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Las aventuras de Gulliver

¡Comienzan las vacaciones! 🏖️🏕️ Gulliver se va de vacaciones a casa de sus abuelos 👵👴, pero ocurrirá algo inesperado, que le va a llevar a vivir una sorprendente aventura 🛳️⛵🚣… Vamos a navegar!!!!

LAS AVENTURAS DE GULLIVER

Gulliver estudiaba mucho, de mayor quería ser médico como su abuelo. Así que, como siempre, había sacado muy buenas notas, y este verano tenía por delante unas estupendas y merecidas vacaciones.

¡Felices vacaciones! -deseó a todos sus amigos-. Me voy a preparar las maletas, esta noche salgo hacia casa de mis abuelos.

¡Comienzan las vacaciones!

Sus abuelos vivían en otra ciudad y para llegar hasta allí había que cruzar el océano. Preparó todo lo necesario, se despidió de papá y mamá y subió a un gran barco que le llevaría hasta la casa de sus abuelos. Viajaría de noche y por la mañana temprano su abuelo le recogería en el puerto.

Me dormiré y cuando despierte habremos llegado -pensó Gulliver. Así que se fue a su camarote y se quedó dormido.

De pronto un fuerte golpe le despertó. Salió del camarote y vio muchas personas corriendo por el barco.

¿Qué sucede? -preguntó.

Hay una fuerte tormenta y el capitán no puede controlar el barco -le contestó otro pasajero-. Han dicho que subamos todos a cubierta para subir a los botes salvavidas.

Gulliver salió corriendo a cubierta y desde allí saltó a uno de los botes, junto a otras personas. Mientras se alejaban en el bote vieron cómo el gran barco se hundía. Estaban muy asustados porque la tormenta seguía siendo muy fuerte y temían que el bote también pudiera hundirse.

Entonces vino una ola gigante y……

¡Noooooooooooooooooooooooooooooo! -gritó Gulliver. El bote se dio la vuelta y todos cayeron al agua. Gulliver nadó y nadó para intentar llegar a una orilla, pero… estaba en medio del océano, de noche y bajo una gran tormenta… estaba muy cansado y ya no podía nadar más, así que se dio por vencido y allí se quedó, flotando en el agua gracias a su chaleco salvavidas.

Gulliver abrió los ojos, el sol le daba de lleno en la cara.

He tenido una pesadilla horrible -dijo-, soñé que el barco en el que viajaba a casa de los abuelos se hundía en medio de una gran tormenta. Voy a refrescarme un poco, me duele todo el cuerpo.

Pero cuando fue a levantarse, no podía. Estaba en la orilla de una playa, atado con un montón de cuerdas. Miró a su alrededor y no podía creer lo que estaba viendo. Quería frotarse los ojos para despertarse del todo y volver a la realidad, pero era imposible con las manos atadas.

Gulliver vio un montón de personitas, del tamaño de la palma de su mano, mirándole con cara de enfadados. Algunos de ellos se le habían subido encima y le amenazaban con espadas del tamaño de un palillo de dientes. Junto a su cabeza había un pequeño ejército de soldaditos armados con arcos y flechas. Y los más pequeños jugaban al escondite en sus bolsillos y a columpiarse entre su pelo, le estaban haciendo muchas cosquillas.

¡Atención! -gritaron- el gigante ha despertado. Preparad los arcos y las flechas por si nos ataca.

Gulliver abrió la boca para hablar, pero antes de que pudiera decir ni una palabra, comenzaron a tirarle piedras del tamaño de una lenteja, que se le metieron en la boca y en la nariz.

Escuchad, podéis desatarme ¡no voy a haceros daño! -gritó Gulliver.

Pero con la fuerza de su voz todas las personitas se cayeron de espaldas.

¡¡¡Nos está atacando!!! ¡Disparad! -gritó el que parecía el capitán.

Entonces comenzaron a lanzarle flechas, pequeñas como alfileres, pero que se le clavaron en la nariz y en las orejas…

Parad, parad -dijo Gulliver en voz baja para no asustarles-, no es necesario, no quiero haceros daño. Además, ¿cómo podría? si estoy atado. ¿Dónde estoy? -preguntó Gulliver- porque creo que ésta no es la ciudad de los abuelos.

Un pequeño hombrecito, gordito y vestido de forma muy pomposa se le subió a la barbilla.

Estás en Liliput, la mejor isla de todo el mundo -le contestó.

¿Podéis desatarme? -preguntó Gulliver-, tengo que buscar la forma de llegar a casa de los abuelos.

¡No! -le contestó el hombrecito.

¿Por qué no?, además ¿quién eres tú? -preguntó Gulliver.

Yo soy Lilo, el rey de los Liliputienses, y ordeno que te quedes ahí atado, un gigante como tú puede ser un peligro para nuestra isla -contestó.

Pero también puedo ser muy útil -dijo Gulliver.

¡No, no y no!, no me fío -dijo el rey.

Entonces una pequeña señora, también gordita y con un vestido muy elegante subió también a la barbilla de Gulliver.

Lilo, dale una oportunidad, si no le desatamos nunca sabremos si es un gigante malo o bueno, si nos quiere hacer daño o nos puede ayudar. Además, no podemos tener un gigante aquí tumbado más tiempo, los liliputienses quieren venir a disfrutar de nuestra bonita playa -dijo-. Hola gigante, soy la reina Lila. Lo cierto es que no veo maldad en tus ojos, creo que podemos confiar en que no nos vas a atacar si te desatamos.

Encantado reina Lila, yo me llamo Gulliver -susurró.

Está bien, ordenaré que corten las cuerdas, pero te advierto de que te estaré vigilando -dijo el Rey desconfiado.

Así que cortaron las cuerdas y Gulliver quedó liberado. Cuando se puso en pie, todos se quedaron asombrados de su tamaño. Realmente era enorme.

Gulliver puso la palma de su mano en la arena para que la reina Lila subiera.

Muchas gracias reina Lila -le susurró. La reina le sonrió y le hizo una reverencia. Mientras el rey Lilo miraba desde abajo de reojo.

Enseguida Gulliver comenzó a ayudar a los liliputienses.

Con un dedo podía arar las tierras para sembrar y con una jarra de agua las regaba en un momento. Cuando salían los frutos, llevaba los carros cargados de frutas y hortalizas desde el campo a las casas de los liliputienses. Gulliver podía llevar cinco carros en cada mano sin ningún esfuerzo.

También les ayudó a construir más casas, Gulliver no necesitaba escaleras, ni cuerdas, construía las casas tranquilamente sentado, como si jugase a un juego de construcción. Incluso construyó un nuevo castillo para los reyes Lilo y Lila.

Ayudaba mucho a los pescadores. Gulliver empujaba el barco mar adentro, y en poco tiempo conseguían pescar un montón de peces.

Y todos los niños liliputienses eran sus amigos. Jugaba con ellos en la playa. Les construía castillos de arena gigantes, donde podían meterse a jugar. Imaginaos ¡un castillo de arena de tamaño real!

Gulliver colaboraba mucho en las labores de Liliput, y se había ganado el cariño de todos los liliputienses. Pero también comía y bebía mucho. Era muy grande, podía comerse cien pescados, beberse cincuenta garrafas de agua y comerse un carro lleno de fruta en una sola comida. Si seguía allí mucho tiempo acabaría con todas las reservas de Liliput. Además, empezaba a dolerle la espalda de dormir en la playa, necesitaba volver a dormir en una cama.

Amigos liliputienses, estoy muy contento aquí con vosotros, pero no puedo quedarme mucho tiempo o acabaré siendo un problema para vuestra isla -les dijo un día-. Además, echo de menos a mi familia, todos estarán muy preocupados por mí, el barco en el que viajaba naufragó y nadie sabe dónde estoy.

Tienes razón Gulliver -le contestó el rey Lilo-, todos aquí te queremos, pero entendemos que tienes que volver a tu casa, con la gente gigante como tú. Así que, ahora, vamos a ser nosotros quienes te ayudaremos a ti. Construiremos un gran barco para que puedas salir de la isla y tratar de regresar a casa.

Y así lo hicieron, Gulliver cogió troncos de árboles y cosiendo pequeñas telas hicieron una vela. Entre todos consiguieron construir un barco velero.

¡Fíjate! -dijo el rey- hemos construido un barco enorme. Gulliver se quedó mirando el barco.

Bueno, es bastante grande, para vosotros es enorme, es verdad, pero yo tendré que meterme sentado y con las piernas dobladas, si no, creo que no podré subir -contestó Gulliver, dudando si aquel barquito soportaría su peso y podría flotar con él dentro.

Pero no había más remedio que intentarlo. Era la única oportunidad para intentar regresar a casa.

Mañana partiré -dijo.

A la mañana siguiente los liliputienses le habían preparado dos carros llenos de fruta y cien garrafas de agua para el viaje.

Necesitarás provisiones -le dijo la reina Lila-, la travesía puede ser larga. Toma, te regalo mi pañuelo, lleva el escudo de nuestra isla, te traerá buena suerte y, además, servirá para que no nos olvides -le dijo triste.

Muchas gracias, pero ¿cómo podría olvidaros? -contestó Gulliver.

Gulliver colocó los carros y el agua debajo de su asiento y subió al barquito, que empezó a balancearse… parecía que se iba a volcar. Pero Gulliver consiguió colocarse, bien encajadito, abrió la vela y el barco comenzó a navegar.

¡Adiós pequeños amigos! -les gritó mientras se alejaba. Los liliputienses le despedían con lágrimas.

¡Adiós Gulliver! ¿volverás a visitarnos alguna vez? -le preguntaron.

Gulliver contestó, pero… ya no consiguieron oír lo que les decía. Solo le vieron alejarse poco a poco hasta que lo perdieron de vista.

Gulliver siguió mirando a la orilla, allí dejaba a sus diminutos amiguitos, les echaría de menos. Siguió mirando hasta que dejó de verlos.

A pesar de ser tan diferentes, Gulliver y los liliputienses se habían hecho grandes amigos y se habían ayudado unos a otros. Gulliver colaboró en las tareas de Liliput durante un tiempo y ahora, gracias a los liliputienses, él tenía la oportunidad de regresar a casa.

Navegó y navegó en su pequeño barquito, pero no conseguía llegar a ningún sitio. Ya se había comido los dos carros de fruta y se había bebido toda el agua. Estaba muy cansado, pero intentaba mantener los ojos bien abiertos. De pronto, le pareció ver a lo lejos un gran barco. Intentó ponerse en pie, pero casi no cabía en el barco, estaba encajado y resultaba muy difícil. Además, si se movía mucho podía volcar. Así que comenzó a gritar.

¡Ayuda, ayuda! ¡Socorro!

Pero el barco estaba demasiado lejos y no le oían. Intentó remar hacia el barco, pero las olas le empujaban hacia atrás, no conseguía acercarse más. Gulliver apretó entre sus manos el pañuelo que la reina Lila le había dado, solo un golpe de suerte podría ayudarle.

Notó que algo le estaba empujando, ¿qué estaba pasando? Miró hacia atrás y vio… una ballena que le estaba llevando hacia el gran barco. Era increíble, realmente, el pañuelo de la reina Lila le había traído mucha suerte.

Al fin los tripulantes del barco le vieron. Le lanzaron un bote y Gulliver saltó desde su barquito. Así le subieron al gran barco.

Gulliver estaba a salvo, pero a pesar de estar aliviado y contento, sintió mucha tristeza viendo cómo su pequeño barquito de vela se alejaba. Ahora sí que, definitivamente, decía adiós a Liliput y a los liliputienses.

Gulliver regresó a casa, pero nunca nadie creyó su historia. Una isla llena de pequeñas personitas, con casitas, huertitos y barquitos… ni siquiera el diminuto pañuelo de la reina Lila les convenció.

Gulliver decidió que, cuando fuera mayor, sería capitán de barco y se iría a surcar los mares hasta lograr encontrar de nuevo Liliput. Algún día volvería a ver a los liliputienses y a los reyes Lilo y Lila.

Pero eso ya… será otra historia.

Y colorín colorado este cuento se ha acabado.

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