Skip links

Ricitos de Oro

Os gusta curiosear en las cositas de los demás? Os gusta coger las cosas que no son vuestras sin pedir permiso?😱 Hoy os traemos la historia de Ricitos de Oro… veréis lo que le pasó por ser tan curiosa.

RICITOS DE ORO Y LOS TRES OSOS

Hoy vamos a leer la historia de una niña muy curiosa, eso sí, guapa, guapa, de rechupete, con el pelo largo, rizado y rubio como el sol, tanto que la llamaban Ricitos de Oro.

Ricitos de Oro era muy curiosa, siempre estaba abriendo los armarios, los cajones… le gustaba mirar en las mochilas de sus compañeros del cole, para ver lo que llevaban dentro. ¿Qué vamos a hacer? Ricitos de Oro era así.

Un día, estaba paseando por el bosque y se le ocurrió hacer algo diferente.

Voy a salirme del camino y me adentraré en el bosque, que no he ido nunca por ahí, a ver qué encuentro -pensó Ricitos de Oro-, a lo mejor veo el nido de un pájaro raro, o un hada montada en un unicornio…

Iba imaginando lo que podría encontrarse, cuando vio una bonita cabaña entre los árboles.

¡Qué cabaña tan chula! -pensó Ricitos de Oro-. Voy a acercarme a curiosear por la ventana, a ver qué hay dentro.

Pero la ventana estaba demasiado alta y no podía ver nada. Sin pensárselo dos veces, llamó a la puerta.

¡Toc toc! Pero nadie le contestó, entonces abrió.

Parece que no hay nadie -dijo-, bueno, pues si no hay nadie yo puedo entrar.

Así que entró.

Cuando entró en la cabaña, vio que encima de la mesa había tres tazones de leche. Uno grande, otro mediano y otro pequeño.

Con el hambre que tengo, que bien me vendría tomarme un buen tazón de leche -pensó-. Probaré el grande, que tengo mucha hambre.

Lo probó, pero…

¡Uyyyyy! está demasiado caliente, no me lo puedo tomar, no no -dijo.

Decidió probar el tazón mediano.

¡Puaj! Está muy frio, no me gusta tan frío- dijo-. Probaré el pequeñito.

Probó el más pequeño.

¡Ummmmm! Éste está perfecto, ni muy caliente, ni muy frío, templadito como a mí me gusta, con su punto justo de cacao. Además, tiene un montón de galletas -dijo.

Así que… ¡ñam ñam ñam!… Ricitos de Oro se comió todas las galletas y se tomó todo el tazón de leche.

Cuando terminó de comérselo le dio un poco así, como de sueñito. ¡Aaaaaaaaaaaa! -bostezó-. Ahora no me apetece nada volver a mi casa, la verdad es que me vendría muy bien sentarme un ratito a descansar y luego ya me voy a casa -pensó.

Vio que había tres sillas para sentarse. Una grande, una mediana y otra pequeña.

Fue a sentarse en la más grande, pero era tan alta…

¡Uf! ¡Qué alta! No puedo subirme -dijo.

Se sentó en la mediana.

¡Ay! Aquí sí puedo sentarme, pero esta silla es muy incómoda, ¡qué dura! Me duele el culete -se quejó. Y se levantó enseguida.

Entonces miró la más pequeñita y decidió probarla.

¡Mmmmmmm! Mucho mejor, ésta sí que es cómoda, con sus cojines blanditos -dijo mientras se acomodaba. Pero, de pronto… ¡PLOOFFFF!… ¡la sillita se rompió!

¡Oh! Se ha roto la pata de la silla -dijo preocupada-. La colocaré otra vez y nadie se dará cuenta… espero. Pero ahora me he quedado sin silla donde sentarme a descansar -pensó.

Entonces vio unas escaleras.

Voy a subir a la planta de arriba, a ver qué hay, a lo mejor arriba hay más sillas o a lo mejor hay juguetes… -dijo Ricitos de Oro, tan curiosa como siempre.

Cuando subió vio que había tres camas. Una grande, otra mediana y otra pequeñita.

¡Qué bien! Me voy a dormir una buena siestecita en una de estas camas. Me acostaré en la más grande, que así tendré mucho espacio -pensó.

Pero cuando se acostó ¡ploff! se hundió dentro del colchón.

¡Qué blanda es esta cama! No me gusta -dijo.

Así que, se cambió a la cama mediana, pero…

¡Ufff! Ésta es muy dura. ¡No! Qué incómoda, me duele la espalda -se quejó.

Entonces pensó en acostarse en la más pequeñita.

¡Mmmmm! Ésta sí que es cómoda, qué mullida, al lado de la ventana y además con un peluche dentro para acurrucarme. Ésta es perfecta -dijo.

Se acurrucó, se acurrucó y se quedó dormida.

Al cabo de un rato, llegaron los dueños de la casa, los Tres Osos. Papá oso, Mamá osa y Bebé osito.

Cuando entraron, Bebé osito gritó:

¡¡¡Papá, mamá!!! Alguien se ha tomado mi tazón de leche con galletas.

Pero hijo, quién se va a haber tomado tu leche y tus galletas, si aquí no hay nadie -dijo Papá oso.

Pues no lo sé, pero yo dejé mi tazón de leche preparado para cuando volviéramos del paseo y ahora no está, osea que, alguien se lo ha comido -dijo Bebé osito.

Hijito, seguro que te lo tomaste antes de irnos y ahora no te acuerdas -dijo Mamá osa.

¡No, no y no! Yo no me lo he tomado -dijo-. ¡Pues me enfado, y me enfado tanto, tanto, tanto, que me voy a sentar en mi silla y no quiero hablar con nadie!

Entonces Bebé osito se sentó en su silla y…

¡PLOOOOOOOOOOOOOOOOOOFFFFFFFFFF!

…se cayó al suelo porque ¡estaba rota!

¡¡¡Papá, mamá!!! -gritó.

Alguien se ha sentado en mi silla y me la ha roto -dijo llorando.

Quién se va a haber sentado en tu silla, pero si aquí no ha venido nadie -dijo Papá oso.

Pues mi silla estaba perfectamente cuando nos hemos ido al paseo y ¡ahora está rota! Eso es porque alguien ha venido, se ha sentado y ¡me la ha roto! -dijo Bebé osito.

Pero hijito, se rompería ayer y no te has dado cuenta -dijo Mamá osa.

¡No, no, no y no! Mi silla no estaba rota -dijo-. ¡Y ahora sí que me enfado mucho, mucho y mucho! ¡Y me enfado tanto, tanto, tanto que me voy a la cama y no quiero ni cenar ni ver a nadie! -dijo muy enfadado.

Así que se fue a la planta de arriba para irse a la cama, pero cuando llegó… ¿quién estaba allí durmiendo plácidamente?

¡Claro! ¡Ricitos de Oro!

¡¡¡Papá, mamá!!! ¡Hay una niña durmiendo en mi cama! -gritó.

¿Qué? Pero ¿cómo va a haber una niña durmiendo en tu cama? ¿Qué estás diciendo? -dijo Papá oso sorprendido.

Mamá osa subió corriendo a ver qué pasaba.

¡Papá oso, Papá oso! Es verdad, hay una niña durmiendo en la cama de nuestro bebé! -dijo.

Ya os lo dije, la misma que se ha tomado mi leche y la misma que me ha roto la silla -dijo Bebé osito-. ¡Tú, niña, despierta! -le gritó.

Ricitos de Oro se despertó sobresaltada, abrió los ojos y vio tres osos mirándola con cara de muy malas pulgas.

Grrrrrrrrrrrrrrrr ¿tú te has tomado mi leche? -preguntó Bebé osito.

Eh… bueno… sí… es que tenía un poquito de hambre -contestó Ricitos asustada.

¿Y tú has roto mi silla? -preguntó cada vez más enfadado.

Sí, pero yo no quería que se rompiera, es que me senté a descansar y entonces… -contestó Ricitos sin saber qué decir.

Ah, no querías, no querías, pues no querías, pero me la has roto ¡que lo sepas! -dijo Bebé osito con el ceño fruncido.

Pero bueno niña ¿a ti no te han enseñado que no se puede entrar en las casas de los demás y usar sus cosas sin pedir permiso? Eso es de muy mala educación -dijo Papá oso.

Vamos a tener que llamar a tus papás -dijo Mamá osa.

¡Pues yo no quiero llamar a su mamá, ni a su papá, ni a nadie! Lo que quiero es que se vaya ya, porque ¡estoy muy súper, súper, súper, súper, súper enfadado! -gritó Bebé osito.

El bebé osito estaba muy enfadado. Ricitos había entrado en su casa, se había tomado su leche, se había metido en su cama y, encima, le había roto su silla. Así que la echó de casa enfadadísimo.

Ricitos de Oro salió corriendo y no paró hasta llegar a su casa.

Llegó a casa con la cara roja como un tomate.

Ricitos ¿qué te ha pasado, parece que vienes asustada, te ha ocurrido algo? -le preguntó su mamá.

Pues sí, verás… es que ha pasado una cosa… -dijo la niña.

Y entonces Ricitos de Oro tuvo que contarle a su mamá todo lo que había sucedido en la cabaña de los Tres Osos.

Mamá también se enfadó mucho.

¿Ves lo que ha pasado y por qué te estoy diciendo todos los días que no se puede entrar en las casas de los demás sin pedir permiso, que no se pueden coger las cosas que no son tuyas sin preguntar? -dijo mamá-. De verdad Ricitos ¡no sé que voy a hacer contigo!

Ya lo sé mamá, pero soy tan curiosa que no puedo evitarlo -contestó-. Vi la cabaña tan bonita, la leche tan rica y la cama tan mullida… Pero prometo que no volveré a hacerlo nunca más, me voy a la cama -dijo llorando.

Así que, Ricitos de Oro se fue a la cama muy arrepentida, pensando en que lo que había hecho, pues a lo mejor no estaba muy bien, porque todo el mundo se había enfadado un montón.

Al día siguiente la mamá de Ricitos de Oro vio venir a los Tres Osos hacia su casa.

Ricitos, vienen los Tres Osos hacia nuestra casa con cara de enfado. Vamos a ver lo que nos dicen ahora ¡ay! -dijo mamá.

¿Y si les hacemos una tarta? A lo mejor así se les pasa el enfado -dijo Ricitos de Oro.

¡Anda, anda! ¿cómo les vamos a hacer una tarta? ¡Ussssshhhhhh! Voy a bajar a ver lo que quieren -mamá también estaba muy enfadada.

Los Tres Osos llamaron al timbre.

¡TIN, TON! ¡TIN, TON! ¡TIN, TON! ¡TIN, TON!

Mamá abrió la puerta enseguida.

¡Buenos días! ¿Qué tal? ¿Qué se les ofrece? -preguntó amablemente.

Mire usted señora, venimos porque ayer su hija se metió en nuestra casa -dijo Papá oso.

¡Sí! ¡Y se tomó mi leche, me rompió la silla y se metió en mi cama! -dijo Bebé osito.

Bueno sí, es que Ricitos de Oro a veces es un poquito curiosa, pero vino muy arrepentida y creo que ha aprendido la lección y no lo va a volver a hacer. La voy a llamar para que baje y les pida disculpas -les dijo mamá.

¡Sí sí, que baje, que baje! -dijo Bebe osito, que seguía muy enfadado.

¡Ricitos de oro, baja, que están aquí los Tres Osos, que quieren hablar contigo! -dijo mamá.

No, ahora no, si eso que vengan la semana que viene… o no, mejor que vengan el año que viene y ya hablamos, si ahora no hace falta que hablemos de nada…-contestó Ricitos de Oro, que no quería bajar a hablar con los Tres Osos.

¡Venga baja! -insistía mamá.

Es que ahora… me duele la tripa -mintió Ricitos de Oro.

No pasa nada, luego se te pasará, baja que están esperando -le repitió mamá.

Es que… ¿sabes qué pasa? que no sé atarme los cordones de las zapatillas y me voy a caer por la escalera -mintió de nuevo Ricitos.

¡Niña, baja de una vez! -gritó Bebé osito.

Así que, Ricitos de Oro no tuvo más remedio que bajar a disculparse con los Tres Osos.

Hola Tres Ositos -dijo mirando al suelo.

Los Tres Osos estaban allí plantados, esperando una explicación.

De verdad que lo siento mucho -dijo Ricitos-. Lo que pasa es que soy así de curiosa, pero prometo, de verdad, que nunca más lo voy a volver a hacer. ¡Lo prometo, lo prometo y lo prometo!

¡Ya! No lo vas a volver a hacer, pero así con todo el morro, te tomaste mi leche, me rompiste la silla y encima te metiste en mi cama y ¡con mi peluche preferido! -dijo Bebé osito enfurruñado.

Perdóname Bebé osito -dijo Ricitos.

Entonces el bebé osito, que, en realidad, era muy bueno, estaba enfadado, pero ya se le estaba empezando a pasar un poco, le dijo:

Bueno, entonces ¿no lo vas a volver a hacer?

No, no de verdad -contestó Ricitos de Oro.

Y ¿te gustó mi leche? -le preguntó sonriente.

Sí, justo como a mí me gusta, templadita y con muchas galletas -contestó Ricitos.

Y ¿te gustó mi silla?

Sí, claro, lo que pasa que se rompió -dijo Ricitos arrepentida.

No pasa nada, mi papá me la arreglará -le dijo Bebé osito al oído-. Y ¿te gustó mi cama?

¡Sí! Tan mullida, calentita y junto a la ventana -contestó Ricitos.

¡Vaya! Pues creo que tenemos muchas cosas en común. ¿No crees que podemos ser amigos? -dijo Bebé oso.

¡Claro que sí! -dijo Ricitos de Oro.

Los dos se abrazaron muy contentos. ¡Ya nadie estaba enfadado!

Al final, todo salió bien. Ricitos de Oro y Bebé osito se hicieron amigos. Y Ricitos aprendió que debes respetar a los demás y nunca debes coger sus cosas sin pedir permiso.

Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

Abrir chat
1
Hola 👋, ¿En qué podemos ayudarte?