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Las dos vasijas

Hoy os traemos esta entrañable fábula popular de origen hindú🛕, que nos deja un mensaje maravilloso. Muchas veces no nos damos cuenta de nuestras capacidades hasta que alguien nos hace verlas😊. Veréis qué sorpresa😯 se. lleva la protagonista🏺de nuestra historia, cuando descubre todo lo que ha ocurrido por culpa de sus defectos!

LAS DOS VASIJAS

Había una vez, en un pequeño pueblo, un aguador. Se dedicaba a transportar agua todos los días para traerla al pueblo y venderla a cambio de unas monedas. Así podía sobrevivir y además ayudaba a sus vecinos a tener agua fresca cada día.

Como no tenía carro ni mula, el aguador transportaba el agua desde un pozo que había a las afueras del pueblo en dos vasijas, que llevaba colgadas en los extremos de un palo que apoyaba sobre sus hombros.

Cada día, llenaba las dos vasijas en el pozo hasta el borde y se encaminaba al pueblo con ellas al hombro. Pero cuando llegaba, una de las vasijas iba llena, sin embargo, la otra llegaba casi vacía, porque era muy viejita y estaba llena de grietas, por donde, poco a poco, se iba escapando el agua.

La vasija agrietada se daba cuenta de lo que pasaba y cada día estaba más triste, viendo que su amo la llenaba de agua que luego iba perdiendo por todo el camino al pueblo.

Amo, creo que deberías cambiarme por otra vasija, estoy llena de grietas, ya no sirvo para nada. Todos los días me llenas hasta el borde, igual que a mi compañera, ella llega llena, pero yo llego casi vacía, porque pierdo mucha agua por el camino -le dijo un día la vasija agrietada al aguador.

No te preocupes vasija, no pasa nada, yo estoy contento así -le contestó.

La vasija no entendía por qué la seguía utilizando si estaba rota. Pero así continuaron. Todos los días igual, el pobre aguador tenía que dar varios viajes al pozo, porque perdía mucha agua por el camino.

Amo, ya no quiero que me lleves más a por agua, quiero que me cambies por una vasija nueva -le volvió a decir la vasija agrietada al aguador.

No te preocupes vasija, no pasa nada, yo estoy contento así -le volvió a contestar.

Sí, quizás tú estés contento así, pero yo no, me siento inútil, mi compañera es capaz de hacer bien su trabajo, sin embargo, yo no -insistió la vasija agrietada.

De verdad ¿crees que eres inútil vasija? -le preguntó el aguador.

¡Pues claro! Si todos los días me llenas en el pozo y luego llego casi vacía -contestó triste.

Bien, entonces, hoy ya no transportaremos más agua. Vas a venir conmigo a dar un paseo y te enseñaré algo que te va a sorprender mucho -le dijo.

La vasija se quedó intrigada. ¿Qué sería aquello que el amo le tenía que enseñar?

El aguador posó el palo y la otra vasija y cogió solo la vasija agrietada.

Ven, iremos por el camino que hacemos cada día para transportar el agua -le dijo-.

¡Dime! ¿En qué lado de mi espalda vas tú vasija? -le preguntó.

Voy en el lado izquierdo amo -dijo.

Entonces quiero que mires al lado izquierdo del camino. ¿Qué es lo que ves? -le preguntó el aguador.

Veo… rosas, margaritas, amapolas… ¡Ah! y ahí hay fresas y frambuesas, allí hay tomates y pimientos y aquí… hierbabuena, perejil y albahaca -contestó la vasija sin entender qué tenía aquello que ver con sus grietas.

Verás, desde que empezaste a agrietarte y a perder agua, decidí poner semillas en tu lado del camino, para que, aprovechando el agua que pierdes, crecieran bonitas flores que me hacen más agradable el trabajo de cada día y ricos frutos que podemos comer, no solo yo, sino todos los vecinos del pueblo -explicó ante la sorprendida vasija-. Así que…

“si aún crees que eres inútil

y no sirves para nada,

te advierto vieja amiga,

que estás muy equivocada”.

 

Desde entonces, la vasija se miraba orgullosa las grietas. Se había dado cuenta de que, bueno, quizás no servía para transportar agua, pero servía para regar la tierra y gracias a su defecto, los vecinos del pueblo tenían flores y ricos frutos por todo el camino.

Ojalá todos aprendamos a querernos con nuestras propias grietas y en lugar de lamentarnos por nuestros defectos, aprendamos a sacar provecho de ellos, igual que la vasija aprendió lo valiosa que era, precisamente, por sus grietas.

Y colorín colorado este cuento se ha acabado.

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