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En un pequeño y tranquilo pueblo italiano vivía Geppeto, un humilde carpintero. Le gustaba crear toda clase de cosas con madera 🪵…un día pensó en tallar un títere con forma de niño 👦… pero no imaginaba que iba a crear algo sorprendente!!! 😲 Y que aquello que tanto soñó quizás podría hacerse realidad…😉

PINOCHO

Este cuento nos lleva hasta un pequeño y tranquilo pueblecito italiano. Entre árboles y colinas vivía Geppeto, un humilde carpintero. Pasaba el día tallando sillas, mesas y algún que otro juguete para los niños del pueblo. Le gustaba mucho crear cosas nuevas con la madera que encontraba en el bosque, pero muchas veces se sentía muy solo.

Por eso, un día se le ocurrió tallar una marioneta de madera con forma de niño, sería como un juguete especial que, de alguna manera, le haría compañía. Salió a buscar un buen leño que le sirviera y encontró uno perfecto, de pino, con color clarito y tacto suave.

Geppeto se fue a casa enseguida con su trozo de madera, estaba ansioso por comenzar su nueva creación.

Primero talló las piernecitas y los pies, con unos bonitos zapatos negros. Luego el tronco y después los brazos, con sus pequeñas manitas. Siguió con la cabeza, el pelo, las orejas, los ojos, la nariz y, por fin, la boca.

Ha quedado perfecto -dijo Geppeto-. Eres una marioneta preciosa. Le diré a la señora Julia que te cosa un bonito traje.

La señora Julia le hizo un lindo traje de pantalón azul, camisa roja y chaleco negro, con una pajarita blanca a juego con el gorro y los guantes.

Ahora sí que estás terminado -dijo Geppeto-. Te llamaré Pinocho.

Geppeto sentaba a Pinocho a la mesa como si fuera un niño de verdad. Hablaba con él y le contaba sus cosas. Eso hacía que se sintiera menos solo.

¡Ay mi querido Pinocho!, si pudieras hablarme tú también a mí… -le decía Geppeto, que siempre había soñado con tener un hijo.

Una noche Geppeto tuvo un sueño muy extraño. Soñó que un hada venía a su casa.

Geppeto, eres un hombre bueno y generoso, por eso mereces que te conceda aquello que más deseas… -le dijo el hada-. Cuando despiertes, tu querida marioneta de madera, Pinocho, habrá cobrado vida y será como un niño de verdad.

Cuando se despertó fue a coger a Pinocho como todas las mañanas, para sentarse con él a la mesa a desayunar y contarle aquel bonito sueño que había tenido. Pero cuando fue al baúl donde siempre dejaba a Pinocho… no estaba.

Mmmm, ¿donde lo habré dejado?- dijo-, ohhh, qué cabeza la mía, cada vez me hago más mayor. Quizás lo dejé sentado a la mesa anoche.

Estaba buscando y buscando cuando escuchó ruidos… Entre sorprendido y asustado fue a ver quién andaba trasteando en la cocina de su casa y lo que vio, le dejó sin habla.

¡Hola papá Geppeto! -dijo Pinocho-, estaba buscando en la cocina para preparar el desayuno, pero todo está tan alto que no llego. ¿Me acercas las tazas y la leche por favor?

Geppeto, que todos los días hablaba y hablaba con Pinocho, aunque éste nunca le contestaba, hoy, precisamente, ¡se había quedado mudo!

Ehhhh, holaaaa, ¿hay alguien ahí? -le dijo Pinocho-, ¿qué pasa, te ha comido la lengua el gato? Papá, dime algo… que hoy ya te puedo contestar.

Por fin Geppeto pudo articular palabra.

Pinocho, estás vivo, entonces lo de anoche no fue un sueño, ¡fue real!

¡Sí! -contestó Pinocho-, el hada me dijo que podría ser como un niño de verdad si me portaba bien. Así que, ¡voy a ser el mejor niño del mundo! Te ayudaré en el taller y en casa, a buscar madera para tallar tus muebles y también a lavar la ropa, a cocinar…

Geppeto lloraba de emoción. Aquello era increíble, nunca hubiera imaginado que fuera posible.

Noooo, mi pequeño Pinocho, tú eres un niño y, como tal, tendrás que hacer cosas de niño -le dijo-. Tendrás que ir a la escuela y estudiar mucho para hacerte un hombre de provecho. Y a la salida jugarás con los demás niños del pueblo, yo trabajaré para que puedas hacerlo.

Geppeto estuvo varios días sin dormir, trabajando mucho para conseguir el dinero que necesitaba para comprar los libros. Incluso vendió su abrigo para conseguir unas monedas más. Por fin pudo comprarlos y Pinocho comenzó a ir a la escuela.

¡La, la, la, la, la, la! -Pinocho iba cantando, con sus libros bajo el brazo, camino de la escuela. Cuando se encontró con Luigi el zorro y Pietro el gato.

¿Ya vas a la escuela Pinocho? -le dijo Luigi.

Sí, voy a estudiar mucho para hacerme un hombre de provecho -contestó Pinocho.

Eso está bien -dijo el gato Pietro-, pero la escuela es tan aburrida, es más divertido andar por ahí. ¿Verdad Luigi?

Síííí -contestó Luigi-, además hoy hay una divertidísima función de títeres en la plaza. Nosotros vamos a verla. Ven con nosotros Pinocho, ya irás a la escuela otro día. La escuela está todos los días, pero el teatro solo estará hoy -le insistió.

Eso es verdad, puedo ir mañana a la escuela. Voy con vosotros a ver los títeres -contestó Pinocho. Pero empezó a escuchar una vocecilla dando vueltas alrededor de sus orejas.

¿Qué haces? No vayas con ellos, vete a la escuela ahora mismo. Geppeto se ha esforzado mucho para conseguir tus libros, si ahora no vas se disgustará. Además, debes ir a la escuela para aprender….

¿Qué es esa voz? ¿quién eres tú? -preguntó Pinocho confundido.

Soy Pepito, el grillo, y apareceré cada vez que necesites escuchar a tu voz interior -contestó -, así que hazme caso a mí y no a estos dos pillos.

¡Déjame! ¿Dónde se ha visto un grillo que hable? -contestó Pinocho con fastidio.

Pues en el mismo lugar donde se ve a una marioneta de madera que se mueve y habla sola -le contestó Pepito Grillo enfadado.

Bah, me da igual lo que digas. Me voy con Luigi y Pietro a ver los títeres. Ya mañana iré a la escuela -le contestó Pinocho.

Como Pinocho no le quiso escuchar, Pepito Grillo desapareció.

Camino de la plaza se cruzó con la maestra, la señora Camelia.

Pinocho ¡venga! ¡que llegarás tarde a la escuela, hoy vamos a aprender muchas cosas! -le dijo.

Ay, maestra Camelia, hoy no podré ir a la escuela, me duele la garganta -dijo tosiendo-, tengo mucha tos -mintió Pinocho. Entonces notó que le crecía un trocito la nariz.

Uhhhh -dijo medio bizco intentando mirársela.

Vaya… parece grave, se te ha inflamado algo la nariz -le contestó la maestra Camelia asustada-. Vete enseguida a casa y métete en la cama, debes haberte resfriado.

Y así Pinocho se libró de la escuela. Llegaron a la plaza y empezó el espectáculo de títeres. Pinocho estaba tan entusiasmado que quiso participar, después de todo, él también era un títere como ellos, que además podía hablar y moverse solo, lo haría mucho mejor.

Estuvo un rato actuando con los demás títeres y el público se divirtió mucho con él. Por lo que el dueño del teatro, el señor Antonino, pensó que podría ganar mucho dinero con Pinocho en su equipo de títeres. Luigi el zorro y Pietro el gato se dieron cuenta y le dijeron que la marioneta era suya y que si le gustaba se la podían vender por un buen precio.

Así que llegaron a un acuerdo y el señor Antonino compró a Pinocho.

Cuando terminó la función y Pinocho quiso irse, el dueño del teatro lo agarró y lo metió en la caja con los demás títeres.

¡Pero tengo que volver a casa! -gritaba Pinocho llorando.

¡No, no, no! yo te he comprado, una buena saca de monedas he pagado por ti, así que ahora tendrás que trabajar para mí -le contestó el señor Antonino.

Pinocho lloraba y lloraba dentro de la caja, mientras alrededor de su cabeza revoloteaba Pepito Grillo muy enfadado y reprochándole que no le hubiera hecho caso.

Te lo dije, te lo dije, te lo dije, te lo dije… -le decía.

¡Vale, ya está bien, vete de una vez! -le gritó Pinocho.

De nuevo, como Pinocho no quería escucharle, Pepito Grillo desapareció.

Estuvo varios días viajando de acá para allá con el teatro, de actuación en actuación. No sabía cómo escapar del señor Antonino. Entonces se acordó de lo que había ocurrido cuando le mintió a la maestra Camelia.

Quizás si miento… -pensó Pinocho-. ¡Me gusta mucho la coliflor! -gritó. Y su nariz creció un poco más. ¡Alaaaaaa! -exclamó.

¡El mar es amarillo y el sol el azul! -dijo. Y su nariz creció otro trozo.

Cuando el señor Antonino vino a buscarlo para la siguiente función, la nariz de Pinocho era el doble de grande que antes.

Pero Pinocho ¿qué te ha pasado? -le preguntó sin poder apartar la vista de aquella gran nariz.

No lo sé, creo que estoy enfermo, cuando estornudo me crece la nariz -dijo Pinocho-. ¡Aaaaaatchisss! Y la nariz volvió a crecer, no por el estornudo, sino por la mentira que acababa de decir.

Y creo que es algo contagioso -volvió a mentir-. ¡Aaaaaatchisss! Y su nariz creció aún más.

Ohhhhhh, toma, toma las monedas que has ganado y vete, vete, no quiero que contagies a los demás títeres, ¡o a mi! -le dijo el señor Antonino.

Claro, me iré. Me gusta mucho trabajar en su espectáculo, me da mucha pena irme, pero no quisiera que todos enfermaran por mi culpa y todo se convirtiera en un problema de narices -le contestó Pinocho, mientras su nariz crecía y crecía por cada mentira que iba diciendo.

Pinocho se fue contento, había conseguido engañar al señor Antonino y gracias a eso había quedado libre. Pero cuando iba camino de casa volvió a toparse con Luigi y Pietro, el zorro y el gato que le habían engañado.

¡Pinocho!!! Pero ¿dónde vas? -le preguntó Luigi-. Hace varios días que no te vemos, ¿ya no vas a la escuela? ¿Y esa nariz? ¿Qué te ha pasado?

¡Vosotros me engañasteis! ¡Me vendisteis al señor Antonino! -les dijo enfadado-, menos mal que me ha dejado marchar. Y además me ha dado unas monedas, voy a llevárselas enseguida a mi papá Geppeto.

Oh no, pequeño amigo, ¿qué dices? ¿Cómo íbamos nosotros a hacer semejante cosa? -dijo Pietro-, ¿estás oyendo Luigi? nuestro amigo piensa cosas horribles de nosotros…

¡Buaaaaaaahhhhhhhhhhhhhhh! -dijo fingiendo que lloraba.

Entonces ¿no fuisteis vosotros? -preguntó Pinocho, que era tan inocente que se estaba creyendo la mentira.

Claro que no amigo ¿cómo crees? -le dijo Luigi-. Y para que veas que somos tus amigos vamos a ayudarte.

Pinocho los miró pensativo. ¿Ah sí? -dijo.

Sí, para que Geppeto se ponga aún más contento cuando te vea, en lugar de llevarle unas monedas, podrás llevarle un saco lleno -le dijo Pietro.

Pero ¿cómo? -preguntó Pinocho.

Ven con nosotros, conocemos un huerto mágico, donde si siembras una moneda sale un árbol lleno de ellas -le dijo Luigi.

¡Noooo! Pinocho, no confíes en ellos, vete con tus monedas a casa de Geppeto, dale un abrazo y un beso y vete a dormir para ir mañana a la escuela -le dijo Pepito Grillo revoloteando de nuevo.

Pero Pinocho volvió la cabeza y no le hizo ni caso y el grillo desapareció.

Fueron al huerto mágico y Pinocho sembró todas las monedas que llevaba.

Mañana estará el huerto lleno de árboles de monedas y podrás llevarle no uno, sino dos sacos de monedas a tu papá -le dijo Pietro.

A la mañana siguiente, cuando Pinocho despertó, no estaban ni Luigi ni Pietro, no habían crecido los árboles de monedas y no estaban las monedas que había enterrado la noche anterior.

¡Me han vuelto a engañar! -se lamentó Pinocho.

Te lo dije, te lo dije, te lo dije, te lo dije… -le repetía una y otra vez Pepito Grillo.

¡Ya lo sé, sé que me lo dijiste, no hace falta que me lo repitas tantas veces!, eres muy pesado ¿lo sabes? -le contestó enfadado. Y Pepito Grillo se fue y le dejó solo.

Desconsolado, triste y sin una sola moneda se encaminó a casa de Geppeto. ¿Qué le diría cuando llegara? Cuando le contase lo tonto que había sido, Geppeto se enfadaría mucho con él.

Iba pensando en eso, cuando vio venir por el camino un carromato, tirado por burros y lleno de niños y niñas.

¡Eh niño! ¿dónde vas? -le preguntó uno de ellos-. No pareces muy contento.

Voy a casa de mi papá, pero no puedo encontrar el camino, además no me he portado muy bien y cuando llegue, seguro que se enfadará conmigo -contestó Pinocho cabizbajo.

Pues no vayas, ven con nosotros, vamos a la Isla de los Juguetes. Allí se juega, se juega y se juega todo el tiempo -le dijo el niño-, no hay papás ni mamás regañones y no hay que ir a la escuela.

¿En serio? -dijo Pinocho con asombro.

Pepito Grillo pensó que era el momento de volver a aparecer… ¡Nooo Pinocho, por favor, escúchame por una vez! No te subas al carromato, vete a casa con Geppeto, él te quiere y te perdonará -le dijo.

¡Sube! yo me llamo Pimpín -le dijo el niño – ¿y tú?

Yo soy Pinocho -dijo mientras ya subía al carromato-. Pero no tengo ni una sola moneda, he perdido todo el dinero, no sé cómo, se me debió de caer ¿cómo pagaré la entrada? -mintió mientras su nariz volvía a crecer.

No hace falta dinero, es gratis -le contestó Pimpín. Y Pinocho se marchó.

No sé qué puedo hacer con Pinocho, no aprende, vuelve a cometer el mismo error una y otra vez…-dijo Pepito Grillo desesperado, mientras veía cómo Pinocho se alejaba camino de la Isla de los Juguetes.

Nada más llegar, todos los niños y niñas saltaron del carromato y comenzaron a jugar. Había toda clase de juguetes, allí pasaban todo el día y la noche jugando. Pasaron días y seguían jugando y jugando. Pero una mañana Pinocho se levantó raro, la cabeza le pesaba más de lo normal. Cuando vio a Pimpín…

¡Pim, pim, pim ,pim! -decía.

¡Pimpin! así me llamo -le contestó Pimpín.

¡No! Pimpín, tienes dos orejas… así, ¡¡¡como de burro!!! -le gritó asustado.

Pi, pi, pi, pi…. -contestó Pimpín.

¡No, de burro, de burro! -le decía Pinocho.

¡Pinocho! Que tú también, ¡¡¡tú también tienes dos orejas de burro!!!-le gritó.

¡Aaaaaaahhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh! -gritaron.

Salieron corriendo sin saber hacia dónde, querían salir de allí, pero las puertas estaban cerradas, no podían escapar.

Así que se sentaron en el suelo y empezaron a llorar desconsoladamente.

Pepito Grillo apareció de nuevo, pero antes de que pudiera decir nada, Pinocho empezó a gritar….

¡Te lo dije, te lo dije, te lo dije!… ya lo sé, sé que me lo dijiste -le dijo Pinocho-. Lo siento, sé que he sido un tonto y un desobediente, y ahora no podré volver a casa con papá Geppeto y ser un niño de verdad.

Les habían engañado, todos los niños que iban a la isla de los juguetes lo pasaban muy bien, jugando, sin ir a la escuela y sin obedecer a nadie, pero al poco tiempo terminaban convertidos en burros, que luego vendían. ¿Qué podía hacer? ¡Se convertiría en un burro para siempre!

Entonces apareció de nuevo el hada que le había dado vida.

Pinocho, has sido un niño muy desobediente, no solo has desobedecido a papá Geppeto, tampoco has escuchado a tu voz interior, que te advertía de todo lo que hacías mal -le dijo.

Ya lo sé, me merezco todo lo que me pasa, me merezco ser un burro para siempre -contestó Pinocho.

Nooo, nadie merece eso, solo necesitas aprender para no cometer de nuevo los mismos errores -le dijo el hada-. Te ayudaré a salir de aquí, pero debes prometerme que a partir de ahora serás bueno y obediente, irás a la escuela y ayudarás a papá Geppeto -le dijo-.

El hada hizo desaparecer la Isla de los Juguetes, para que no pudieran engañar a ningún niño más y devolvió a todos los niños que allí estaban a sus casas.

Pinocho también regresó a casa de papá Geppeto junto a su inseparable Pepito Grillo. Pero cuando llegó, Geppeto no estaba.

Pinocho vio a la señora Julia.

Sra. Julia ¿dónde está mi papá Geppeto? -le preguntó.

¡Oh, Pinocho! cuando desapareciste Geppeto se quedó tan triste… -le dijo-. Alguien le contó que habías partido hacia la Isla de los Juguetes, por eso vendió todo lo que tenía para comprar un bote e ir en tu busca.

Entonces tendremos que ir a buscarle nosotros ahora -dijo Pinocho.

Pinocho, el bote era azul con una gran ancla blanca en el centro, lo reconocerás fácilmente si lo ves -le dijo la señora Julia.

Mi tío tiene un barco velero, seguro que nos lo prestará para ir a buscar a Geppeto -dijo Pimpín.

De acuerdo, se lo pediremos -contestó Pinocho- pero no quiero que vengas, es peligroso y es algo que tengo que hacer solo.

Así que, subió al barquito del tío de Pimpín y partió en busca de Geppeto. Buscó durante varios días, pero no conseguía encontrarlo.

Hasta que, a lo lejos, vio un trozo de bote con un ancla blanca pintada, junto a una gran ballena que descansaba tranquila.

¡Es el bote de papá Geppeto! ¡Papá, papá, papá Geppeto!!! -gritó.

Muy a lo lejos escuchó… ¡Estoy aquí, Pinocho!

¿Papá? ¿Estás ahí? Pero ¿dónde? -preguntó.

¡Estoy aquí, aquí dentro, dentro de la gran ballena! -gritó Geppeto.

Pinocho se quedó horrorizado, la ballena se había tragado a Geppeto, pero ¿cómo iba a sacarlo de allí? Entonces la ballena abrió su “bocota” para bostezar y Pinocho, sin pensárselo dos veces, se metió dentro.

Papá, lo siento, he sido muy desobediente, pero el hada me ayudó y pude regresar a casa, y ahora tengo que ayudarte a salir de aquí -dijo Pinocho arrepentido.

¿Cómo podrían conseguirlo? A Pinocho se le ocurrió una idea.

Intentaré remar hacia la campanilla de la ballena y le haré cosquillas con la vela del barco, así le picará mucho la garganta y tendrá que toser, entonces nosotros saldremos a toda prisa. ¡Sube al barco! debemos estar preparados -le dijo a Geppeto.

Comenzó a remar hasta que llegó al final de la lengua de la ballena, que empezó a toser por el picor de garganta…

Tosió y tosió tan fuerte que el barco de vela, con Pinocho y Geppeto dentro, salió disparado.

¡Biennnnnn! ¡Estaban salvados! Y remaron y remaron para volver a casa.

Cuando ya estuvieron de regreso, Pinocho le contó a Geppeto todo lo que había pasado, cómo había mentido y todo lo que había hecho.

Papá, lo siento mucho, me he portado muy mal. El hada me dijo, que si me portaba bien podría ser un niño de verdad, pero no lo he hecho, así que, supongo que no puedo serlo -dijo Pinocho triste-. Además, mira qué pintas, con esta narizota y estas orejas de burro, no merezco ser tu hijo. Pero, aunque vuelva a ser un títere de madera inmóvil, quiero que sepas que te quiero -dijo llorando.

Pinocho, hijo, equivocarse es de humanos y lo importante es aprender de los errores para no volver a cometerlos -le dijo Geppeto.

En ese momento, apareció el hada.

Pinocho -le dijo- veo que estás arrepentido, así que te liberaré de esas orejas de burro y de esa enorme nariz. Pero, lo más importante, veo que hablas con el corazón, lo que significa que ya nunca más podrás volver a ser una simple marioneta de madera, porque tu corazoncito es de verdad. Por eso, a partir de este momento….

¡¡¡Te convertirás en un niño de carne y hueso!!!

Y así fue, Geppeto cogió a Pinocho entre sus brazos.

¡Ya no era de madera!

Geppeto era muy feliz y Pinocho… ¡Imaginaos! Eso sí, Pinocho nunca más volvió a mentir, por si acaso… le crecía la nariz.

Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

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