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Jack y las habichuelas mágicas

¿Cambiaríais algo muy importante para vosotros por un puñado habichuelas? Pues eso fue lo que hizo Jack 👦🏻. Pero aquéllas no eran unas simples habichuelas, porque eran .. Bueno, mejor vamos a escuchar el cuento, veréis la aventura que vivió Jack 🌱. ¡Casi se lo come un ogro! 😱

JACK Y LAS HABICHUELAS MÁGICAS

Jack era un niño despistado y perezoso. Su madre trabajaba mucho en la granja donde vivían, pero él nunca le ayudaba en nada. A pesar del gran esfuerzo que hacía su madre, eran muy pobres. Vivían de lo que daba la tierra y tomaban la leche que les daba la única vaca que tenían, a la que llamaban “Leche blanca”.

Llegó entonces un año de sequía. La cosecha fue tan mala, que ya no podían, ni siquiera, alimentar a Leche Blanca. Entonces su madre tomó una triste decisión.

—Tendremos que vender a “Leche Blanca” —le dijo a Jack un día—. Vete al mercado e intenta venderla al mejor precio posible, porque eso será lo que tendremos para poder comer lo que queda de invierno. Después… ya veremos lo que hacemos.

Cuando iba camino del mercado, Jack se cruzó con un anciano.

—¿Dónde vas con esa bonita vaca? —le preguntó.

—Voy a venderla al mercado —respondió Jack—, es una vaca estupenda y da muy buena leche, seguro que conseguiré un buen saco de monedas por ella.

—Te propongo un trato —le dijo el anciano—. Te cambio la vaca por este puñado de habichuelas.

—¿Cómo? —contestó Jack con tono de burla—. ¿Acaso cree que soy tonto? ¿Cómo voy a cambiarle a “Leche Blanca” por un puñado de habichuelas?

—Pero no son unas simples habichuelas, son habichuelas mágicas —le contestó—. Confía en mí, no te arrepentirás.

Jack pensó que quizás fuera cierto y que, por muy bien que vendiera a “Leche Blanca”, no conseguiría más que un saco de monedas para pasar el invierno. Por eso, sin saber muy bien por qué, confió en el anciano y cambió a “Leche Blanca” por aquel puñado de habichuelas.

Se fue enseguida a casa, quería contarle a su madre lo que había conseguido. Pero cuando llegó…

—¡Por fin llegas! Estaba esperando para ir a comprar algo para la cena. ¿Cuánto has conseguido por “Leche Blanca”? —le preguntó su madre.

—Mira, la he cambiado por estas habichuelas. ¡Son mágicas! —contestó Jack.

Su madre se enfadó tanto, que cogió las habichuelas y las tiró por la ventana.

—¿Cómo se te ocurre cambiar a nuestra vaca por esas habichuelas? ¡No pensaba que pudieras ser tan bobo y te dejaras engañar de esa forma! —le gritó decepcionada—. Ya puedes acostarte, esta noche no hay cena y mañana no sé si conseguiremos algo para comer.

Y así se acostaron, decepcionados y hambrientos.

***

A la mañana siguiente, cuando Jack despertó, vio que la ventana de su habitación estaba cubierta por un montón de hojas gigantes. Se asomó y vio una enorme planta de judía, que subía, subía y subía hasta el cielo…

Entonces Jack pensó en el anciano y en lo que le había dicho.

«Es cierto, esas habichuelas son mágicas…»

Jack miró hacia arriba y, sin pensar, comenzó a trepar por la planta de judía. Trepó y trepó. Después de más de una hora subiendo, atravesó las nubes y llegó a un lugar muy extraño. Era como un enorme jardín, con árboles y flores gigantes. A lo lejos, se veía una casa también gigante y, en medio, había un camino de arena blanca que llevaba hacia ella. Así que Jack, se encaminó hacia allí.

Cuando llegó, vio una enorme señora, que estaba barriendo la puerta.

—Hola señora —le dijo.

—¿Un niño por aquí?  ¡Qué extraño! —respondió.

—Me preguntaba si tendría usted algo de comer —le dijo Jack.

—Claro que tengo, pasa. Pero tendrás que darte prisa en comértelo, e irte antes de que regrese mi esposo, que es un enorme ogro, al que le encantan los niños tiernos y frescos como tú —le dijo la enorme señora.

Jack se asustó un poco. Estaba en casa de un temible ogro y aquélla, entonces, era la Señora Ogro. Pensó en irse, pero tenía tanta hambre, que decidió comer algo primero y reponer fuerzas, antes de volver a bajar por la planta de judía hasta su casa.

Estaba comiéndose un buen plato de pollo con patatas, cuando se oyeron unos pasos que se acercaban.

¡PLOF, PLOF, PLOF!

Y una voz que decía…

«¡Huelo a niño tierno!»

«Si me encuentro con un niño

lo trataré con cariño.

Y cuando esté despistado

lo comeré bien asado».

—Enseguida, enseguida —dijo la Señora Ogro—, ya está aquí mi esposo. Escóndete dentro del horno, ahí no te encontrará.

Jack se escondió y allí se quedó bien quieto.

—Hola cariño, ¿tienes hambre? —le dijo la Señora Ogro disimulando.

El Ogro era muy grande y muy feo. Solo tenía cuatro pelos. Tenía verrugas por toda la cara, la nariz roja y le faltaban algunos dientes. Entró en la casa con un garrote en la mano y miró alrededor.

—He olido a niño desde fuera, ¿dónde está? —dijo el Ogro.

—Pero ¿cómo va a venir aquí ningún niño? Qué ideas tienes. Lo que huele es el rico pollo con patatas que te he preparado para comer —contestó la Señora Ogro.

El Ogro se sentó a comer desconfiado. Cuando terminó, cogió unos sacos de debajo de la mesa y comenzó a contar monedas de oro.

Jack observaba desde el horno aquella cantidad de monedas. Nunca había visto tantas juntas.

Al fin, el Ogro se cansó de contar monedas y se quedó dormido.

Entonces, Jack salió enseguida del horno y cogió uno de los sacos de monedas.

Salió corriendo y se apresuró a bajar por la planta de judía. Bajaba tan deprisa, que tuvo que soltar el saco de monedas para no caerse. Todas las monedas de oro cayeron encima de su casa, como una lluvia, que su madre recogió emocionada.

En cuanto Jack posó los pies en el suelo, la planta de judía desapareció.

Jack le contó a su madre lo que había sucedido. Los dos se abrazaron contentos, porque, con aquella cantidad de oro, podrían vivir mucho tiempo tranquilos. Ya no serían pobres nunca más.

***

Día tras día, sacaban monedas y monedas, hasta que un día…

—Jack, no queda ni una sola moneda —le dijo su madre angustiada—. ¿Qué vamos a hacer ahora? Volvemos a ser pobres.

—Espera, quizás si regamos la planta de habichuelas, vuelva a crecer, así podría volver a subir por ella hasta la casa del Ogro y conseguir más monedas —contestó Jack.

Regaron la planta y ésta creció y creció hasta que llegó al cielo.

Jack volvió a trepar por ella y, de nuevo, llegó a la casa del Ogro.

La Señora Ogro le vio venir. Tenía cara de enfado.

—Hola señora, vengo a visitarla de nuevo. Quizás tendría algo de comer, estoy hambriento —dijo Jack.

—No estoy segura, la última vez que estuviste perdimos un saco de monedas ¿no lo cogerías tú? —le contestó enfadada.

—No, claro que no —mintió Jack—. ¿Cómo podría yo llevarme un saco de monedas tan grande?

La Señora Ogro le creyó y le puso de nuevo una rica comida. Entonces, volvieron a escucharse unos ruidosos pasos acercándose.

¡PLOF, PLOF, PLOF!

«¡Huelo a niño tierno!»

«Lo atraparé si lo encuentro

como si fuera un mosquito,

cocinado a fuego lento

me lo comeré bien frito».

—Escóndete, rápido, que llega mi esposo —dijo la Señora Ogro.

Jack se escondió de nuevo en el horno. Desde allí vio, otra vez, al horrible y enorme Ogro que, con su garrote en la mano, olisqueaba por toda la cocina.

—Ummmm, qué bien huele a niño, ¿dónde está? —preguntó mientras buscaba.

«Si es gordito lo haré asado,

si es flacucho rebozado.

Si es muy alto con tomate,

si es bajito con chocolate».

—No hay ningún niño, aquí arriba solo estamos tú y yo —contestó la Señora Ogro—. Tómate la sopa calentita, anda.

El Ogro se puso a comer sopa. Aunque seguía oliendo a niño, siempre confiaba en lo que la Señora Ogro le decía. Cuando terminó de comer, fue al corral, trajo una gallina blanca y la posó sobre la mesa.

«Ya es hora gallina blanca,

te toca hacer tu trabajo.

Si no me pones un huevo,

hoy te voy a echar al caldo»

Entonces la gallina puso un huevo. Jack se quedó sorprendido al verlo. ¡Había puesto un huevo dorado!

El Ogro colocó el huevo en un cesto. Estaba lleno de huevos de oro.

Jack pensó que, si se llevaba aquella gallina, él y su madre nunca volverían a ser pobres.

Esperó a que el Ogro se quedase dormido y aprovechó el momento en que la Señora Ogro salió al huerto. Entonces salió del horno, cogió la gallina y corrió hacia la planta de judía para regresar a casa. Bajó a toda prisa y, como la vez anterior, en cuanto posó los pies en el suelo, la planta desapareció.

—¿Una gallina? Pero no es suficiente, con lo que nos den por ella, apenas podremos vivir una semana —dijo su madre.

—Pero ésta no es una gallina cualquiera, esta gallina pone huevos de oro —le contestó Jack.

De nuevo, se abrazaron contentos. Cada huevo de oro debía valer una fortuna. Nunca volverían a pasar hambre.

***

Pero pasaban los días y, aunque la gallina blanca seguía poniendo huevos de oro, no era suficiente, porque solo ponía un huevo a la semana.

—Voy  a  trepar  de  nuevo por la planta de judía —dijo un día Jack—. Seguro que los ogros tienen más cosas valiosas. La gallina es una ayuda, pero no es suficiente.

Así que, regaron de nuevo la planta y ésta volvió a crecer y crecer hasta llegar al cielo. Jack volvió a subir por ella y llegó de nuevo a casa de los Ogros.

Esta vez entró a hurtadillas, porque la Señora Ogro ya no le creería y estaría muy enfadada, porque se había llevado la gallina de los huevos de oro.

Estaba buscando por la casa a ver si encontraba algo de valor, cuando escuchó los pasos del Ogro acercándose. Esta vez, se escondió dentro de un arca que había en la cocina.

¡PLOF, PLOF, PLOF!

«¡Huelo a niño tierno!»

«Bato veinte huevos,

le echo niño o niña.

Con sal y pimienta y

me hago una tortilla».

—¿Huele a niño? ¿Tú crees? —dijo la Señora Ogro—. Vamos a buscar, seguro que estará escondido en el horno.

La Señora Ogro estaba muy enfadada. Jack ya la había engañado dos veces y no estaba dispuesta a protegerle una vez más. Si lo encontraban, haría un guisado de niño con él.

Miró en el horno, pero no estaba allí. Jack seguía escondido en el arca quieto y calladito.

—Pues no, parece que tu olfato está fallando, aquí no hay ningún niño —dijo.

Los ogros se sentaron a comer y cuando terminaron, el Ogro se levantó y cogió un arpa de oro.

«Ven mi Arpa dorada

a tocar tu melodía.

Llénanos de joyas,

de salud y de alegría».

El Arpa comenzó a sonar. De ella salía una hermosa melodía, que llenaba todo de felicidad y de sus cuerdas salían piedras preciosas de todos los colores.

Jack ya sabía lo que se llevaría esta vez. ¡El Arpa dorada!

Como siempre, después de comer, los ogros se fueron a echar la siesta. Entonces, Jack salió del arca y cogió el Arpa, pero ocurrió algo que no esperaba.

El Arpa comenzó a sonar pidiendo socorro…

«¡Socorro, socorro, ayuda, que me llevan!»

Los ogros se despertaron. Jack corría y corría camino de la planta de judía, para escapar con el Arpa, pero los ogros iban tras él.

Jack bajaba, pero los Ogros tenían los brazos y las piernas más grandes y más fuertes. Iban mucho más rápido, le iban a atrapar.

Entonces, Jack soltó el Arpa, para poder bajar más deprisa, y el Ogro, que ya iba muy cerca la cogió.

«¡Mi Arpa dorada he recuperado,

devuélvenos todo lo que nos has robado.

Bajaré tras de ti y te atraparé,

te meteré en un saco y te comeré».

Jack gritaba…

«¡Mamá, corta la planta, corta la planta! ¡Los ogros vienen detrás de mí, me van a atrapar!»

La madre de Jack comenzó a cortarla. Entonces los ogros retrocedieron hacia arriba, para no caer al suelo desde aquella altura, después de todo, al menos habían recuperado el Arpa dorada.

Cuando Jack estuvo cerca del suelo, saltó. En cuanto tocó la tierra con sus pies, la planta comenzó a desaparecer, justo cuando los ogros acababan de atravesar las nubes.

***

Todos volvían a estar en su sitio. Los Ogros en su enorme jardín, por encima de las nubes y Jack en la granja, con su madre.

Se habían llevado un buen susto. Los Ogros casi se comen a Jack, por ser avaricioso y haber vuelto, para intentar robarles de nuevo.

Jack comprendió que no se puede vivir de robar a los demás, sino que hay que ganarse las cosas con esfuerzo.

Desde entonces, nunca más volvió a utilizar las habichuelas mágicas.

Trabajó muy duro, junto a su madre, para mantener la granja. Siguió cuidando de la gallina blanca que, durante años, continuó poniendo un huevo de oro cada semana.

No volvieron a ser pobres y, al cabo de un tiempo, Jack volvió a encontrarse con aquel anciano y recuperó a “Leche Blanca” a cambio de un cesto lleno de huevos de oro.

Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

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