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El soldadito de plomo

Este año Pablito recibe un regalo muy especial por su cumpleaños🎁🎂 Una colección de soldaditos de plomo!!!!💂Pero uno de ellos va a vivir muchas aventuras🏕️🚣‍♂️🐤…no os las perdáis! 😉.

EL SOLDADITO DE PLOMO

Seguro que os pasa igual que mí. Estáis todo el año esperando a que llegue el día de vuestro cumpleaños. Es que es un día muy guay, la fiesta, los amigos, la familia, la tarta, las chuches, los regalos… ¡Los regalos!

Pablito, como todos nosotros, estaba ansioso por que llegara el día de su cumple y, al fin, llegó. Ese día le regalaron muchas cosas, pero hubo un regalo muy especial. Era una caja grande, de color dorado, con un lazo rojo gigante en el medio. Cuando la cogió, vio que pesaba mucho. Intrigado, decidió abrirla enseguida.

Cuando la abrió…

¡Oh! ¡Es una colección de soldaditos de plomo! ¡Y son un montón! -dijo.

Claro, es un ejército de soldaditos de plomo -le dijo su papá.

Pablito se apresuró a sacarlos todos para ponerlos en fila a formar. Todos los soldaditos estaban firmes, con su sombrero, su chaqueta, su pantalón de gala y su fusil muy bien colocado al hombro…

¡UN DOS, UN DOS, UN DOS, UN DOS…!

Pero, cuando los estaba sacando, vio que había un soldadito al que le faltaba una pierna.

Mira mamá, a este soldadito le falta una pierna -dijo.

Mmmm, es verdad, tendremos que ir a que nos lo cambien por otro que no esté roto -dijo mamá.

¡No! No lo quiero cambiar, es muy bonito, me lo quedaré y será mi preferido -dijo Pablito.

Pablito estuvo toda la tarde jugando con su ejército de soldaditos. De tanto jugar a las batallas, al final cayó rendido y se quedó dormido en la alfombra, rodeado de todos los soldaditos de plomo.

Mamá le llevó a su camita. Luego colocó a todos los soldaditos en una de las estanterías de la habitación de Pablito y todos se fueron a dormir.

Y ¿sabéis qué pasa cuando los niños, los papás, las mamás y los abuelos se van a dormir? Pues que los juguetes se despiertan. Así que, los juguetes de Pablito se despertaron.

Todos los soldaditos comenzaron a hablar entre ellos.

¿Habéis visto qué casa tan bonita? ¡Aquí lo vamos a pasar en grande! -decían-. Sí, además Pablito es un niño muy bueno. Y mirad cuántos juguetes….

Todo a su alrededor estaba lleno de juguetes. Un dinosaurio naranja les dio la bienvenida.

¡Hoooolaaaa! -dijo.

Y un payaso, con el pelo verde, les sacó la lengua.

Había un baúl lleno de peluches y una caja llena de coches. Aquello era el universo de los juguetes. Por eso, todos los soldaditos estaban muy contentos, les gustaba mucho su nueva casa.

Nuestro soldadito de plomo especial, el que tenía una sola pierna, no era muy hablador, pero sí que era muy observador. Estaba mirando todo lo que había a su alrededor. Hasta que su vista se paró en una estantería que estaba enfrente.

Allí había un gran castillo y en la puerta una preciosa bailarina. Se sostenía en una sola pierna, mientras mantenía la otra cruzada, en una pose muy elegante. Su pelo, de color avellana, estaba recogido en un gran moño con una cinta de color rosa y lucía un bonito vestido de tul de color blanco.

El soldadito se quedó mirándola embelesado.

Vaya ¡qué linda es! -pensó. Y ya pasó el resto de la noche mirándola, no podía parar de mirarla.

Y así, noche tras noche. Todas las noches cuando Pablito y sus papás se iban a dormir, los juguetes se despertaban y ¡ala! ¡a divertirse!. Pero nuestro soldadito, se las pasaba mirando embobado a su adorada bailarina.

Una noche, al fin, se atrevió a hablarle.

Hola, bailarina -le dijo.

Hola, soldadito -le contestó la bailarina.

Y empezaron a hablar y a hablar sin parar, hasta que se hicieron inseparables.

Una mañana de sábado, Pablito se levantó temprano.

¡Biennnnnn! ¡Vamos a casa de los abuelos! -gritó.

A Pablito le encantaba ir a casa de los abuelos.

Voy a llevarme mi ejército de soldaditos de plomo, para enseñárselos al abuelo -dijo.

Pero, Pablito, no puedes llevarte todos, pesarán mucho -le dijo papá.

Bueno, pues me llevaré solo uno, me llevaré a mi preferido -dijo. Cogió al soldadito de plomo de una sola pierna, lo metió en el bolsillo y se fue a ver a sus abuelos.

Era un día muy lluvioso. A Pablito le gustaban mucho los días de lluvia. Se divertía saltando los charcos todo el camino. Pero llovía tanto, que había unos charcos enormes. Entonces llegó a un charco tan grande, que tuvo que dar un salto gigante para llegar al otro lado.

Pablito llegó, pero el soldadito… ¡UUUUUUYYYYYYYYYY!…

…se salió del bolsillo y se cayó al charco.

Pablito siguió saltando y saltando y no se dio ni cuenta, de que su soldadito de plomo preferido se había caído del bolsillo.

Cuando llegó a casa de los abuelos, enseguida fue a buscar al abuelo para enseñarle el soldadito, pero por más que buscó y buscó, no lo encontró.

Miró en los bolsillos de los pantalones, en los bolsillos de la chaqueta y nada, no estaba. Se quitó la chaqueta, los pantalones, los zapatos y hasta los calcetines, pero no hubo forma de encontrar al soldadito de plomo.

El pobre Pablito lloraba y lloraba, cuando se dio cuenta de que, definitivamente, había perdido a su soldadito de plomo preferido.

El soldadito se había quedado en el fondo del charco. Intentaba nadar, nadar, para salir a flote, pero no había forma, como era de plomo, pesaba mucho, y “fluuuuuuuiiii”, se volvía a caer al fondo. Al final se dio por vencido y allí se quedó, hasta que por la mañana salió el sol y comenzaron a secarse todos los charcos. Cuando el charco se secó, allí estaba el soldadito, tirado en medio de la calle.

Un niño que pasaba lo vio.

¡Anda, un soldadito de plomo! qué suerte tengo, voy a jugar con él -dijo. Pero cuando lo cogió….

¡Bah! pero si está roto, le falta una pierna -dijo, y lo lanzó…

¡FIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIUUUUUUUUUUUUUUUU!…

…el soldadito salió volando y fue a caer en un árbol ¡dentro de un nido!

Los polluelos que estaban en el nido lo miraban… “mmmmm, pío pío”, “mmmmmm, pío, pío”, el pobre soldadito estaba en medio asustado.

Vaya gusano más raro que nos ha traído mamá hoy para desayunar -dijo uno de los pollitos.

Bueno, sí que es un poco raro sí, pero la verdad es que yo tengo ya mucha hambre, vamos a probarlo, a lo mejor hasta está bueno -dijo el otro.

Los pollitos empezaron a picarle.

¡Ay, ay, ay! -se quejaba el soldadito

Pero los pollitos seguían picándole.

¡Ay, Ay! -se seguía quejando.

Insistían, a pesar de que estaba muy duro…

Pues vaya, este gusanito está muy duro, no hay quien se lo coma, yo no lo quiero -dijo, al fin, uno de los pollitos.

Yo tampoco -dijo el otro.

Entonces llegó la mamá pajarito y miró al soldadito…

¿Mmmmmmmm? -exclamó extrañada. Lo volvió a mirar.

¿Mmmmmmmmm? pero este gusano no es el que yo he traído esta mañana para desayunar -dijo.

Aun así, también intentó probarlo y le dio unos buenos picotazos. El soldadito ya estaba lleno de picotazos por todas partes.

¡Ay, Ay, Ay! -se quejó de nuevo.

Pero la pajarita también desistió, porque aquello no había quien se lo comiera.

Este gusanito no me gusta, debe de estar pasado, lo sacaré del nido -dijo.

Así que, lo cogió con su pico para sacarlo del nido, pero, como pesaba tanto, se le cayó.

El soldadito fue a caer a un riachuelo, donde unos niños estaban jugando a hacer barquitos de papel. Cuando cayó, uno de los niños lo cogió.

¡Mirar, ha caído un soldadito de plomo del cielo! -dijo.

Sí, pero está roto -dijo otro de los niños-, lo meteremos dentro de uno de los barquitos, para que sea el capitán del barco y lo lanzaremos por el riachuelo.

Así que, así lo hicieron. Colocaron al soldadito en uno de los barquitos de papel y lo soltaron por el riachuelo.

El soldadito pensó: ¡Capitán de barco! ¿yo? ¡Pero si ni siquiera puedo flotar!

Se agarró como pudo, se sostuvo sobre su piernecita y así fue, haciendo equilibrios montado en el barquito. La corriente le arrastraba a toda velocidad y, varias veces, estuvo a punto de naufragar, pero al final, consiguió llegar a un estanque donde, al menos, el agua estaba mucho más tranquila.

¡Uffff! menos mal, no sé cómo he conseguido llegar hasta aquí con toda esa corriente tan fuerte que me arrastraba -dijo ya más tranquilo.

Pero entonces vio que se acercaban tres patos.

“Cuac cuac”, “cuac cuac”.

Los patitos le miraban… “cuac cuac”… le volvían a mirar… “cuac cuac”…

Seguramente, pensaban que podía ser algo rico para comer, porque, a pesar de que había un gran cartel que decía…

¡PROHIBIDO ECHAR COMIDA A LOS PATOS!

…todo el mundo les echaba comida. Así que los patitos se acercaron a probarlo.

El soldadito los veía venir y se estaba temiendo lo peor. Uno de los patitos picó el barquito, luego el otro, y el otro…

El barquito de papel empezó a tambalearse, a mojarse y a llenarse de agua, hasta que se deshizo y…¡FLUUUIIIIIIIIIIIIIIIIIIII!…

…el soldadito de plomo capitán de barco ¡SE QUEDÓ SIN BARCO!

El pobre soldadito… ¡GLUP GLUP GLUP!…

…se hundió hasta el fondo del estanque, cayendo dentro de una bota vieja que allí había.

De nuevo intentó nadar, nadar, nadar, para salir a la superficie, pero ¡no había manera!

¡Ayyyy! pero ¿por qué tengo que ser de plomo? ¡Así no hay quien flote! -se quejaba el soldadito.

Así que allí se quedó, metido en la bota en el fondo del estanque, acordándose de su bailarina, de Pablito, de sus compañeros soldaditos y de todos los demás amigos juguetes que estaban en la habitación. Estaba triste y abatido, porque pensaba que nunca podría salir de allí.

Mientras tanto, Pablito seguía muy triste. Ya no jugaba con los soldaditos, porque faltaba su preferido.

Una tarde, sus abuelos fueron a visitarle y el abuelo le vio tan triste que le propuso un plan.

Pablito ¿quieres venir conmigo a pescar al estanque? -le dijo-, cuando estoy triste o apenado por algo siempre voy, me monto en la barca y veo el agua tranquila, le echo de comer a los patos y luego echo la caña, si pesco algún pez le saludo y lo devuelvo al agua. Es muy divertido ¿te vienes conmigo?

Bueno, vale -contestó Pablito, aunque no demasiado animado.

Y allá se fueron. Pasaron la tarde en la barca, echando comida a los patos, porque, aunque había un cartel muy grande que decía…

¡PROHIBIDO ECHAR COMIDA A LOS PATOS!

…es que era muy divertido, porque venían enseguida y se lo comían todo.

Luego echaron la caña. Pescaron muchos peces, los saludaban, “hooooola”, y los volvían a tirar al agua. Hasta que en un momento dado Pablito pescó algo que pesaba un montón. No podía sacarlo.

Pero Pablito -dijo el abuelo- ¿qué has pescado? ¿una ballena? es que esto no hay quien lo saque del agua.

Empezaron a tirar y a tirar entre los dos, hasta que al final…

¡PUMMMMMMMMMMMMMM!… salió volando una bota.

Pablito se quedó decepcionado.

Bueno, pero si es una bota vieja -dijo-, abuelo, tírala otra vez al agua.

No -dijo el abuelo-, hay que mantener el estanque limpio. Esta bota vieja no debería estar en el fondo del estanque, así que la cogeremos y la tiraremos en el cubo de la basura.

El abuelo cogió la bota y vio que había algo dentro.

¡Anda, pero si tiene una cosa dentro! -dijo-, mira Pablito, es un soldadito de plomo, oh, pero está roto, ha debido romperse al caer.

¿Mmmmmmm? A Pablito se le pusieron los ojos como platos.

Pero abuelo ¡si es mi soldadito! ¡HAS ENCONTRADO A MI SOLDADITO PERDIDO! -gritó Pablito contento-, ya verás cuando se lo diga a papá y a mamá.

Pablito pensó que su abuelo siempre le traía buena suerte. Siempre que iba con él a algún sitio, se lo pasaba genial y siempre le pasaban cosas buenas.

Abuelo, ¡cuánto te quiero! -le dijo. Le dio un abrazo gigante y se fueron corriendo a casa a contarle a sus papás la buena noticia.

Pablito estuvo toda la tarde jugando con su ejército de soldaditos, ahora sí que le gustaba jugar con ellos, porque por fin estaban todos.

Cuando todos se fueron a dormir, el soldadito de plomo les contó a sus amigos juguetes todas las aventuras que había vivido. Cómo había conseguido volver a casa y qué suerte había tenido de que Pablito hubiera ido, justamente, a aquel estanque a pescar con su abuelo.

Todos le escuchaban muy atentos.  Estaban muy contentos de que el soldadito hubiese regresado a casa. Cuando todos los juguetes se pusieron a comentar, “bla bla bla”, hablando de todo lo que les había contado el soldadito, la bailarina aprovechó para acercarse.

¡Ay, mi soldadito! Estaba muy preocupada y muy triste, pensando en que nunca más iba a volver a verte -le dijo-, menos mal que has regresado.

¡Ay, mi bailarina! Cuando estaba viviendo todas esas aventuras pensaba en ti y en que tenía que ser muy valiente para poder regresar a casa y vivir contigo para siempre -le contestó el soldadito.

Entonces se sentaron en la leñera para charlar tranquilamente, lejos del bullicio que estaban montando los demás juguetes. Charlaron, charlaron, charlaron, hasta que se quedaron dormidos.

Por la mañana vino el papá de Pablito.

¡FFFFRRRRRRRRRRRRRRRR! ¡qué frío hace hoy! -dijo-, voy a encender el fuego, para que cuando se levanten todos, la casa ya esté calentita.

Cogió un montón de leña, lo metió a la chimenea y encendió el fuego.

Al cabo de un ratito la bailarina se despertó.

Uf, qué calor hace -dijo-. Entonces se dio cuenta de que estaban…

¡DENTRO DE LA CHIMENEA!

¡Soldadito, soldadito! ¡Despierta! Estamos dentro de la chimenea ¡tenemos que salir de aquí enseguida! -gritó.

El soldadito se despertó.

¿Qué pasa? ¿por qué hace tanto calor? -preguntó aún medio dormido.

¡Estamos dentro de la chimenea! ¡tenemos que escapar! Nos quedamos dormidos en la leñera y nos han metido sin darse cuenta -dijo-, ¡venga corre, corre!

El soldadito intentaba correr pero no podía, porque solo tenía una pierna, tenía que ir dando saltitos, pero dentro de la chimenea resultaba muy difícil.

Dame la mano -le dijo la bailarina- yo te ayudaré, entre los dos podremos escapar.

Le cogió la mano y tiró de él, para intentar encontrar un sitio por donde salir de entre las llamas. Empezaron a corretear tan deprisa que saltaban chispas de la chimenea.

El gato de Pablito se quedó mirando.

“Miauuuuuuu”, a lo mejor se ha metido un ratoncito en la chimenea y hoy puedo desayunar ratoncito asado, ummmmmm -se relamió.

Asomó la nariz a la chimenea, mientras la bailarina y el soldadito seguían corriendo entre las llamas, intentando encontrar una salida. Entonces el gato, al ver tantas chispas y tanto movimiento en la chimenea, dio un zarpazo para sacar lo que fuera que hubiera allí dentro.

La bailarina y el soldadito salieron disparados de la chimenea, se quedaron allí, tirados en el suelo, mirando al techo sin moverse.

El gato los miró… “miauuu” …él que ya estaba saboreando un rico ratoncito asado, se fue decepcionado, a ver si al menos le daban un bol de leche para desayunar, pero sin saber que había salvado de las llamas a la bailarina y al soldadito, y justo a tiempo, porque con el calor, ya estaban empezando a derretirse, tanto, que sus manos ya se habían fundido en una sola.

Cuando Pablito se levantó, encontró al soldadito y a la bailarina allí tirados delante de la chimenea. Se quedó mirándolos pensativo.

Pero si están cogidos de la mano ¿cómo puede ser? -dijo. Por más que buscó una explicación, no pudo encontrarla. Así que, simplemente, los cogió y los colocó en la estantería.

Desde aquel instante formaban ya una sola figura y vivieron para siempre cogidos de la mano.

Y colorín colorado este cuento se ha acabado.

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