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Los siete cabritillos

Os acordáis de aquella historia en la que un malvado lobo 🐺 quería comerse a siete 7️⃣ sabrosos cabritillos 🐐🐐? 😮 La verdad es que yo no recuerdo si al final consiguió comérselos o no 🤔. Vamos a descubrirlo 😉.

LOS SIETE CABRITILLOS

En una bonita cabaña en el bosque vivía la familia Cabra. Mama y Papá cabra tenían siete preciosos hijitos, siete lindos cabritillos blancos como la nieve. Tito era el mayor, le seguían Mati, Clarita, Totó, Nino, Lolito y el más chiquitín, que se llamaba Copito. Vivían muy felices en el bosque, donde todos los días salían a jugar en la hierba y entre los árboles.

Una mañana, Papá cabra salió temprano. Necesitaban leña para calentarse.

Mamá cabra -dijo- voy al bosque a ver si consigo suficiente leña, que luego comenzará a nevar y no podremos salir de nuestra cabaña, debemos estar preparados para el duro invierno. Niños, sed obedientes y portaos bien con mamá, regresaré por la tarde -dijo mientras salía.

No te preocupes, vete tranquilo -le contestó Mamá cabra-. Aquí te esperaremos a que vuelvas.

Mamá cabra y los siete cabritillos desayunaron un rico bol de hierba fresca.

¡Oh! -exclamó Mamá cabra- parece que nos hemos comido toda la hierba que quedaba. Y tampoco nos queda alfalfa, ni maíz, ni manzanas… -dijo-. Creo que tendré que ir a hacer la compra. Así que cogió las bolsas para ir a comprar todo lo que necesitaban.

Hijitos, voy a salir a comprar, no tardaré mucho, pero mientras yo estoy fuera no abráis la puerta a nadie y no salgáis de casa -le dijo a los pequeños cabritillos.

Pero ¿no podemos salir a jugar un poco? -preguntó Tito, el hermano mayor.

No, hasta que yo no regrese no podéis salir, ni abrir la puerta -dijo muy seria-, hay muchos peligros ahí fuera y si no estamos, ni papá ni yo, no podéis salir solos.

Está bien -dijo Clarita-, no saldremos ni abriremos a nadie, esperaremos a que vuelvas.

Y todos los hermanos estuvieron de acuerdo en que se quedarían jugando dentro de casa.

Mamá cabra se marchó.

El Lobo, que llevaba días rondando la cabaña de la familia cabra, había estado observando escondido detrás de un árbol y había visto salir a Papá y a Mamá cabra.

Ummmmmmm, parece que los papás cabra se han ido y los pequeños cabritillos están solitos en casa, je je je. Ésta es mi oportunidad para darme un buen festín de cabritillo -dijo-. Allá voy, esto va a ser coser y cantar.

Así que se acercó a la cabaña y llamó a la puerta. ¡Toc toc!

¿Quién es? -preguntaron.

Soy mamá, que vuelvo porque se me ha olvidado el monedero para comprar, abrirme enseguida, necesito cogerlo que se me hace tarde -contestó el Lobo al otro lado de la puerta.

¡No, tú no eres nuestra mamá! -dijeron-. Tienes la voz muy ronca, nuestra mamá tiene la voz muy fina y suave, todas las noches nos canta bonitas nanas para dormir con su dulce voz.

¡Grrrrrrrrrrrr! -gruño el Lobo-, estos cabritillos son más listos de lo que creía, tendré que pensar un plan para engañarlos -dijo-. ¡Ajá, ya sé! Iré a la granja, robaré algunos huevos y me los comeré, que dicen que así se afina la voz.

Y así lo hizo. Cogió seis huevos y se los comió.

La, la, la, la, la -calentó la voz-. ¡Sí! Mucho mejor así, ahora sí que parezco una mamá cabra, jejeje -dijo.

Y volvió a la cabaña de nuevo. ¡Toc toc! llamó.

¿Quién es? -preguntaron los cabritillos.

Soy mamá, que ya vuelvo de la compra, os traigo brotes tiernos y un rico maíz para hacer palomitas para la merienda -dijo el Lobo con su fina voz.

¡Sí, es nuestra mamá, es nuestra mamá!, abramos la puerta enseguida -dijeron los cabritillos.

¡Bien! ya les he engañado -dijo el Lobo mientras se frotaba las pezuñas.

Esperad, esperad -dijeron Tito y Mati, que eran los hermanos mayores-, debemos estar seguros, no podemos fiarnos tan fácilmente, recordad lo que nos dijo mamá. Le pediremos que nos enseñe una patita por debajo de la puerta, así veremos si de verdad es mamá o no.

Enséñanos una patita por debajo de la puerta -le dijeron.

¿Eh? -el Lobo se quedó sorprendido-. ¡Aarrggggg! -gruñó- vale, vale os la enseñaré.

Pero cuando el Lobo metió la pezuña por debajo la puerta, era negra y muy peluda.

¡Nooooooo, tú no eres nuestra mamá! -gritaron-. Nuestra mamá tiene las patitas muy suaves y blancas como la nieve, y eso es una pezuña negra, peluda y muy áspera. Tú eres el lobo malo y feo ¡vete de aquí! -le gritaron.

¡Arrrrrrrgggggggggg! -el Lobo estaba ya muy enfadado, tenía hambre y no tenía ganas de tonterías, quería coger a los cabritillos de una vez.

A ver qué hago, estos pequeñajos no son nada tontos, no se les engaña tan fácilmente, pero yo soy más listo que ellos, no se me van a escapar -dijo. Y pensó un nuevo plan.

Ya lo tengo, iré al molino y meteré la pezuña en un saco de harina, así cuando me digan que enseñe la patita por debajo de la puerta, la tendré blanca y suave como la mamá cabra. Jejeje, esta vez conseguiré engañarles -dijo.

Con la pezuña llena de harina se dirigió de nuevo a la cabaña de la familia cabra.

¡Toc toc! llamó.

¿Quién es? -preguntaron los cabritillos.

Soy mamá, abrirme la puerta, que vengo muy cargada con las bolsas de la compra y estoy muy cansada, tengo ganas de entrar en casa para beber un poco de agua y sentarme un ratito a descansar -dijo el Lobo.

Los cabritillos se miraron unos a otros.

Enséñanos una patita por debajo de la puerta -le dijeron de nuevo.

El Lobo metió la pezuña por debajo de la puerta con cuidado, para que la harina no se cayera. Cuando los cabritillos vieron la pezuña blanca y suave se pusieron muy contentos, tanto que no se dieron cuenta del engaño.

¡Sí, esta vez sí que es nuestra mamá! ¡Mamá, mamá! que bien que hayas vuelto, abriremos la puerta enseguida -dijeron.

Pero al abrir la puerta, no estaba mamá sino… ¡¡¡¡EL LOBO!!!!

¡¡¡AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA!!! -gritaron todos.

El Lobo entró. ¡Aarrrgggggggg! ¡ya sois míos! ¡os voy a comer a todos! -gruñó mientras intentaba cazarlos.

Los cabritillos corrían de acá para allá por la casa, mientras el Lobo los iba cogiendo uno a uno y echándolos en un saco.

A ver ¿cuántos tengo en el saco? Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis… Ummmm, me falta uno, ¡aggggggggg! Miró por todas partes, pero no encontró al cabritillo que faltaba.

¡Bah! el que falta es el más pequeño, además está muy flaco, da igual, con los otros seis ya voy bien servido, tendré comida para una temporada -dijo.

Y se marchó corriendo con el saco a cuestas.

Al cabo de un ratito, llegó Mamá cabra.

¡Niños, niñas, ya estoy en casa! -dijo.

Pero cuando llegó, vio la puerta de la cabaña abierta y todo revuelto.

Pero ¿qué ha pasado aquí? -dijo asustada-. ¡Niños, niñas! ¿dónde estáis? -gritó.

Entonces, Copito, que era el más chiquitín, salió de su escondite. Como era tan pequeño, se había metido en la cajita del reloj, por eso el Lobo no pudo encontrarlo.

Mamá, el Lobo nos engañó y se ha llevado a todos mis hermanitos -dijo Copito llorando. Y le contó a Mamá cabra todo lo que había sucedido.

No te preocupes, Copito, iremos a rescatar a todos tus hermanos y le daremos un escarmiento a ese lobo malo -dijo Mamá cabra-. Vamos a buscar a Papá cabra y entre los tres prepararemos un plan.

Mientras, el Lobo se había llevado a todos los cabritillos a su casa. Los metió en una jaula, con unos barrotes muy gruesos, para que no pudieran escapar.

¿Qué creíais, que no os iba a coger? No hay nadie más listo que yo. Os quedaréis ahí y os iré cocinando uno a uno ¡Ja ja ja ja! -reía el malvado Lobo-. A ti, que estás más flaco, te haré con arroz y zanahorias. A ti, que estás muy gordito, te haré asado. Y a los demás os haré con patatas y verduritas ¡ñam, ñam! Ya se me hace la boca agua.

Los pobres cabritillos estaban muy asustados.

¡Qué haremos? No podremos escapar, mirad qué barrotes ¡Nos va a comer a todos! -decía Mati.

Antes de preparar la cena voy a echarme un rato a dormir, porque, después de lo que me ha costado cogeros, estoy muy cansado. Luego decidiré a cuál de vosotros me como primero -dijo el Lobo bostezando-. Y se fue a dormir.

Mamá, Papá cabra y Copito ya habían pensado la manera de rescatar a los demás cabritillos.

Papá cabra, coge un cubo lleno de miel, un saco de piedras y otro de harina -dijo Mamá cabra.

Cuando todo estuvo preparado, se fueron a la casa del Lobo. La encontraron enseguida, siguiendo el rastro de harina que el lobo había dejado a su paso.

Cuando llegaron, vieron a los cabritillos encerrados y al Lobo durmiendo a pierna suelta, soñando con el festín que se iba a dar.

Shhhhhhhhhhhhhh -dijo Papá cabra mientras entraban-, no hagáis ruido, shhhhhhhh.

Copito, como era tan chiquitín, se metió entre las mantas y le quitó la llave al Lobo. Así abrieron la puerta de la jaula, para que todos los cabritillos salieran.

Shhhhhhhhhhhhh, en silencio -susurraba Mamá cabra.

Cuando todos estuvieron fuera, Papá cabra esparció la harina y las piedras por el suelo y colocó el cubo de miel encima de la puerta. Todos salieron corriendo hacia su cabaña del bosque, dejando al Lobo durmiendo y sin enterarse de nada.

El Lobo, por fin, se despertó.

¡Arrrgggggg, qué hambre tengo! Voy a coger a uno de los cabritillos para hacer la cena, creo que esta noche me comeré el más gordito asado -dijo-, voy a cogerlo.

Pero al abrir la puerta, el cubo de miel se le cayó encima. Pero ¿qué es esta cosa pegajosa? -gruñó.

Entonces, tropezó en las piedras y fue a caer encima de la harina que Papá cabra había esparcido por todo el suelo.

Se levantó lleno de harina, blanco desde las pezuñas hasta la punta de las orejas. Como no veía nada, fue chocándose con las paredes, puertas y todo lo que encontró por medio y acabó saliendo de su casa con aquella facha.

Los demás lobos que por allí andaban, lo vieron.

Eh, mirad, pero qué cabra tan grande, menudas patas tiene y qué gorda está, con esa cabra tenemos para darnos una buena comilona entre todos -dijeron. Y salieron corriendo tras él.

¡Nooooo! -gritaba el Lobo- ¡que soy un lobo como vosotros, dejad que os explique!

Sí claro ¡Ja ja ja! -rieron-. ¿Dónde se ha visto un lobo blanco como la nieve y suave como la harina? -contestaron enseñando los dientes.

Así que el Lobo no tuvo más remedio que correr y correr para escapar de sus propios amigos, que le confundieron con una apetecible cabra.

Al fin, lo cazaron. Pero, cuando fueron a hincarle el diente, vieron que decía la verdad, porque se llenaron el hocico de harina y encima estaba más duro que una piedra. Todos se quedaron con cara de bobos y sin cenar.

La familia cabra celebró en su cabaña que su plan había salido bien y todos estaban a salvo. Desde entonces, tuvieron mucho más cuidado con los peligros del bosque y los cabritillos aprendieron que nunca debemos fiarnos de las apariencias.

Y colorín colorado este cuento se ha acabado.

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