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Juan sin miedo

Todos hemos tenido miedo😱 alguna vez ¿verdad? Pero… ¿os imagináis lo que sería no tener miedo nunca? 😳 Eso le sucedía a nuestro protagonista de hoy, hasta que un día decidió irse a conocer lo que es el miedo 😨.

JUAN SIN MIEDO

Juan era el mediano de tres hermanos, tenía un hermano mayor, Tomás, y una hermana pequeña, Lucía.

Tomás era muy listo y muy dispuesto, pero muy miedoso. En cuanto anochecía, ya no se atrevía a ir solo a la fuente, ni a salir a coger leña para el fuego… Juan, sin embargo, no tenía miedo a nada, daba igual que hubiera tormenta, que fuera de noche, él salía, iba y venía y nunca sentía miedo.

Por las noches, Lucía se metía en su cama.

¿Qué te pasa Lucía? -le preguntaba Juan.

Es que hay tormenta y me asustan mucho los truenos, tengo miedo -le contestaba su hermanita.

Miedo… -pensaba Juan-. ¿Qué será eso del miedo?

Juan iba creciendo y seguía sin tener miedo. Siempre que había que hacer algo que asustaba mucho, se lo encargaban a él. Todos en el pueblo sabían que a Juan no le asustaba nada. Por eso le llamaban Juan sin Miedo.

En las noches de otoño, Juan y Tomás se reunían con sus amigos para contar historias de miedo a la luz de las velas. Era divertido asustarse y ver cómo los demás pasaban miedo cuando contabas tu historia. Pero Juan, se aburría mucho, él no pasaba nada de miedo, ni se asustaba nunca.

Pero cuando tienes miedo, ¿te duele algo? -preguntaba Juan.

No, solo es una sensación y, a veces, sientes hasta escalofríos -le decían sus amigos.

Bueno, yo siento escalofríos a veces, cuando se apaga el fuego -contestaba Juan- ¿eso es tener miedo?

No Juan, eso es tener frío, el miedo es otra cosa -le decía su hermano Tomás-. Es cuando sales de noche al bosque y piensas en que va a venir una bruja, un fantasma, un hombre lobo y entonces…. ¡Te asustas un montón y sales corriendo!

Pero es una tontería pensar eso, en el bosque no hay de esas cosas -decía Juan.

Bueno, eso crees tú, ¡porque eres muy valiente! -le decían sus amigos.

¡Pues yo quiero saber lo que es el miedo! -dijo un día Juan.

Pero ¿para qué?, si es genial no tener miedo nunca -le decían    todos -, tener miedo asusta mucho.

Me da igual, yo quiero saber lo que es tener miedo y salir corriendo del susto -contestó.

Entonces uno de sus amigos dijo:

¿Sabéis? Hay una casa abandonada al otro lado del bosque, es muy grande y nadie entra allí desde hace años. Dicen que está encantada, y que por las noches se aparece el fantasma de su antiguo dueño, que vaga por la casa arrastrando unas cadenas enormes y soltando terribles lamentos y gritos… -les contó-. También dicen que, algunas noches, se oyen risas de brujas y sale humo por la chimenea, como si alguien hubiera encendido el fuego…

Todos estaban atónitos escuchando a su amigo.

Uf, qué miedo -decían acurrucándose unos con otros.

Juan, quizás podrías ir allí y quedarte una noche, seguro que así conocerías el miedo -le dijo.

Sí, eso haré, mañana al anochecer iré y me quedaré allí toda la noche -dijo Juan.

Tomás, Lucía y sus padres intentaron convencerle de que no lo hiciera, pero Juan estaba decidido a conocer lo que era el miedo. Así que, al día siguiente, cogió una manta y un trozo de pan con queso y se encaminó hacia la casa abandonada para pasar la noche.

Llegó y abrió la puerta. Estaba oscuro. Todo estaba lleno de polvo y hacía mucho frío.

Bajaré al sótano a buscar algo de leña para encender la chimenea, así estaré calentito -pensó-. Cenaré mi pan con queso y a dormir. Por ahora creo que aún no he sentido nada de miedo, a lo mejor luego…

Estaba a punto de quedarse dormido, cuando comenzó a escuchar un ruido de cadenas que venía del sótano.

¡Booooooooooooooo! ¿Quién ha encendido mi chimenea? -escuchó-, no he dado permiso a nadie para entrar en mi casa. ¡Booooooooooooooo!

Juan vio un fantasma envuelto en una sábana acercándose hacia él, tirando de unas pesadas cadenas.

¿Qué pasa? ¿Qué horas son estas de hacer ruido y gritar de esa forma? Estaba a punto de coger el sueño, ¡vaya manera de molestar! -dijo Juan enfadado.

Soy el fantasma que habita en la casa, tú no deberías estar aquí, ¡eres tú quien me está molestando a mí! -gritó el fantasma.

Venga ya, la casa es muy grande, hay sitio para los dos, tú vete a tu sótano y sigue con tus cosas de fantasma, que yo me quedo aquí durmiendo al lado de la chimenea -le contestó Juan.

¡Nooooooo, tú eres quien debe irse, sal ahora mismo de mi casa! -le gritó enfadado.

Sí hombre, a estas horas me voy a ir, yo me quedo aquí a dormir y, por la mañana, ya me iré -le contestó-, ¡déjame en paz! Y le lanzó uno de los leños que había subido, dándole justo en lo alto de la sábana. El fantasma cayó por las escaleras hacia el sótano y allí se quedó. En esta ocasión era él quien se había asustado. Y Juan siguió durmiendo tan tranquilo. No iba a resultar fácil que Juan conociera el miedo.

Al día siguiente Tomás y sus amigos fueron hasta la casa, para ver qué tal había pasado la noche.

¿Qué, has pasado miedo? -le preguntaron.

¡No! Vino un fantasma tonto a molestar, pero le lancé un leño y le mandé al sótano -dijo.

Todos se quedaron asombrados.

Sí que es valiente de verdad -pensaron.

Bueno, vamos a casa, ya ves que no ha servido de nada pasar aquí la noche, sigues sin saber lo que es el miedo -le dijo su hermano mayor.

Sí, vamos, pero esta noche volveré a intentarlo -dijo.

Así que, al anochecer, volvió a la casa a pasar la noche. Hizo lo mismo que la noche anterior. Encendió el fuego. Pensó en hacerse una sopa calentita para cenar, y puso una olla de agua en la lumbre. De pronto, notó que algo volaba por encima de su cabeza.

Vio una horrible bruja, volando con su escoba alrededor del gran salón.

¿Cómo osas venir a esta casa? Todo el que entra aquí no vuelve a salir -le dijo la bruja-. Haré un hechizo y te convertiré en lámpara, te quedarás colgado del techo para siempre, ¡nunca volverás a ver el sol, ja, ja, ja!

¿Pero qué hechizo, qué dices, para estas tonterías me molestas a estas horas? Todas las brujas sois iguales, siempre amenazando con bobadas -le contestó Juan-. Yo sí que te voy a echar un buen hechizo, y cogió la olla de agua hirviendo y se la lanzó a la malvada bruja.

¡Ahhhhhhhhhhhhhhhhhh! -gritó la bruja, que salió escaldada huyendo por la ventana.

Por la mañana, volvieron su hermano y sus amigos.

¿Has pasado miedo ya? -le preguntaron.

¡Qué va! Vino una bruja fea diciendo no sé qué de un hechizo, pero le lancé la olla de agua hirviendo y salió por la ventana echando humo, ¡ja,ja,ja! -rio Juan-. Pero no me doy por vencido, esta noche volveré, seguro que a la tercera noche consigo pasar miedo.

Y así lo hizo, volvió a la casa para pasar la noche. De nuevo encendió el fuego, se comió su cena de pan con queso y se echó a dormir.

Espero que no venga nadie esta noche a estropearme el sueño           -pensó.

Pero alguien vino. Ya llevaba un buen rato durmiendo, cuando algo le rozó la nariz. Abrió los ojos y vio un ser muy extraño mirándole, le colgaban telas rotas por todo el cuerpo, ¡era una momia!

Agggg, quita, me están tocando tus telas en la nariz, hueles fatal -le dijo Juan.

Tú sí que hueles mal -le contestó la momia-, hueles a queso, no me gusta el queso, no me gusta la gente, no me gusta que me molesten y no me gustas tú.

Pues tú a mí tampoco -dijo Juan, y comenzó a tirar de la punta de la tela que envolvía a la momia. Ésta empezó a dar vueltas como una peonza, hasta que se quedó en un montón de huesos y polvo.

La momia avergonzada recogió todas sus telas

Ya no hay respeto a nada, llevaba con esta ropa dos mil años, ¿y ahora qué voy a hacer? -se lamentaba la pobre momia, que huyó llorando, mientras Juan se acomodaba para seguir con su sueñecito tranquilamente.

De pronto llamaron a la puerta de la casa. ¡¡Toc, toc, toc!!

Era su hermano Tomás.

Juan, tienes que ayudarme, Lucía ha desaparecido, no la encuentro por ningún sitio -le dijo Tomás.

Juan y Tomás fueron corriendo a casa. Lucía seguía sin aparecer.

¿Habéis buscado por la senda del río? -preguntó Juan-, le gusta mucho ir por allí, quizás se fue y al oscurecer no ha encontrado el camino de vuelta.

No, no he ido por ahí, está muy oscuro y me daba mucho miedo         -confesó Tomás.

No te preocupes, yo iré y seguro que la encontraré -dijo Juan.

Se adentró en el bosque hacia la senda del río, era una noche muy oscura y había mucha niebla, a lo lejos se oía el aullido de los lobos. Pero a Juan no le importó, nada le asustaba. Todos se quedaron a la entrada del bosque esperando a que Juan regresara con Lucía, estaban muertos de miedo.

Al cabo de un rato, Juan volvió. Venía con la cara desencajada, pálido y temblando. Venía…

¡¡¡¡¡¡¡¡ASUSTADO!!!!!!!!

Juan, ¿qué has visto?, vienes pálido y ¡tienes escalofríos! -le dijo Tomás.

Lo que me asusta no es lo que he visto, sino lo que no he visto. No he encontrado a Lucía, no sé dónde puede estar nuestra hermanita -contestó Juan-, ¿qué podemos hacer? Tengo miedo de no volver a verla.

Todos estaban muy preocupados, pensando en cómo podían buscar a Lucía, cuando oyeron los gritos de su madre desde la casa.

¡La he encontrado! ¡Está aquí! Se metió en el armario de los disfraces, se le cerró la puerta y no podía salir, pero está bien, no os preocupéis, ¡está aquí conmigo!

Juan salió corriendo a abrazar a su pequeña hermana, estaba contento por haberla encontrado y sin darse cuenta, había conocido lo que es el miedo….

Cada uno tenemos nuestros propios miedos, a todos no nos asustan las mismas cosas, pero, ser valiente no es no tener miedo, sino ser capaces de enfrentarnos a aquello que nos asusta.

Y tú, ¿a qué tienes miedo?

Y colorín colorado este cuento se ha acabado.

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