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¡Qué Nochebuena tan complicada!

A veces, aunque tenemos todo preparado para un momento especial, surgen cosas inesperadas que lo complican todo. 😫⏰ A Papá Noel, esta Nochebuena, se le va a complicar un poco… ¿conseguirá repartir todos los regalos? 🎅🎁 ¡Vamos a descubrirlo! 🤞✨

¡QUÉ NOCHEBUENA TAN COMPLICADA

¡Todo estaba listo! Los elfos habían estado trabajando muy duro las últimas semanas. Este año, habían recibido muchas cartas. Además, había más niños y niñas que nunca… ¡que habían sido buenos! Por eso, habían tenido mucho trabajo para llegar a tiempo y tener todo preparado para Nochebuena.

Pero…

¡LO HABÍAN CONSEGUIDO!

Después de haberse comido su buena ración de avena y manzanas, Rodolfo y todos los demás renos se colocaron en sus puestos.

Los elfos cargaron el gran saco lleno de regalos en el trineo, mientras Papá Noel, también se preparaba para la larga noche de trabajo que le esperaba.

—Mmmmmm, Mamá Noel, sigues haciendo un chocolate riquísimo —dijo Papá Noel—. Y cada año, te salen mejor las galletas de jengibre…

¡HO HO HO!

—Sí Noel, pero no comas tantas, que luego no vas a poder bajar por las chimeneas —le contestó Mamá Noel—. Acuérdate del año pasado, te quedaste atascado en la chimenea de la casa de Anita y menudo problema, menos mal que llevabas el saquito de polvo mágico en el bolsillo y pudiste salir volando, si no, a ver cómo lo habríamos solucionado.

—Sí, pero están tan ricas que no puedo resistirme… solo una más, por favor —contestó Papá Noel.

Se comió la última galleta y terminó el chocolate caliente. Se colocó el gorro, su calentito traje de felpa y le dio un gran abrazo y un beso a Mamá Noel.

—¡Hasta mañana Mamá Noel! Nos vamos, que esta noche tenemos mucho trabajo —le dijo.

—Hasta mañana mi gordito —le contestó—. Que tengáis una feliz noche de reparto de regalos.

***

—¡Aquí estoy! —dijo Papá Noel subiendo al trineo—. ¡Veo que todo está listo, así que, comienza la Nochebuena, todos a trabajar!

Papá Noel esparció el polvo mágico y el trineo salió volando a toda velocidad, dejando una nube de estrellas de colores, tintineos y polvos mágicos a su paso.

«A ver, a ver… Empezaremos por el norte e iremos bajando hacia el sur. El primer hogar que nos toca visitar es la casa de Pedrito, después la de Laura y Sofía, luego va la de Pablo, luego la de Jorge…».

Papá Noel iba planificando el viaje, para no dejar a ningún niño, ni a ninguna niña, que hubieran sido buenos, sin regalos.

Iban de tejado en tejado. Papá Noel bajaba por las chimeneas, mientras los renos le esperaban pacientemente en el trineo. Si no había chimenea, había que buscar otra forma de entrar. Menos mal que los peques siempre se encargaban de ponérselo fácil, dejando alguna ventana abierta.

—Veamos… la siguiente es la casa de Sara y Andrés —dijo. Y el trineo se posó en el tejado.

—¡Anda! Han pedido una tienda de campaña que se monta sola —dijo Papá Noel pensativo—. Que bien nos hubiera venido una de éstas a Mamá Noel y a mí, cuando fuimos de acampada a buscar semillas de muérdago… Estuvimos toda la tarde intentando montar la tienda y al final se nos cayó encima cuando estábamos durmiendo ¡ho ho ho! —dijo riendo—. Y esto ¿cómo funciona? Que a lo mejor encargo a los elfos que fabriquen una como regalo de Navidad para Mamá Noel.

 “Solo lánzala y cuando caiga al suelo, caerá montada. Y ya solo tienes que acostarte a dormir dentro”, decían las instrucciones.

Papá Noel lanzó la tienda de campaña tal como indicaba la caja y la tienda se abrió y cayó al suelo totalmente montada.

—¡Vaya, qué chulada! Pues sí, en cuanto vuelva, les encargaré una para Mamá Noel, se llevará una gran sorpresa —dijo—. Bueno, voy a guardarla de nuevo que tengo que seguir trabajando ¡Esto ya está!

Pero cuando fue a meterla en la caja…

¡FIUUUUUUUUUUUUU!

Salió volando y volvió a caer montada.

«Mmmm, debí hacer algo mal, voy a guardarla de nuevo».

Pero…

¡FIUUUUUUUUUUUUU!

…la tienda volvía a montarse sola, una y otra vez.

—¡Pero bueno! Qué invento es éste tan complicado ¡ahora no puedo cerrarla! —exclamó.

Por más que lo intentaba, no conseguía cerrar la tienda de campaña. La doblaba por aquí y se le abría por allá…

—Pues tendré que dejarla montada, pero ¿cómo la meteré por la chimenea? —Papá Noel no sabía qué hacer—. La dejaré aquí un momento, bajaré por la chimenea y abriré una ventana y por ella podré meter esta tienda de campaña tan rebelde.

Así pudo, al fin, dejar aquella indominable tienda de campaña para Sara y Andrés. Pero hizo tanto ruido con todo aquel lío, que el papá de los niños se despertó y se levantó a ver qué sucedía. Papá Noel salió enseguida por la chimenea, pero…

¡CASI LE PILLA!

—La ventana está abierta —dijo el papá de los niños. Se asomó a ver si había algo fuera, pero ya, solo vio un montón de luces de colores revoloteando alrededor de su casa. Al día siguiente, les contó a los niños lo que había visto, y todos estuvieron seguros de había sido el polvo mágico del trineo de Papá Noel.

***

—Bien, bien. Llegamos a casa de Luisito y Bea —dijo Papá Noel—. Qué chimenea tan grande, por aquí podré bajar sin problema.

Papá Noel bajó. Estaba dejando los regalos junto al árbol, cuando escuchó un ruido.

«Uuu, ¿qué ha sido eso?»

Papá Noel se quedó quieto. Pero entonces, escuchó unos pasitos por el pasillo.

—Oh, oh —exclamó-, viene alguien, tengo que esconderme, pero…

¿¿¿¿DÓNDE????

«¡Detrás de las cortinas!», pensó. Pero su barriguita hacía demasiado bulto, ahí le iban a descubrir.

«¡Ayyyyy! Debajo de la mesa». Pero no podía doblarse tanto.

«Oyyyyshhhh, tiene razón Mamá Noel, tengo que comer menos chocolate y galletas».

Intentó esconderse detrás del árbol, detrás de la puerta, detrás del sofá… pero nada, no cabía en ningún lado. Entonces pensó en esconderse en el cuarto de baño.

—Uffff, menos mal, aquí no me verán, esperaré a que vuelvan a la cama y saldré de nuevo por la chimenea. Espero que no vean los regalos y se pongan a abrirlos ahora, menudo problema, tengo que seguir repartiendo, aún me faltan muchas casas que visitar —dijo preocupado.

Pero, de pronto, la puerta del baño comenzó a abrirse.

«Ohhhhhhh vaya, qué contratiempo, voy a meterme dentro de la bañera, si no me descubrirán», pensó.

Se metió en la bañera y ahí se quedó, quietecito, sin mover ni un solo pelo de su larga barba blanca. Era Luisito, iba con los ojos medio cerrados, el pelo revuelto, y una pierna del pantalón del pijama subida y otra bajada.

Luisito se puso a hacer “pipí”…

PISSSSSSSSSSSSSSSSSSS

…mientras Papá Noel seguía dentro de la bañera con los dedos cruzados.

Cuando terminó de hacer pis fue a lavarse las manos, pero, como estaba medio dormido, en lugar de abrir el grifo del lavabo, abrió el de la bañera y…

¡FHSSSSSSSSSSSSSSSSS!

…el agua de la ducha le cayó encima a Papá Noel, que se puso empapado. Por fin, Luisito consiguió abrir el grifo correcto para lavarse las manos y volvió a la cama, sin haberse dado cuenta de nada.

«¡¡¡Ouuuuuu, estoy chorreando!!!»

Papá Noel salió de la bañera, dejó los regalos que faltaban y subió enseguida por la chimenea. Cuando llegó arriba, los renos le miraban extrañados.

—Mejor no preguntéis, vamos, vamos, que hemos perdido mucho tiempo, ya me iré secando por el camino, con este airecito tan fresco —dijo.

Papá Noel estaba congelado, pero tenían que seguir visitando casas, si no, no les daría tiempo de repartir todos los regalos.

***

Poco a poco, se fue secando y entrando en calor. La noche seguía avanzando y seguían repartiendo y repartiendo, más y más regalos.

Entonces, llegaron a la casa de Toñito. Pararon el trineo en el tejado, por la chimenea salía un intenso olor a queso…

—Mmmmm, qué bien huele, creo que en esta casa me entretendré un poquito más amigos renos, porque parece que me han dejado una tapita de queso con pan para reponer fuerzas. Me vendrá bien después del susto que me he llevado, casi me descubren y encima me he empapado —dijo.

Así que…

¡FIUUUUUUUUUUUUU!

…se deslizó por la chimenea. El olor a queso era cada vez más fuerte.

«Dejaré los regalos y luego descansaré un poquito, mientras me tomo ese rico queso que huele tan bien», pensaba mientras iba bajando.

Pero cuando llegó abajo…

¡NI HABÍA QUESO! ¡NI HABÍA PAN!

¡Lo que había, eran unos calcetines malolientes colgados de la chimenea!

—¡Oiiiiiiiisshhhhhhh! ¿Pero cómo es posible? ¡Ufff, qué peste! —dijo tapándose su rojiza nariz.

Era tal el olorcito a calcetín sudado, que tuvo que ir a hurtadillas a buscar una pinza para ponérsela en la nariz. Colocó los regalos enseguida y salió rápidamente por la chimenea.

Subió al trineo algo decepcionado, porque ya tenía mucha hambre y le habría sentado muy bien un rico quesito con pan.

«Espero que en la próxima casa me hayan dejado un vasito de leche caliente y unas galletitas», pensó.

***

«¡Vamos chicos, que aún quedan muchos regalos por repartir! ¡Tenemos que darnos prisa!»

Echó un poquito más de polvo mágico, para que el trineo fuera más rápido. Entonces, el trineo empezó a inclinarse hacia un lado, tanto, que casi se caen todos los regalos.

—¡Pero ¿qué sucede?! —exclamó.

Al salir tan deprisa, Relámpago, el reno más rápido de todos, se había torcido una pata y estaba cojeando.

—¡No puede ser! ¡Vaya nochecita! —dijo Papá Noel—. Tendré que comprar una venda para esa pata, ahora no puedes parar Relámpago, si no, muchos niños y niñas se quedarán sin regalos. Pero así vestido me reconocerán —dijo pensativo.

Entonces, recordó que Julia y Tino, los niños de la próxima casa que iban a visitar, habían pedido ropa nueva para su papá.

«Quizás podría coger algo prestado», pensó.

Abrió un paquete y sacó un pantalón verde fosforito y una camisa de palmeras.

«No es muy de mi estilo, pero servirá».

Papá Noel se colocó el pantalón y la camisa, estaba… diferente. Quizás hubiera necesitado dos o diez tallas más…

—¿Qué tal estoy? ¿Se me reconoce? —les preguntó a los renos casi sin aliento, por lo apretada que le quedaba aquella ropa tan pequeña.

Los renos le miraron con cara de…

«¿Si no hay más remedio?».

Y… «no, no se te reconoce Papá Noel».

—¡Estupendo! Pararemos en la primera farmacia que veamos, compraré una venda y unas pastillitas de fresa y nata y con eso se te pasará enseguida el dolor de la pata, Relámpago —dijo Papá Noel, que casi no podía respirar.

—Bajemos, ahí hay una —les dijo a los renos.

«Buenas noches, puede darme una venda y unas pastillitas de fresa y nata para el dolor de pata, por favor».

La señora que atendía la farmacia se quedó sin habla, al ver a aquel señor, con esa gran barba blanca y vestido de aquella forma tan extraña. Solo pudo decir que sí con la cabeza.

Papá Noel se sentía observado.

—Es que voy a una fiesta hawaiana ¿sabe? —dijo tratando de explicar aquella facha.

—¿En Nochebuena? —pudo articular la farmacéutica—. Y ¿casi nevando? —preguntó.

—¡Claro! ¡Hace una noche estupenda! —contestó Papá Noel, al que le rechinaban los dientes por el frío—. Me voy, que me voy a perder lo mejor de la fiesta, buenas noches —y salió enseguida de allí.

—Buenas noches —contestó la farmacéutica, que aún no creía lo que estaba viendo—. Creo que me he pasado con el champán.

Relámpago se tomó dos pastillitas de fresa y nata y Papá Noel le colocó la venda en la pata. Enseguida estuvo como nuevo. Así, pudieron continuar recorriendo todos los hogares que aún no habían visitado.

***

Por fin, llegaron a casa de Mario.

Mario había sido muy bueno este año. Había ayudado mucho a sus papás y se había aplicado mucho en el colegio.

Pero solo había pedido un regalo, un cuento con páginas grandes, con dibujos grandes y con letras grandes.

A su abuela le gustaban mucho los cuentos, pero como ya era muy mayor, casi no veía. Y, aunque tenía unas gafas enormes, de esas que te dejan los ojos chiquititos, chiquititos, no conseguía ver las letras de los cuentos que Mario tenía en su estantería.

Por eso, Mario siempre tenía que leérselos. Antes era ella, quien se los leía a él.

Papá Noel le dejó bajo el árbol un cuento precioso y grande. A riesgo de que le vieran, se acercó a la habitación de Mario y le observó, estaba profundamente dormido.

Papá Noel pensó en el gran corazón que tenía Mario y en lo mucho que quería a su abuela, no habiendo pedido nada para él y habiendo pedido solo un regalo tan especial para ella.

***

—¡Bien, amigos renos! Hemos entregado el último regalo de esta Nochebuena —dijo Papá Noel. Volvamos a Laponia cuanto antes, porque después de esta noche tan agitada necesito un chocolate calentito y unas galletas de jengibre de Mamá Noel.

Rodolfo le miró con el ceño fruncido.

—Sí, sí y vosotros un buen canasto de avena, zanahorias y manzanas, ya lo sé —le contestó-. ¡Vamos de vuelta a casa!

Papá Noel regresó a Laponia hasta la próxima Nochebuena. Había sido una noche algo complicada, pero estaba feliz porque, un año más, había cumplido los deseos de todos los niños y niñas.

***

¿Os cuento un secreto? Papá Noel tiene un libro mágico, donde puede ver a todos los niños y a todas las niñas del mundo, así es como sabe quiénes son buenos y quiénes no… Y, el día de Navidad, lo abre con Mamá Noel, para ver la alegría de todos al despertar y descubrir, que han recibido su visita.

Este año, tenía especial curiosidad, por ver la página de aquel pequeño que solo había pedido un regalo para su abuela.

Cuando abrió el libro, vio a Mario sentado en la alfombra, escuchando atentamente el cuento que su abuela le estaba leyendo. Entonces Papá Noel comprendió que, el regalo que había pedido Mario para su abuela, también era un regalo para él… porque, en realidad, lo que había pedido, era que su abuelita pudiera volver a leerle cuentos.

Y a ti ¿te ha gustado este cuento?

Y colorín colorado este cuento se ha acabado.

¡Feliz Navidad!

Muaaaaaaaaaaaaaaaaa

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