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Francisca y la muerte

Se acerca Halloween 🎃 y hoy vamos a escuchar una historia que da un poquito de miedo 😱… Pero a veces es divertido asustarse un poco 👻 verdad? Acurrúcate con tu mantita o tu peluche preferido y vamos a escucharla 😉.

FRANCISCA Y LA MUERTE

La Muerte se despertó temprano. Aunque no tenía demasiado trabajo ese día, le gustaba madrugar para hacer su tarea cuanto antes y así, tener la tarde libre para pasear por el mundo, observando, curioseando por aquí y por allá, vigilando las vidas de posibles clientes. La Muerte siempre estaba atenta a todo y a todos.

Cogió su agenda y miró las citas del día.

Ummmmm, Francisca a la una y media de la tarde –dijo solemne-. Villalejos de Abajo, bueno, ya por el nombre del pueblo no me suena cerca, así que, me pondré en camino para llegar cuanto antes, y a la una y media en punto, estaré preparada para mi cita con Francisca.

Se colocó sus botas raídas y su capa negra. Se subió la capucha, que le tapaba prácticamente todo su feo rostro. Decidió no coger hoy la guadaña, para no llamar la atención y llegar a sus clientes con mayor facilidad.

Y así, llegó la Muerte a Villalejos de Abajo. Era una mañana del mes de mayo, el campo estaba florido y precioso, la primavera lucía en su máximo esplendor.

Nada más entrar al pueblo, la Muerte se encontró con un pastor, que andaba al cuidado de su rebaño.

Buenos días, buen hombre –le dijo.

El pastor la miró, extrañado de ver a alguien por allí, a esas horas y con aquel atuendo.

Buenos días por la mañana, buena señora –le contestó-, ¿qué es lo que se le ofrece?

¿Podría usted indicarme, por favor, dónde vive la señora Francisca? –preguntó.

¡Ah! la Francisca, sí, sí mire “usté”, “tie” que coger este camino, recto, todo recto y cuando llegue a una curva se sale a la derecha, sigue, sigue, sigue y cuando llegue a una piedra con forma de seta, gira a la izquierda, coge el camino de la montaña y sube, sube, sube, hasta llegar a lo alto, y cuando ande “usté” por allá verá un roble muy robusto, pues justo debajo de “ay” está la casa de la Francisca   –le explicó el pastor.

Muchas gracias, que tenga usted un buen día –le contestó la Muerte.

Vaya “usté” con Dios –le dijo el pastor.

La Muerte se encaminó hacia donde le había indicado el pastor. Iba muy contrariada, el campo olía a flores, estaban todas las plantas floreciendo, los pájaros cantaban alegres y los cervatillos saltaban entre los arbustos. Era una bonita mañana soleada de primavera.

¡Agggg, qué asco de mundo, cómo huele a flores! –y se tapó la nariz- ¡y qué colores tiene todo!, me duelen los ojos, voy a darme prisa a ver si cumplo el trabajo pronto, y vuelvo de nuevo al campo santo, que allí está todo más tranquilo y huele fenomenal a polvo y a humedad.

Siguiendo todas las indicaciones llegó a casa de la señora Francisca. Llamó a la puerta ¡toc, toc! Abrió una niña, con dos trenzas rubias y con una sonrisa de oreja a oreja, en la que faltaba algún diente que otro.

¡Hola! –le dijo la niña.

Hola niña, vengo buscando a Francisca, ¿puede salir por favor? –dijo la Muerte.

¿La abuela? Uf, la abuelita no está, se fue esta mañana temprano a ordeñar, luego iba a echar de comer a las gallinas y luego a sacar las ovejas para que se fueran con el rebaño –le contestó la niña.

La Muerte suspiró.

Está bien, la esperaré aquí a que vuelva –dijo.

¡Uy! pero la abuela seguro que no volverá hasta la noche –dijo la niña.

Vaya, entonces ¿dónde puedo encontrarla ahora? –preguntó.

Pues, ¿qué hora es? –dijo la niña.

Las diez y media –contestó la Muerte.

Pues a estas horas, debe de estar en el huerto regando -contestó la niña.

¿Y dónde está el huerto? –preguntó la Muerte impaciente.

Tiene que seguir por este camino, luego bajar hasta el río y coger el sendero, sigue todo el sendero y cuando vea una valla grande, esa es la del huerto –le explicó.

Muchas gracias –contestó la Muerte, y se encaminó sin perder tiempo hacia el huerto.

La mañana iba avanzando y empezaba a hacer un poco de calor, así que la Muerte se quitó la capucha, tenía su pelo gris de estropajo empapado.

¡Oh, qué calor hace! Creo que ya veo la valla del huerto, a ver si encuentro a Francisca y cumplo con ella de una vez –dijo con fastidio.

Pero al llegar al huerto no había nadie.

Pero, ¡aquí no hay nadie! –dijo. Después de un rato dando vueltas por el huerto, intentando encontrar a Francisca, vio a una campesina por el sendero.

¡Oiga, oiga, por favor! ¿Ha visto usted por aquí a Francisca? –le preguntó la Muerte.

¿La Francisca? Sí, la Francisca anduvo por aquí esta mañana regando, sobre las diez y media, pero ahora ya, que serán… ¿qué horas serán buena mujer? –le preguntó.

La Muerte miró el reloj.

Son las doce de la mañana –dijo con preocupación, pensando en lo tarde que se le estaba haciendo.

¿Las doce ya? Pues debe de andar cogiendo fresas por donde el estanque, que todas las mañanas va a coger las que van saliendo para llevárselas a su nieta –le dijo la campesina.

Y se puede saber ¿dónde queda el bendito estanque? –preguntó la Muerte con tono de desesperación.

Está cerca –le dijo la campesina-. Solo tiene que atravesar todas las huertas y, al otro lado, encontrará el estanque.

Muchas gracias –le contestó deprisa y se fue sin más.

Vale, vale vaya con Dios, qué prisas lleva esta gente de ciudad           –refunfuñó la campesina.

Bueno, al menos parece que el dichoso estanque está cerca, llegaré en un momento y cumpliré con Francisca de una santa vez –pensó.

A la hora que era, ya hacía un calor terrible. La Muerte se quitó la capa del todo, dejando su cuerpo torcido y delgaducho al descubierto, quedando vestida solo con una tela negra de arriba abajo.

Comenzó a atravesar las huertas, pero, como estaban recién regadas, se hundía las botas en la tierra mojada, así que se empapó los pies y se puso las botas llenas de barro. Llegó al otro lado, hecha un asco, despeluchada, sudada, con las botas embarradas y con la cara más fea todavía por el enfado que tenía. Ya en el estanque buscó a Francisca, pero no vio a nadie.

Pero ¿dónde está esta mujer?, aquí no hay ni un alma –dijo.

Así que, se sentó desesperada en el estanque a descansar y a beber un poco de agua. Para colmo, cuando estaba bebiendo, le saltó una rana encima de los pelos de estropajo.

En eso llegó un labriego al estanque y se encontró aquella figura extraña y hecha una facha, con una rana en lo alto de la cabeza.

Buen hombre, por favor, ¿ha visto usted por aquí a la señora Francisca? –le preguntó casi sin aliento.

Sí –contestó.

¡Oh, gracias a Dios! –dijo la Muerte con alivio-. Y ¿dónde está?            –preguntó ansiosa.

Pues ahora mismo, no sabría yo decirle. Creo que de aquí se marchó a limpiar el jardín de la plaza del pueblo, que los árboles tienen mucha rama “¿sabe usté?” y hay que podarlos para que no nos caigan encima –le explicó.

La Muerte no sabía qué hacer. Era ya la una y no había forma de encontrar a Francisca. Pero no quería darse por vencida.

Y dígame, ¿cómo puedo llegar cuanto antes a la plaza del pueblo?, necesito ver urgentemente a Francisca, tengo que entregarle una cosa a la una y media sin falta –le dijo al labriego.

Fácil, fácil –le dijo-, solo “tie” que seguir este camino y en “na” estará en la plaza.

Adiós, muchas gracias, que tenga usted un buen día –dijo. Y salió a toda velocidad hacia la plaza. Pero cuando llegó, allí no había nadie. El jardín ya estaba limpio y los árboles podados, pero ni rastro de Francisca.

¡Es increíble esta mujer! –dijo la Muerte-, es ya la una y cuarto y no doy con ella, al final voy a perder el tren de vuelta al campo santo, que sale a las dos.

Se sentó en un banco de la plaza, a la sombra, para aliviar un poco el sofoco y en eso pasó la panadera del pueblo.

Buenos días señora –le dijo-, la veo sofocada, quiere un tragito de agua y trocico de pan, que ando de reparto.

No gracias, lo único que quiero es encontrar a la señora Francisca, que tengo urgencia por verla, tengo que darle un recado muy importante a la una y media y ya casi es la hora.

Ah, y ¿cuál es ese recado tan importante que “tie” que darle a la Francisca? –le preguntó la panadera-, ¿acaso es “usté” amiga suya?

Sí claro, soy una vieja amiga de Francisca –mintió la Muerte.

Claro, claro… Entonces dígame señora, ¿cómo es la Francisca? –le preguntó la panadera desconfiada.

Pues es una señora… vieja, con el pelo blanco, bajita, gordita y… vieja –contestó la Muerte, sin saber muy bien qué decir.

Sí eso sí, algo vieja es, pero y sus ojos, de qué color son –preguntó la panadera.

Sus ojos ya son grises y nublados por la edad –dijo la Muerte.

¡Pues mire “usté” que no! Lo de vieja sí, ¡pero lo de los ojos no! Si “usté” dice eso es que no conoce a la Francisca -le contestó la panadera enfadada-. A pesar de su avanzada edad, Francisca tiene unos ojos azules como el cielo, que irradian vida y alegría, así que, no sé quién es “usté”, ni lo que quiere con tanto buscar a la Francisca, pero lo que sí sé, es que no la conoce de nada. Así que yo no voy a ayudarle a encontrarla.

La Muerte se quedó paralizada, nunca le había ocurrido algo así. Intentó preguntar a varios vecinos del pueblo, pero ya nadie quiso darle pistas para encontrar a Francisca. Eran ya casi las dos de la tarde y tenía que coger el tren de vuelta, no quería tener que quedarse por esos mundos llenos de flores, pájaros y árboles, oliendo todo el día a campo y frescura y sintiendo la suave brisa de la primavera en su feo rostro.

¡Vaya día! –exclamó-, me voy corriendo que, al final, pierdo el tren, a ver si mañana me toca otro cliente más fácil, porque la de hoy se me ha resistido. Quizás me he precipitado y aún no es hora de cumplir con Francisca -se dijo pensativa-. Definitivamente, es una mujer con mucha vida aún, tendré que reorganizar mi agenda y citarla para otro año.

Mientras la Muerte bajaba a toda velocidad camino abajo hacia la estación del tren, Francisca andaba en el prado, justo debajo del camino, cuidando de sus árboles, para que luego le dieran ricos frutos que recoger, pero la Muerte pasó de largo.

El herrero del pueblo pasó un ratito después, por el mismo camino, montado en su burro y desde allí vio a Francisca en el prado y la saludó a su manera.

¡Oye Francisca!, pero ¿tú cuándo te vas a morir? –le gritó.

¿Yo? Nunca, no tengo tiempo, siempre hay mucho que hacer –le contestó Francisca.

Y así fue como ocurrió, que ni la Muerte vio a Francisca, ni Francisca a la Muerte. Se cruzaron, pero no se encontraron. Y no sabemos si la Muerte se habrá vuelto a atrever a ir a buscar a Francisca.

Y colorín colorado este cuento se ha acabado.

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