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Mi pelo es una montaña rusa

Astrid es una niña muy guapa y muy simpática 👧, pero tiene un enorme problema… Al hacerse mayor ¡se le ha puesto el pelo rizado! ➿ Y eso le complica mucho las cosas 😟. Encima, su hermana mayor no hace más que meterse con sus rizos 😠. No sabe qué hacer, pero quizás descubra que, después de todo, no es tan malo tener un precioso pelo rizado ☺️. Y tú ¿cómo tienes el pelo?

MI PELO ES UNA MONTAÑA RUSA

Mi nombre es Astrid y todo este peñazo de historia empezó cuando yo nací.

Yo era una niña muy guapetona, con los ojos grisáceos y pelo liso, como mi hermana mayor.

Mi hermana mayor se llama Sofía. Tiene los ojos castaños y el pelo liso y, lo más importante, es idiota. No para de molestarme y ponerme apodos, que si “niña repollo”, que si “niña nido”. ¡Bah!

Ah, bueno, es que hay algo que todavía no os he contado. Cuando era pequeña era muy guapa, pero al crecer ¡pasó una cosa terrible!

¡Se me pusieron los ojos verdes!

Bueno, eso no está tan mal, pero es que…

¡se me rizó el pelo!

¡Fue lo peor que podía pasar, porque la idiota de mi hermana no para de burlarse de mí!

Mamá dice que ella lo hace en plan broma, pero yo no lo creo, además a mí no me hace ninguna gracia.

Al menos tengo a mi hermano Héctor, que me defiende, aunque físicamente es idéntico a mi hermana y eso no ayuda mucho. También tiene un precioso pelo moreno y ¡liso! Lo único que le diferencia de Sofía es, que ella es idiota y él no.

Cuando voy por la calle viendo a todo el mundo con el pelo liso y perfecto, me da una envidia…

A veces veo gente con el pelo rizado, que se lo ha hecho en la peluquería… Pero ¿qué clase de persona se hace eso en la cabeza?

Si vienen las amigas de Sofía a casa, no paran de molestar y de hacer comentarios…

«¡Qué pelo tan bonito! Parece una montaña rusa».

Cuando salgo a pasear a mi perrita, todo el mundo me mira a la cabeza. Todos sonríen y los más atrevidos, me dicen alguna cosa “graciosa” que hace que me ponga como un tomate. La verdad, no me gusta nada estar a cada rato escuchando:

«Qué guay es tu pelo, qué rizos tan bonitos».

«Oh, pero que mona, pareces una muñequita con ese pelo tan divertido».

«Vaya caracoles tienes, ¿comen mucho?».

«¿Hoy has comido repollo? Porque se te ha subido a la cabeza».

***

Cuando vamos a la peluquería, ninguna peluquera quiere que le toque conmigo. Todas prefieren a mi hermana. Entonces lo echan a suertes…

«Piedra, papel o tijera».

La suerte está echada, ahora ya solo me queda escuchar durante todo el rato:

«Qué pelo tan bonito, pero qué trabajo da. ¡Vaya nudos traes! ¿Te lo desenredas en casa, bonita?»

Encima, cuando le preguntan a mamá, que cómo me lo cortan, ella dice que “como una bolita” y ya está mi hermana desde la otra punta de la peluquería, partiéndose de risa y repitiendo… “bolita, bolita, bolita”…

En la “guarde” siempre me sentaban detrás del todo, en la “últimimimísima” fila, para que los demás niños pudieran ver bien la pizarra. Mi cabeza absorbía todo tipo de líquidos, témpera, pegamento, potitos… Pero lo peor llegaba a la hora de la salida, cuando los papás de mis amigos venían a recogerlos…

«Astrid, pero qué pelazo tienes, mmmmmmm», y me estrujaban el pelo como si fuera un “fidget toy”.

Entonces un día sucedió algo que desató el pánico en mi casa.

***

Cuando la “profe” entró en clase, no paraba de rascarse la cabeza y nos dio un papel a todos en el que había un montón de letras. Yo no entendía nada de lo que ponía. En cuanto llegué a casa se lo di a mamá y cuando lo leyó…

¡Aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa!

¡Dio un grito…!

¡Hay piojos en tu clase!

Me cogió en brazos y me llevó al baño corriendo. Con una lupa… mamá empezó a mirar entre el pelo.

Mientras me miraba yo no podía parar de imaginarme a un montón de bichitos pasándoselo pipa, lanzándose por mis rizos como si estuvieran montados en una montaña rusa.

¡Ja, ja, ja!, por suerte no tenía piojos, pero habría sido muy gracioso.

Mamá decía que, con tanto pelo, no habrían encontrado por donde entrar.

***

A mis padres se les ocurrió la gran idea de apuntarme a gimnasia con mi hermano.

Él es un superdeportista, hace volteretas, anda haciendo el pino y hasta hace mortales. Eso sí, siempre lleva los pantalones rotos en las rodillas, y un día se la va a cargar.

Como podéis imaginar, mi primer día fue una catástrofe, mi pelo se iba enganchando a todos los cachivaches que había en la sala.

Cuando terminamos, el profe les dijo a mis padres que, por favor, el próximo día llevase el pelo recogido. Mamá puso cara de “oh oh”, porque ya lo había intentado, pero no había goma que resistiera.

Aun así, al día siguiente, fui a clase de gimnasia con una gran coleta en lo alto de la cabeza. Fue una dura batalla, papá contra mis rizos rebeldes. Pero papá fue el vencedor, y solo tuvo que usar cinco gomas de pelo y medio bote de gomina…

¡Y llegó el gran día de la competición! Participaríamos todos, habíamos preparado unos ejercicios chulísimos. Mi hermano Héctor consiguió dos medallas de oro y yo… casi…

Después de llegar hasta el final, se rompieron dos de las cinco gomas y se me soltó un rizo y me quedé enganchada en las anillas.

Bueno, me dieron un diploma de consolación. Yo no sabía leer, pero hasta la idiota de mi hermana me miraba con cara de pena.

***

¡Estaba harta! ¡Me quería cortar el pelo como mi padre…

¡quería cortármelo calva!

Pero todo cambió el día que cumplí tres años, dos meses y cuatros días, porque ese día empecé a ir al cole de mayores.

Yo no quería ir, fingí un fuerte dolor de tripa, supliqué a mamá una y otra vez. Se lo pedí a papá haciendo el pino, pero no hubo manera, allí estaba, la primera de la fila.

Cuando entré en clase, vi a mis nuevos compañeros. Todos sonreíamos y nos mirábamos unos a otros. Unos tenían los ojos azules, otros negros. Algunos eran rubios, otros pelirrojos, morenos… Unos éramos altos, otros bajos… Unos gorditos y otros flacos.

«Hola niños y niñas, buenos días, soy vuestra nueva profe, me llamo Eva».

¡Aaalaaa!

¡No me lo podía creer! Mi “profe” era guapa, alta, simpática, inteligente y, lo más flipante,

¡tenía el pelo como yo!

El cole iba a ser genial. Iba a estudiar un montón porque de mayor…

¡Quería ser como ella!

Y colorín colorado, este enredado cuento se ha desenredado.

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