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La Gallinita Roja

A veces estamos muy perezosos y no nos apetece ayudar a los demás😴😴. Pero… sabéis que trabajando en equipo podemos conseguir mejores cosas?☺️. Pues los amigos de la Gallinita Roja lo aprenderán en el cuento de hoy🤭. No os lo perdáis!!!😉

LA GALLINITA ROJA

La Gallinita Roja era una gallina muy especial. Siempre resaltaba, entre todas sus amigas gallinas, por su color tan vivo. Vivía en una granja con sus polluelos y con muchos otros animales. Como a todas las gallinas, le gustaba andar picoteando por el suelo, entre la tierra, buscando gusanitos y otras cositas ricas que comer y que llevar a sus polluelos.

Una mañana, mientras rebuscaba y picoteaba como siempre, encontró cinco granitos de trigo.

¡Mmmmmmm, que ricos granos de trigo! Le van a gustar mucho a mis polluelos ¡vaya desayuno tan rico! -dijo la Gallinita.

Pero, mientras iba hacia el corral para darle los granos de trigo a sus hijitos, pensó que cinco granos para todos iban a ser muy pocos y que, quizás, podría aprovecharlos mejor de otra forma.

Si siembro los cinco granitos, para la primavera tendré trigo suficiente para hacer un rico pan -pensó la Gallinita.

Así que decidió sembrarlos.
Pensó que con ayuda sería más fácil.
“¿Alguien quiere ayudarme a sembrar estos granitos de trigo? -preguntó la Gallinita a sus amigos, la Vaca, la Oveja y el Cerdito.
¡Yo no! -dijo la vaca. ¡Yo no! -dijo la oveja. ¡Yo no! -dijo el cerdito.
Bueno, pues entonces tendré que hacerlo sola -contestó la Gallinita.”
Con su pico, hizo cinco agujeritos en el suelo y metió un granito en cada uno.
Llegó el momento de regarlos para que crecieran.
“¿Alguien quiere ayudarme a regar los granitos de trigo?
¡Yo no! ¡Yo no! ¡Yo no!
Bueno, pues entonces tendré que hacerlo sola.”

Como podía, iba y venía al río y traía un poquito de agua en el pico y así, iba regando poco a poco el trigo. Aunque terminaba muy cansada, estaba muy contenta, viendo cómo crecían sus granitos y se iban convirtiendo en unas bonitas espigas de trigo. Primero estuvieron verdes, pero cuando se fueron poniendo amarillas, llegó el momento de segarlas.

¿Sabéis lo que es? Pues… cortarlas.
“¿Alguien quiere ayudarme a segar las espigas de trigo?
¡Yo no! ¡Yo no! ¡Yo no!
Bueno, pues entonces tendré que hacerlo sola.”
Así que, con su piquito, fue cortando una a una las espigas.

Cuando las tuvo todas cortadas, era el momento de trillarlas, o sea, de separar el granito de la paja.
“¿Alguien quiere ayudarme a trillar el trigo?
¡Yo no! ¡Yo no! ¡Yo no!
Bueno, pues entonces tendré que hacerlo sola.”

Con sus patitas pisó, pisó y pisó las espigas, hasta que consiguió sacar los granitos. Uno a uno los fue cogiendo, hasta que hizo un montoncito para llevarlo al molino a moler.

“¿Alguien quiere ayudarme a llevar el trigo al molino? -preguntó la Gallinita, de nuevo, a sus amigos.

¡Yo no! -contestó la Vaca. ¡Yo no! -contestó la Oveja. ¡Yo no! -contestó el Cerdito.
Bueno, pues entonces tendré que hacerlo sola -dijo la Gallinita.”

Lo cogió con sus alas y lo llevó. Tardó un poco, porque pesaba y algún granito se le escapaba entre las plumas, pero al fin llegó al molino. Echó el trigo y esperó hasta que hubo suficiente viento para que se moliera. Cuando estuvo molido, colocó la harina en una hoja grande de higuera y se lo llevó al corral.
Ya tenía la harina, ahora solo faltaba amasar y cocer el rico pan.

“¿Alguien quiere ayudarme a amasar el pan?
¡Yo no! ¡Yo no! ¡Yo no!
Bueno, pues entonces tendré que hacerlo sola.”
Estuvo un buen rato amasando y amasando, hasta que consiguió una hermosa bolita de masa.

Por fin, había llegado el momento de hornear el pan. Iba a pedir ayuda a sus amigos, pero pensó que le dirían nuevamente que no querían ayudarla, así que decidió hacerlo sola.

Metió la masa al horno y al cabo de un ratito… ¡Ummmmmm! ¡Qué rico olor a pan recién hecho! La Gallinita no cabía en sí de gozo, estaba muy orgullosa de lo que había conseguido con tanto esfuerzo.
Sacó del horno un gran pan dorado y crujiente, con una miga blanca y esponjosa y se dispuso a comérselo con sus polluelos.

En esto llegaron sus amigos, la Vaca, la Oveja y el Cerdito, atraídos por el rico olor a pan recién horneado que salía del corral. La Gallinita los vio y decidió darles un escarmiento.

“¿Alguien quiere ayudarme a comer este rico pan recién horneado? -preguntó la Gallinita a sus amigos.

¡Yo sí! -dijo la Vaca. ¡Yo sí! -dijo la Oveja. ¡Yo sí! -dijo el Cerdito.”
¡Ja! Con que ahora ¿sí que queréis ayudarme? -preguntó muy enfadada-, sin embargo ¡no quisisteis ayudarme a sembrar el trigo, ni a regarlo, ni a segarlo, ni a trillarlo, ni a llevarlo al molino, ni a amasarlo, ni a nada! Pues ahora no pienso compartir mi pan con vosotros ¡me lo comeré entero yo sola con mis polluelos! -les dijo.

La Vaca, la Oveja y el Cerdito se sintieron muy mal. Se dieron cuenta de que no habían hecho bien no ayudando a la pobre Gallinita, que tan duro había tenido que trabajar para conseguir su pan. ¡Con lo fácil que hubiera sido hacerlo entre todos!

Tienes razón para estar tan enfadada -dijo la Vaca. Sí, toda la razón -dijo la Oveja. Toda la razón -dijo el Cerdito-, no nos merecemos que compartas el pan con nosotros, por haber sido tan perezosos y tan malos amigos y no haberte ayudado.
Ya se iban cabizbajos cuando la Gallinita se asomó a la ventana del corral.

¿De verdad estáis arrepentidos? -preguntó la Gallinita.
Sí, sí, sí -dijeron los tres.
Espero que hayáis aprendido y que, de ahora en adelante, seáis mejores amigos y compañeros y ayudéis a los demás.

La Gallinita Roja era muy generosa. No era la Gallina de los huevos de oro, pero sí que era la Gallina del Corazón de Oro. Por eso, decidió darles otra oportunidad y compartió el pan con todos.

Volvió el otoño y la Gallinita, que había guardado unos granitos de trigo de su cosecha, decidió sembrarlos de nuevo para volver a hacer su rico pan. Pero esta vez, ya no eran cinco granitos, sino muchos más. Y, además, la Gallinita no tendría que hacer todo el trabajo sola, porque sus amigos la Vaca, la Oveja y el Cerdito le iban a ayudar.

Así, la Gallinita hizo los agujeritos en el suelo con su pico y colocó un granito en cada agujero. La Vaca, que era muy fuerte, cogió un cubo con su hocico y trajo agua del río para regarlos. Cuando hubieron crecido y las espigas se pusieron amarillitas, la Oveja, que tiene unos dientes muy fuertes, cortó todas las espigas. Luego el Cerdito, que está muy gordito y pesa mucho, plantó su culete encima de las espigas y en un “plis” separó todos los granos de trigo de la paja.

Luego, todos se pusieron a soplar, para que la paja se fuera lejos y quedaran solo los granos de trigo en el suelo. Cuando estuvieron limpios, fueron a por un saco que había en el establo y los metieron todos en él. La Vaca cargó el saco en su lomo y lo llevó al molino. Allí estuvieron todos charlando y riendo mientras el viento movía el molino para moler el trigo. Cuando estuvo molido, echaron la harina en el saco y la Vaca lo volvió a cargar en su lomo y lo llevó al corral de la Gallinita Roja.

La Gallinita se encargó de amasar y hornear el pan. Prepararon una rica merienda. La Gallinita puso unos huevitos, la Oveja y la Vaca trajeron leche y el Cerdito fue el encargado de cocinar los ricos huevos y calentar la leche. En cuanto el pan estuvo listo, todos se sentaron en la hierba a disfrutar de aquella estupenda merienda.

Además, como esta vez habían sembrado muchos granitos de trigo, pudieron hacer pan muchas veces y así preparar muchas meriendas para disfrutar todos juntos.

La Vaca, la Oveja y el Cerdito aprendieron lo importante que es colaborar y trabajar en equipo, aportando cada uno sus habilidades, porque, trabajando juntos, consiguieron mucho más que uno solo.

Pero no olvidéis que, como hizo la Gallinita Roja, a veces hay que dar una segunda oportunidad a los demás para que puedan aprender de sus errores. La Vaca, la Oveja y el Cerdito ayudaron a la Gallinita a conseguir el rico pan, pero la Gallinita les ayudó en algo mucho más importante, a ser mejores amigos y mejores compañeros.

Y colorín colorado este cuento se ha acabado.

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