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Los tres cerditos

Seguro que alguna vez habéis hecho las tareas del cole muy deprisa para ir a jugar… hoy os voy a contar lo que les pasó a nuestros amigos los cerditos por ser un poco perezosos😴…

LOS TRES CERDITOS

Había una vez tres cerditos. Eran hermanos y vivían en el bosque. Se llamaban Mayor, Mediano y Pequeño.

Un día, Mayor dijo:

«Creo que deberíamos construir una casa para vivir, donde protegernos del frío y la lluvia y de todos los peligros del bosque».

—¡Sí! —dijo Mediano—. Nos construiremos una casa con una habitación para cada uno, la cocina, la chimenea, un salón para el sofá y la tele…

—No, no —dijo Mayor—, cada uno construirá su propia casa, así, aunque estemos cerca, cada uno vivirá en su casita, a su modo. Ya somos mayores y debemos tener nuestra propia casa.

Sí, es una estupenda idea —dijo Pequeño—, así no os quejaréis cuando me ponga a tocar la flauta. Yo me voy ahora mismo a construir mi casita.

—Vale, pues yo también me voy —dijo Mediano.

—¡Venga! Pues cada uno a su tarea —dijo Mayor.

Pequeño construyó una casa de paja. En cuestión de media hora, ya tenía su casita preparada.

—Fliu fliu fliu fliuuuuuuu —silbaba contento—. ¡Qué bien me ha quedado mi casa!, además la he hecho en un pispás —dijo—. Voy a tumbarme aquí un ratito a descansar, debajo de este árbol, mientras toco un poco la flauta. Le encantaba tocar la flauta.

Mediano construyó su casa de madera. Le dio un poquito más de trabajo, porque tuvo que cortar las maderas, colocarlas, clavarlas… aun así, en un par de horas ya tenía su casa preparada.

—Bueno, bueno —dijo Mediano— pues esto está casi listo. Estoy muy cansado, pero me está quedando una casa fantástica.

Entonces llegó Pequeño.

—Hola Mediano. ¿Qué tal? Ya has terminado tu casa —le preguntó.

—Sí, sí, ya casi he terminado, solo me falta colocar este tablón en el tejado y ya está. Mira qué bonita me ha quedado —dijo—. Ahora para relajarme voy a escuchar un poco de música y a bailar un rato. ¿Y tú? ¿Ya has terminado tu casa? —le preguntó.

—Uy sí, ya hace mucho que terminé, me he construido una estupenda casa de paja, ya llevo un buen rato tumbado a la sombra tocando la flauta —contestó Pequeño.

—Vaya, pues sí que has terminado rápido. Yo he tardado un poco más, he estado casi dos horas haciendo mi casa —dijo Mediano.

—Bueno, pero ya hemos terminado los dos, así que vamos a divertirnos un rato —le dijo Pequeño.

Los dos hermanos estaban divirtiéndose, cantando, bailando, mientras veían a su hermano Mayor, trabajando y trabajando para construir su casa. Haciendo cemento, poniendo ladrillos, un ladrillo, otro ladrillo…

—Mira nuestro hermano mayor, cómo trabaja, ¡pero qué lento! Ja, ja, ja —decía Pequeño partido de la risa.

—Pero, ¿qué haces Mayor? ¿Cómo es que tardas tanto en hacer tu casa? Nosotros ya hemos terminado hace rato —dijo Mediano.

—Es que no sabe, no sabe, por eso va tan lento. ¡Ay, pero qué tonto! qué tonto eres Mayor. Termina ya de una vez hombre y ven con nosotros a divertirte, nosotros ya hemos terminado hace mucho rato —dijo Pequeño.

Se reían mientras Mayor trabajaba muy duro, poniendo puertas, ventanas, un tejado muy alto y muy fuerte, una chimenea…

—¿Que ya habéis terminado hace rato? —contestó Mayor sorprendido—, pues habrá que ver qué casas habéis construido. No se puede hacer una casa tan rápido.

—Bueno, eso serás tú, porque no sabes, porque yo me he construido una casa de paja genial ¿verdad Mediano? —dijo Pequeño.

—Sí, y yo me he construido una casa de madera muy fuerte —dijo Mediano.

Bueno, bueno, habrá que verlas —dijo Mayor preocupado.

Mayor siguió trabajando mientras que Mediano y Pequeño se divertían. Por fin, terminó su casa, pero tardó cuatro días en construirla.

Así que ya, cada uno se fue a vivir a su casita. El hermano Pequeño a su casita de paja, el hermano Mediano a su casita de madera y el hermano Mayor a su casita de ladrillos.

Todos vivían felices, hasta que un buen día apareció el Lobo merodeando por el bosque.

—Qué hambre tengo, hoy no he comido en todo el día, me han dicho que por aquí hay tres cerditos muy jugosos. A ver si los veo y me los como, porque estoy que me muero de hambre —dijo.

Decidió observar a ver si los encontraba. Escondido entre los árboles, descubrió las tres casitas y vio a los tres cerditos.

—Ummmm, qué buena pinta tienen —ya se le hacía la boca agua.

—Empezaré por el más pequeño, que parece el más tiernecito         —pensó—. Le voy a llamar a la puerta y le diré que me abra, que le quiero vender… un libro, jeje, y cuando abra… ¡ñam ñam! ¡Me lo comeré!

Así que, el Lobo llamó a la puerta.

¡¡Toc toc!!

—¿Quién es? —preguntó el cerdito Pequeño.

—Ábreme la puerta, que vengo a venderte un libro –dijo el Lobo.

—¡No, no, no! Tú no vienes a venderme ningún libro, tú lo que quieres es comerme, porque eres el lobo feroz, qué crees, ¿que no te he conocido la voz? —dijo Pequeño.

—¡Ábreme la puerta! — le dijo el Lobo enfadado.

—¡No, no y no! No te voy a abrir la puerta —gritó Pequeño desde dentro de su casa de paja.

—Pues si no me abres la puerta, soplaré y soplaré y tu casa tiraré —gruñó el Lobo.

—Bah, sopla todo lo que quieras, si yo me he hecho una casa de paja, que no la tira ni un vendaval —contestó Pequeño confiado.

Entonces el Lobo, empezó a soplar.

FlUUUUUUUU

Y a poco que sopló la casa…

¡ploffff!

¡Se cayó al suelo!

El cerdito Pequeño se quedó metido en la cama pero ¡sin casa! El Lobo le miró y le dijo:

«Qué, ¿qué decías?»

«¡Ahora te voy a comeeeeerrrrr!»

Pequeño salió corriendo y gritando.

«¡Aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa!»

Y el Lobo salió tras él.

Pequeño corría a toda velocidad hacia la casa de su hermano Mediano, que se había construido una casa mucho más fuerte, porque era de madera.

—¡Ayyyy, hermano, ábreme la puerta enseguida que viene el Loboooo! —gritó.

Mediano abrió la puerta y le dejó pasar.

—Pe, pe, pero ¿qué pasa? —preguntó Mediano.

«¡Que viene el Lobo, que viene el Lobo!»

«¿Pero no estabas en tu casa?»

«¡Sí, pero el Lobo ha soplado y ha soplado y la ha tirado!»

«Bueno, no te preocupes hermano, que aquí estamos seguros, mi casa es mucho más fuerte, yo la he hecho de madera, tardé dos horas en hacerla, no como tú que la hiciste en media hora».

«Ay, menos mal hermano, menos mal, que si no llega a ser por ti me come».

En esto llegó el Lobo y llamó a la puerta.

¡¡Toc toc!!

—¿Quién es? –preguntó Mediano.

—Abridme la puerta, que vengo a… venderos una bicicleta para que hagáis ejercicio, que estáis muy gorditos —dijo el Lobo, tratando de engañarlos.

—¡No! —gritó Pequeño-, ¡tú no vienes a vendernos una bicicleta, tú lo que quieres es comernos, que venías corriendo detrás de mí!

—Desde luego, qué difíciles se ponen las cosas para cenar, cada vez es más complicado —dijo el Lobo con fastidio. Así que enfadado les dijo:

«¡¡¡¡Abridme la puerta!!!!»

—No, no, no. No te vamos a abrir la puerta de ninguna de las maneras, ya te puedes ir por donde has venido —dijo Mediano.

¡Grrrrrrrrr, pues soplaré y soplaré y vuestra casa tiraré! –dijo el Lobo furioso.

—¡Puedes soplar todo lo que quieras, porque mi casa es de madera y tú no la vas a tirar! pues anda que… que tardé dos horas en hacerla —le contestó Mediano.

¡Veremos a ver! –dijo el lobo.

Y empezó a soplar.

FlUUUUUUU

Y sopló y sopló…

FlUUUUUUUUUUU

…esta vez le costó un poco más…

FlUUUUUUUUUUUUUUUU

…pero sopló y sopló y al final la casa…

¡plofffffffffffff!

¡Se cayó!

Los dos cerditos se quedaron al aire otra vez, ¡sin casa!

—Pero ¿no decías que tu casa era muy fuerte? —dijo Pequeño.

—Pues eso pensaba yo, pero…. ¡ayyyyyy, vámonos a la casa de nuestro hermano Mayor! —gritó Mediano.

Y los dos cerditos salieron corriendo, corriendo. El Lobo iba detrás.

«¡¡¡Os voy a comer, os voy a comer!!!!

«¡Argggg, ñam ñam!»

«¡Qué gorditos estáis! ¡Qué gorditos!»

«¡Me voy a poner las botas!»

Llegaron a casa del cerdito Mayor.

—¡Hermano, ábrenos la puerta, que viene el Lobo! —gritó Mediano. —¡¡¡Abre enseguida, que nos quiere comer!!! —exclamó Pequeño.

Mayor abrió la puerta y entraron los dos cerditos. Allí estaban los tres a salvo, por fin.

—Si es que ya os lo dije —les regañaba Mayor—, que habéis hecho unas casas que no valen, de paja, de madera… Menos mal que yo he hecho una casa de ladrillos, ya puede soplar el Lobo todo lo que quiera, que no la va a tirar.

El Lobo llegó.

—Desde luego, ahora sí que tengo hambre, con tanto ejercicio que estoy haciendo, que llevo dos horas para poder cazar un cerdito —dijo el lobo con fastidio.

Así que, llamó a la puerta de la casa de ladrillos.

¡Toc toc!

—¿Quién es? —contestó el cerdito Mayor.

—Ábreme, que vengo a venderte… una flauta, que sé que te gusta mucho la música y que quieres aprender a tocar —dijo el Lobo.

—¡No, yo no quiero aprender a tocar y no me gusta nada la música! —dijo Mayor—. Además, tú no eres ningún vendedor de flautas, eres el Lobo, sé que venías detrás de mis hermanos. ¿Qué te crees, que soy tonto? ¡Vete de aquí, que no nos vas a comer!

—¿Que no os voy a comer?, eso que te lo has creído tú. ¡Abridme la puerta ahora mismo! —dijo el Lobo rabioso.

—¡No, no, no! —dijo Mayor.

—¡No, no, no! —dijo Mediano.

—No, no, no! —dijo Pequeño—, no te vamos a abrir la puerta, así que vete, ¡vete ya de una vez, lobo ansioso!

—Pues si no me abrís la puerta, ¡soplaré y soplaré y vuestra casa tiraré! —volvió a decir el Lobo.

Entonces empezó a soplar.

FIUUUUUUUUU

Y sopló…

FIUUUUUUUUUUUU

Y sopló…

FIUUUUUUUUUUUUUUUU

Y sopló…

FIUUUUUUUUUUUUUUUUUUUU

FIUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUU

Y sopló y sopló, hasta que se quedó encogido y sin fuerzas de tanto soplar, pero no hubo forma de tirar la casa.

Es que, era una casa de ladrillos. El cerdito Mayor había trabajado mucho, había tardado cuatro días en construirla.

Así que, el Lobo tuvo que pensar otra estrategia.

—Subiré al tejado y bajaré por la chimenea, entraré sin que se den cuenta y les pillaré por sorpresa. Entonces, ¡me los comeré a todos! ¡Ja, ja, ja! —pensó el malvado lobo.

Y así lo hizo, subió al tejado para bajar por la chimenea. Pero el cerdito Mayor se dio cuenta de lo que planeaba el Lobo. Por eso, encendió el fuego y colocó encima una olla grande de agua.

—Ahora solo queda esperar a que ese lobo bobo baje —dijo.

Cuando el Lobo llegó abajo se cayó dentro de la olla de agua hirviendo y se quemó toda la cola y el culete, ¡salió disparado chimenea arriba!

Los tres cerditos estaban dentro de la casa tronchados de la risa, viendo como el Lobo huía despavorido por el camino, con toda la cola quemada y echando humo….

¡¡¡¡Arrrrggggggg!!!! Al final no he podido atrapar a los cerditos, pero volveré y volveré y no sé si soplaré, pero lo que sí sé seguro es… ¡que os comeré! –dijo muy enfadado mientras corría.

Pero por esta vez, el Lobo salió escaldado, corriendo y sin cenar cerdito.

—¿Habéis visto? No se pueden hacer las cosas tan deprisa, hay que hacer las cosas bien y despacito, y hay que poner esfuerzo en lo que hacemos, porque si no, no sirve para nada —les dijo el cerdito Mayor a sus hermanos—. Al final, vais a tener que volver a construir vuestras casas de nuevo. Todo ese trabajo pequeño que habéis hecho, fue pequeño, pero no sirvió para nada.

¿El Lobo? Pues nunca más se supo de él, la verdad es que no volvió. Dicen por ahí que se hizo vegetariano, porque es más fácil coger zanahorias que cazar cerditos.

Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

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