos y rechonchetes. Por eso, todos estaban ansiosos por que nacieran.

Ella se pasaba todo el día, colocada encima de sus huevos para darles calorcito. Una mañana de primavera, notó que algo se movía debajo de sus patas.

¡Oh! parece que llega el momento –dijo Mamá Pato- uno de los huevos se está moviendo. ¡Uuuuuuu, mirad, mirad, está empezando a romperse! –gritó- ¡venid todos, venid, que mis bebés van a nacer!

Todos vinieron enseguida, para ver el feliz momento.

Primero se rompió un huevo y un precioso patito amarillo asomó su cabecita. “Cuac cuac” -graznó el patito. Después otro, luego otro del que salieron dos patitos gemelos con un mechón naranja en lo alto de la cabeza, y así hasta que todos los huevos de mamá Pato se rompieron.

De pronto, Mamá Pato, se quedó mirando un último huevo que no se había roto.

Vaya, parece que uno de los bebés no quiere salir aún –dijo.

Sí, parece que ese va a ser algo perezoso –dijo la Gallina Paquita-, además ese huevo, qué raro es, no es como los demás, es más oscuro y un poco verde –dijo pensativa.

Bueno, tendré que darle un poquito más de calor a ver si se anima a salir –dijo Mamá Pato y se sentó encima a esperar. Pasó un día, dos, tres, cuatro… y nada, el patito no salía, hasta que, al octavo día, empezó a moverse.

¡Ya, ya, ya viene el último bebé, parece que comienza a moverse y está rompiendo el huevo! –gritó. Así que todos los animales vinieron corriendo. Tenían mucha curiosidad por ver a ese patito que tanto se había hecho esperar.

Por fin, ¡CRASH!, se rompió el huevo y asomó una cabecita gris. El patito miró asustado todas aquellas caras, que le miraban extrañadas y solo hizo un pequeño sonido como de trompeta “cuoc, cuoc”.

Mmmmmmmm, pero ¿eso qué es? –preguntó la Gallina Paquita-, eso no es un patito lindo, parece un pajarraco, mojado, feo y despeluchado.

Bueno, es que acaba de nacer y aún tiene que secarse, airearse las plumas y ponerse en pie. En cuanto tome algún gusanito seguro que tomará otro aspecto ¿verdad mi chiquitín? –le dijo cariñosa Mamá Pato, mientras el recién nacido se escondía entre sus plumas de todas aquellas miradas incómodas y de las risas de algunos animales, que cuchicheaban sobre el extraño aspecto del patito.

¡Venga, se acabó el espectáculo, cada uno a su casa!, que mi bebé tiene que descansar –dijo Mamá Pato, algo molesta con los demás animales- ¡fuera, fuera todos! Y les echó del corral.

No te preocupes cariño, es verdad que eres algo distinto a tus hermanos, pero, igualmente, mamá te va a querer mucho y te va a cuidar para que te conviertas en un pato alto y fuerte, te llamaré Panchito –le dijo Mamá Pato.

Enseguida, Panchito comenzó a salir a jugar con todos sus hermanos, pero mientras todos eran amarillos y gorditos, Panchito era gris, flacucho y seguía estando algo despeluchado. Era más grande y tenía el cuello mucho más largo que los demás.

Panchito ¡mira que eres feo! –le decían los gemelos, Tim y Tom-, podemos jugar a los monstruos, tú nos asustas y nosotros corremos ¡ja ja ja! –se burlaban.

¡Ya está bien! Dejad a Panchito tranquilo –Sally, su hermanita, siempre le defendía-. No les hagas caso, son unos bobos, tú también eres muy guapo, solo que eres algo diferente a nosotros, pero eres muy cariñoso y dulce.

Gracias Sally, tú siempre tan buena, pero es verdad, mira qué feo soy –decía mientras se miraba en el agua del estanque- nunca podré ser como vosotros.

Panchito siempre estaba triste, porque todos se reían de él. Nadie le llamaba por su nombre, todos le conocían como “El Patito Feo”.

¡Mirad, mirad, ya viene el Patito Feo! –decían riendo-, da igual como lo mires, siempre lo ves igual de feo y con esas plumas descolocadas ¡parece un espantapájaros! –se burlaban.

Los patitos fueron creciendo. Cuando Panchito salía con su mamá y sus hermanos todos le miraban, siempre era objeto de risas y bromas.

Mamá Pato intentaba consolarle.

No te preocupes hijo, aunque seas diferente, tú eres muy especial -le decía-. Llegará el día en que todos te admirarán y verán lo hermoso que eres en realidad.

Panchito se acurrucaba entre las plumas de su mamá y solo ahí se sentía contento.

¡Niños, hoy vamos a ir de excursión al bosque! –dijo un día Mamá Pato-. Veréis qué bien lo pasamos. ¡Vamos, todos por aquí! vamos a seguir el sendero, iremos viendo los árboles y las flores hasta llegar a la pradera, donde descansaremos y comeremos algún gusanito.

Se colocaron en fila, detrás de Mamá Pato. Todos iban cantando y riendo, pero Panchito iba callado y triste. Entonces vio pasar el río, se asomó al agua cristalina y vio su reflejo.

Desde luego, sí que soy raro –pensó- y empezó a hacer muecas. Torcía el pico, daba la vuelta a la cabeza, torcía los ojos… se entretuvo un rato mirándose en el agua, resultaba bastante divertido…

Estaba distraído viendo su gracioso reflejo en el agua y no se dio cuenta de que los demás se estaban alejando y cuando levantó la cabeza no vio a nadie.

Panchito salió corriendo para intentar alcanzar a su mamá y a sus hermanos, pero, en realidad, no sabía por dónde se habían ido. Así que cogió uno de los caminos a ver si los encontraba. Pero por más que corrió, y miró por aquí y por allá, no consiguió encontrarlos.

Panchito estaba cansado y asustado, no sabía qué hacer.

Me he perdido –pensó- nunca lograré encontrar el camino de vuelta a la granja. De todas formas, a nadie le importará, todos se ríen de mí, nadie me quiere como soy, solo mamá y Sally, pero será mejor para ellas si no vuelvo, así dejaré de ser una carga y mamá ya no tendrá que pelearse con los demás cuando se meten conmigo. Todos serán más felices sin mí -dijo triste.

Así que, Panchito decidió seguir su camino solo.

Si estoy solo, nadie se reirá de mí –pensó.

Durante varios meses anduvo por el bosque solo, pero al final hizo muchos amigos.

Un pequeño gorrión, llamado Lito, compartía miguitas con él y le ayudaba a encontrar gusanitos y grillos. Junto a sus hermanos gorriones ayudaron a Panchito a construirse un lugar donde dormir y estar abrigado por las noches.

También conoció a la ardilla Tina, que se empeñaba en hacerle probar las bellotas y las avellanas.

Pruébalas Panchito, que están muy dulces –le decía.

Creo que mi pico no es apropiado para comer esas cosas Tina, mejor comeré gusanos y bichitos, que están muy sabrosos y son más blanditos –contestaba Panchito.

Incluso se hizo amigo del búho Antonio, que por las noches siempre estaba vigilando, por si había algún peligro.

De alguna manera, Panchito había conseguido una nueva familia, que le querían como era y no les importaba su aspecto. Allí era feliz. Aunque muchas veces echaba de menos a Mamá Pato y a Sally. Pero se consolaba pensando en que ellas estaban mejor sin él.

Pero ¿creéis de verdad, que Mamá Pato y Sally estaban mejor sin Panchito?

¡Ay! –suspiraba Mamá Pato- ¿dónde estará mi Panchito?, le echo tanto de menos. Hace meses que se perdió y no ha habido forma de encontrarlo.

Sí, mamá –decía Sally- yo también le extraño mucho. ¿Crees que algún día volveremos a verle?

Ojalá cariño –contestaba Mamá Pato muy triste.

Incluso los gemelos Tim y Tom le echaban de menos, estaban muy arrepentidos por haberse portado tan mal con Panchito.

Pasaron los meses. A Panchito le gustaba ir al río a nadar un rato, allí estaba solo y podía disfrutar del agua sin que nadie le molestara. Pero un día, decidió acercarse a un estanque cercano, porque había crecido mucho y en el río ya no podía nadar tan bien como antes.

Cuando llegó, escuchó mucho ruido. Se escondió entre los arbustos y pudo ver un grupo de cisnes en el agua. Se quedó sorprendido, viendo la belleza de aquellos animales. Eran grandes, esbeltos, con un cuello muy largo y un plumaje blanco y reluciente.

Estaba tan entretenido mirándolos, que no se dio cuenta de que le habían visto.

Hola –le dijo uno de ellos.

¡Oh! –dijo Panchito- perdón, no quería molestar, yo ya me iba, adiós.

No, ven aquí, no te vayas, puedes nadar con nosotros un rato –le dijeron.

¿Yo? –preguntó asombrado-, ¿nadar con vosotros yo? Nooooo, no, no. Vosotros sois preciosos, hermosos, majestuosos, maravillosos y yo… Soy desastroso, horroroso y estrepitoso. No, no quiero estropear vuestra bonita imagen, mejor me voy –dijo triste.

Pero ¿qué dices? –le preguntaron-, ¡anda! entra en el estanque y te darás cuenta de lo que, realmente, eres.

Yo sé lo que soy -dijo Panchito-, soy un Patito Feo. Cuando los huevos de Mamá Pato se rompieron, todos los patitos eran gorditos y amarillos, y yo era gris, flacucho y feo. Por eso, todos se reían de mí. Un día me perdí y decidí no volver nunca, porque pensé que Mamá Pato y mi hermanita Sally, que eran las únicas que me querían, estarían mejor sin mí.

Uno de los cisnes levantó la cabeza.

¡Hijo! –dijo- ¡por fin te he encontrado!

Panchito se quedó sorprendido. No entendía nada.

Entra en el agua y mira tu reflejo –le dijo aquel cisne.

Panchito entró en el estanque y cuando vio su reflejo no podía creerlo ¡era igual que ellos!

Pe, pe, pero no entiendo nada, ¿quién es ese del agua? –preguntó.

Eres tú, y yo soy tu madre –le contestó-. Llevo mucho tiempo buscándote. Cuando tú y tus hermanos aún no habíais nacido, hubo un incendio en el bosque, y Papá Cisne y yo tuvimos que trasladar nuestro nido. En ese momento, perdimos uno de nuestros huevos, no supimos dónde había caído y ahora acabo de descubrirlo. Al pasar volando por encima de la granja, caíste en el nido de Mamá Pato, por eso naciste allí, pero, en realidad, tú no eres un pato, eres un cisne, como nosotros.

Entonces ¿tú eres mi madre? –preguntó Panchito.

Sí –dijo Mamá Cisne. Y allí está tu padre y éstos son tus hermanos.

Hola –dijo tímido- yo soy Panchito.

Todos se acercaron para abrazarle y conocerle y los papás cisne, al fin, estuvieron felices, porque habían recuperado a su hijito perdido.

Aunque Panchito había encontrado a su verdadera familia, no podía olvidar a la que le había visto nacer, a su Mamá Pato, a su hermanita Sally, e incluso a sus hermanitos Tim y Tom. Ellos también eran su familia.

No te preocupes Panchito, iremos a la granja para que puedas volver a verlos y podrás estar con ellos todas las veces que quieras –dijo Papá Cisne.

Pero ¿cómo iremos? ¡Yo no sé dónde está la granja! –dijo preocupado.

Tranquilo, iremos volando, síguenos –dijo uno de sus hermanos. Y Panchito comenzó a volar, nunca lo había hecho de esa forma. Desplegó sus preciosas alas y levantó el vuelo junto a su familia de cisnes. Era un espectáculo maravilloso.

Cuando llegaron a la granja, todos los animales los miraban, sin saber muy bien qué estaba pasando.

¡Oh, que bonitos cisnes! -decían todos.

Panchito se acercó. Cuando Mamá Pato le miró, enseguida le reconoció.

Panchito -le dijo- ¡has vuelto!

Pero ¿cómo me has reconocido mamá?, estoy muy cambiado, tanto, que ni siquiera yo mismo me reconocía al verme reflejado en el agua -contestó Panchito.

Ahora has crecido, te has convertido en un hermoso cisne y todos admiran tu belleza, porque nunca supieron ver cómo eras en realidad -dijo mirando a todos los animales alrededor-, pero yo siempre te vi igual de hermoso, siempre reconocería esos lindos ojos dulces -le dijo con cariño.

Sally, Tim y Tom y todos sus hermanos patos vinieron corriendo a darle un abrazo, estaban muy contentos con la vuelta de Panchito, que les contó todo lo que había sucedido. Tim y Tom se disculparon por haberse portado tal mal con él y le pidieron que nunca volviera a alejarse de ellos.

Panchito estaba feliz, era muy afortunado. Ahora tenía una gran familia de cisnes y patos y muchos amigos, como el gorrión Lito, la ardilla Tina o el búho Antonio.

Todos le querían. Incluso aquéllos que se reían de él cuando era el Patito Feo, ahora le admiraban. Pero a él solo le importaba el cariño de aquéllos que siempre le quisieron como era, siendo un patito feo o un hermoso cisne.

Así que ya sabéis, no permitáis nunca que nadie se sienta como el Patito Feo, por ser diferente o por ser especial. Nunca debemos despreciar a alguien por su aspecto, porque lo realmente importante de las personas está en su corazón.

Y si, alguna vez, vosotros os sentís como Panchito, no os preocupéis, solo tenéis que ignorar a quienes os hagan sentir así y acercaros a las personas que os quieren como sois, porque todos somos especiales y maravillosos.

Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

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