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Robin Hood

Hace muchos muchos años, en un lugar muy muy lejano, existía un pequeño reino, donde todos vivían felices ☺️. Tenían un Rey justo, el Rey Ricardo🤴, que gobernaba con sabiduría y bondad. Pero un día el Rey tiene que abandonar el reino para ir a la guerra y entonces…

ROBIN HOOD

Hace muchos muchos años, en un lugar muy muy lejano, existía un pequeño reino, donde todos vivían felices. Eran campesinos que vivían de labrar las tierras y cuidar el ganado. Tenían un Rey justo, el Rey Ricardo, que gobernaba con sabiduría y bondad.

Un día, el Rey Ricardo tuvo que irse a la guerra, para defender el pequeño reino. Pasaron los meses y no regresaba, estaba empezando a haber muchos problemas, porque no había quien gobernase. Entonces, el hermano pequeño del rey, el príncipe Juan, decidió ocupar el trono, primero solo para sustituir a su hermano, pero con el paso del tiempo, se proclamó Rey y comenzó a gobernar… a su manera.

El rey Juan era malvado, obligaba al pueblo a trabajar mucho para que luego le entregaran casi todo lo que ganaban, para gastárselo en fiestas, trajes, comida y regalos. Los habitantes del pequeño reino tenían que pagar tanto al rey que prácticamente no les quedaba para comer.

Cada día el rey Juan enviaba a sus soldados por las casas de los campesinos, para que le pagaran. Por eso, todos vivían en la miseria y asustados, porque si no pagaban, iban directamente al calabozo.

Robin Hood era un joven arquero. Junto a su amigo el pequeño Luis, pasaba el día en el bosque, practicando con el arco y las flechas. Ya había oído hablar de la maldad de rey Juan.

Este rey malvado no deja vivir a la pobre gente, si esto sigue así tendremos que hacer algo -le decía al pequeño Luis.

Un día, mientras estaban en el bosque, vieron llegar a los soldados del rey a casa de Tino y Dora, una pareja de ancianos. Subidos a un árbol pudieron ver lo que sucedía sin ser vistos.

Eh, tú, anciano, venga dame el dinero para su majestad el Rey Juan -dijo uno de los soldados.

Pero no tengo dinero, la cosecha ha sido muy mala -contestó Tino.

Da igual, entonces dame pan y leche -le contestó el soldado.

Tampoco tenemos, la última vez os llevasteis la última cabra que nos quedaba, desde entonces no hemos podido tomar leche -dijo Dora-, y como el rey Juan quiere tener el horno solo para hacer su pan, no podemos cocerlo, por eso tampoco tenemos pan.

Maldita sea, pues darnos huevos aunque sea -dijo el soldado contrariado.

Ya no tenemos huevos, como no podíamos alimentar a las gallinas, las tuvimos que vender, pero el dinero ya os lo llevasteis la semana pasada -dijo Tino.

Bah, no servís para nada -dijo el soldado enfadado- venga, apresarlos y al calabozo, por no pagar.

Pero cuando iban a apresarlos, una flecha atravesó el gorro de uno de los soldados, luego otra, otra y otra, hasta que todos los gorros quedaron atravesados por flechas.

Los soldados subieron a sus caballos y huyeron a toda prisa, no vieron de dónde venían aquellas flechas, pero lo que sí sabían era que quien las lanzaba, tenía muy buena puntería.

Se fueron tan asustados que ese día no pararon en ninguna casa más, por lo que llegaron al castillo sin una sola moneda.

¿Cóoomooooo? -gritó el rey-, ¿que no habéis recogido ningún dinero para mí hoy?, pues mañana iréis y pediréis el doble.

Así lo hicieron, al día siguiente salieron temprano, tenían que ir a todas las casas que pudieran, debían recoger mucho dinero para el rey, si no, quienes irían al calabozo serían ellos.

Fueron casa por casa, pidiendo el doble de lo que pedían antes, y todos los campesinos le entregaron lo que pedían.

Vaya, parece que ya habéis aprendido quién manda en el reino -dijo el capitán- así es como debe ser, nosotros pedimos y vosotros pagáis.

Volvían al castillo con las arcas llenas de monedas y las cestas llenas de fruta, verdura, leche, pan, huevos y carne, con muchas ganas de llegar para entregar al rey todo lo que habían conseguido cobrar a los campesinos.

De pronto, una linda costurera apareció en el camino.

Buenas tardes, honorables caballeros -dijo-, por favor, ¿podrían ayudarme? llevo horas dando vueltas por el bosque y no consigo encontrar el camino del castillo, traigo lindas telas para hacer nuevos trajes para los soldados del rey.

¿Ah sí? -preguntaron.

Sí, son preciosas ¿las quieren ver? -les dijo.

Los soldados se acercaron a ver las telas con las que se iban a coser sus nuevos trajes, se entretuvieron un rato y luego le indicaron el camino.

Si quiere podemos acompañarla, nosotros también vamos camino del castillo -dijeron.

No, no, perdónenme, pero antes tengo que pasar a recoger los botones, vayan ustedes, que yo ya, sabiendo el camino, llegaré algo más tarde- contestó la costurera.

Los soldados continuaron camino. Cuando llegaron en presencia del rey, fueron contentos a entregarle las arcas y las cestas pero…. ¡estaban vacías!

¿Cómo es posible? Si las traíamos llenas -dijo el capitán sorprendido.

¡¡¡Inútiles!!! ¡Otro día que volvéis sin traer ni una sola moneda! -gritó el rey.

¿Qué había pasado?

Robin Hood y el pequeño Luis habían urdido un plan. Dijeron a todos los campesinos que entregaran a los soldados todo lo que les pidieran, que luego ellos se encargarían de recuperar todo y devolvérselo.

Y así fue como ocurrió, mientras Robin, disfrazado de costurera, distraía a los soldados, el pequeño Luis se metió en el coche de caballos por detrás y vació las arcas y las cestas, llevándose todo detrás de unos matorrales, cuando los soldados se marcharon, cogieron todo y fueron de casa en casa repartiéndolo de nuevo.

Desde entonces Robin Hood y el pequeño Luis se las ingeniaban siempre para recuperar todo lo que los soldados del Rey quitaban a los campesinos.

El rey no sabía quién era el que le robaba todo lo que sus soldados recogían. Ofreció una recompensa a quien le entregara a aquel ladronzuelo, pero nadie le ayudó a encontrarlo, porque el pueblo estaba encantado de que alguien, por fin, le diera su merecido a ese rey tan abusón.

Robin Hood se convirtió en la pesadilla del rey Juan, que ya no podía comprarse trajes nuevos, ni dar grandes fiestas, ni comer todo lo que se le antojara, porque poco a poco, se estaba quedando sin una moneda.

Lo único que sé de ese ladrón es que es un buen arquero, el mejor del reino -dijo el Rey-. Organizaré un torneo de tiro con arco, no podrá resistirse a participar -pensó-, y cuando gane el torneo… ¡zas!, le atraparé como a un ratón -dijo-, ofreceré una suculenta recompensa para el ganador, querrá ganarla para ayudar a esos pobres a los que les entrega todo mi dinero.

Al día siguiente ordenó que se colgaran carteles por todo el reino anunciando la celebración del torneo. Y un emisario lo leyó en la plaza para que todos se enteraran.

“Por orden de su majestad el rey Juan, se hace saber, que el próximo domingo se celebrará en el patio del castillo un torneo de tiro con arco. Podrán participan todos cuantos quieran. La recompensa para el ganador será de quinientas monedas de oro”.

¿Has oído Luis? Quinientas monedas de oro…-dijo Robin-, con eso los campesinos tendrían para comer durante varios meses. Iré al torneo y ganaré la recompensa. Al final el pueblo va a ser más rico que el propio rey -dijo riendo.

Así llegó el gran día del torneo. Se habían apuntado muchos participantes, pero la mayoría eran campesinos que ni siquiera habían cogido un arco en su vida.

Todos en fila -dijo el rey- irán pasando uno a uno y lanzarán una flecha, solo hay una oportunidad, el que la lance más cerca del centro de la diana será el ganador.

Comenzaron a lanzar. Las flechas salían en todas las direcciones, alguna estuvo a punto de dar al propio rey. Algunos lanzaban bastante bien, al menos conseguían dar en la diana, pero nadie conseguía dar justo en el centro. Hasta que le tocó el turno a Robin Hood, que sin mucho esfuerzo, ¡pim! lanzó la flecha y la clavó justo en el centro de la diana.

En ese momento, el rey dio un salto y gritó: ¡Premio para el caballero!

Y los soldados se echaron encima de Robin y lo arrestaron.

Vaya vaya, así que ¿tú eres el ladronzuelo que me ha estado robando? -dijo el rey- pues vas a pagar por ello.

Mañana al amanecer te ataré una piedra a los pies y te echaré al pozo -dijo-. No, mejor, te ataré un buen filete a la cintura y soltaré a mis perros para que te persigan y…. No no, creo que te ataré por los pies y te colgaré en el medio de la plaza como un jamón hasta que te seques, para que todo el mundo sepa el castigo por robar al rey. O mejor, te dejaré en el calabozo durante años desayunando, comiendo, merendando y cenando brócoli hervido, ¡y sin sal!

Bueno, encerrarle, esta noche pensaré bien lo que quiero hacer con él -dijo, al final, el perverso rey.

El pequeño Luis estaba allí, pero permaneció callado para que no descubrieran que era el compañero de Robin Hood. Se marchó corriendo a contar al pueblo que el rey había atrapado a Robin y a pensar un plan para liberarlo. Pero iba a resultar muy difícil, porque estaba encerrado en los calabozos del castillo, era casi imposible llegar hasta allí.

El pequeño Luis y todos los amigos de Robin Hood, a quienes tanto había ayudado en los últimos tiempos, estaban desolados, no se les ocurría ninguna manera de rescatar a Robin y evitar que aquel malísimo, superperverso y extramalvado rey le hiciera… vete tú a saber qué.

De pronto apareció una joven, muy guapa y con elegante vestimenta.

Quién eres tú -preguntó el pequeño Luis- porque no pareces una campesina.

Soy Lady Marian, la hermana del rey -contestó-, llevo tiempo viendo la maldad con que mi hermano trata a nuestro pueblo y admiro profundamente a Robin Hood por lo que ha estado haciendo, es el único que ha sido valiente para enfrentarse a él. Por eso, quiero ayudaros a rescatar a Robin de las garras de mi hermano.

Eso lo cambiaba todo, con una aliada dentro del castillo sería mucho más fácil liberar a nuestro amigo Robin.

Esta noche bajaré a los calabozos, le abriré la puerta de la celda y saldremos por los sótanos del castillo hasta la muralla -dijo Lady Marian-, vosotros nos esperaréis en la puerta norte, ordenaré que la abran y Robin podrá escapar por allí.

Todos estuvieron de acuerdo con el plan.

Está bien, Lady Marian -dijo el pequeño Luis- allí estaremos.

Al caer la noche Lady Marian salió de puntillas de su cuarto y se dirigió a los calabozos para llevar a cabo su plan. Abrió la puerta de la celda de Robin.

Hola Robin, soy Lady Marian, hermana del rey, admiro tu valentía y tu labor, devolver a los pobres campesinos todo lo que mi hermano les roba es lo justo, por eso quiero ayudarte a escapar, no quiero que mi hermano siga cometiendo injusticias.

Lady Marian, había oído hablar de vuestra belleza, pero nunca imaginé que fuera tanta -contestó Robin embelesado.

Robin, no hay tiempo para cumplidos, démonos prisa, nos esperan en la puerta norte con caballos para que puedas huir lo más rápido posible -le contestó Lady Marian.

Atravesaron los sótanos y llegaron a la muralla, allí estaba el pequeño Luis con los caballos para escapar. Lady Marian ordenó abrir la puerta norte y Robin Hood salió, saltó a uno de los caballos y huyó a toda prisa… mientras huía volvió la cabeza para mirar a Lady Marian, había quedado prendado de ella…

Cuando llegaron al bosque todos sus amigos les esperaban para celebrar la vuelta de Robin. Todos le abrazaron, estaban muy contentos de que al fin hubiera podido escapar.

Robin también estaba muy contento, pero no podía olvidar a Lady Marian. Que además de hermosa era muy valiente, por haberse arriesgado tanto para ayudarle.

Al día siguiente el rey bajó a los calabozos a buscar a su prisionero, pero…

¡¡¡¡¡No está!!!!! -gritó-, ¿cómo es posible, cómo ha podido escapar?. El rey estaba furioso.

¡Quiero una explicación! Cuando de pronto miró al suelo y vio… el pañuelo de Lady Marian.

Creo que acabo de encontrarla… -dijo. Y salió a toda prisa a buscar a su hermana.

¿Qué sucede? -preguntó Lady Marian tratando de disimular.

No sé ¿tú qué crees? Quizás que ¿has ayudado a Robin Hood a escapar? -le gritó- muy bien ¡pues ahora ocuparás su lugar! Quizás seas tú quien desayune, coma, meriende y cene brócoli hervido de por vida… ¡y sin sal! Y la encerró en el calabozo.

La noticia del encierro de Lady Marian se extendió rápidamente llegando a oídos de Robin Hood.

Tenemos que hacer algo Luis, no podemos quedarnos de brazos cruzados -dijo Robin- ella está encerrada por mi culpa.

Ya, pero qué podemos hacer, es imposible llegar hasta los calabozos para liberarla -dijo el pequeño Luis.

Entonces atacaremos el castillo -contestó.

¿Qué? -preguntó el pequeño Luis sin dar crédito a lo que oía- ¿estás loco? ¿cómo vamos a atacar el castillo? Solo somos dos, y yo no sé lanzar flechas.

Iremos todos, todo el pueblo nos ayudará -dijo Robin-, nos armaremos con todo lo que podamos… piedras, patatas, tomates, huevos…. Y venceremos.

Sería mejor armarse con flechas, pero bueno… -dijo Luis con poca fe en que aquella fuera una buena idea.

Cuando se lo contaron al pueblo todos estuvieron de acuerdo en que había que ayudar a Lady Marian y vencer a aquel malvado rey y se pusieron manos a la obra. Cada uno cogió lo que pudo y todos salieron en pelotón hacia el castillo.

Subiré a la muralla, y mientras todos vosotros lanzáis toda clase de cosas a los soldados aprovecharé para saltarla y entraré al castillo a rescatar a Lady Marian.

Cuando llegaron todo estaba tranquilo. Llamaron a la puerta de la muralla.

¿Quién va? -preguntó un centinela.

Venimos al castillo a traer fruta fresca para su majestad el rey, por favor abrir la puerta -contestaron.

Cuando los centinelas abrieron la puerta, todo el pueblo se metió en el castillo, lanzando todo lo que llevaban. Volaban los tomates, los huevos, las patatas, las piedras… se montó un tremendo lío.

Los habitantes del castillo estaban confundidos y el rey se asomó a ver qué era aquel escándalo. Aprovechando la confusión, Robin se dirigió a los calabozos para rescatar a Lady Marian. Pero cuando estaba abriendo la puerta del calabozo para liberarla…

Llegó el rey con sus soldados. Y lo que ocurrió fue que, en lugar de salir Lady Marian del calabozo, entró Robin Hood. Aquello sí que ya… era el fin.

De pronto, comenzaron a escucharse cascos de caballos corriendo por el patio del castillo. Y la voz de alguien que gritaba:

Pero qué es esto ¿qué está pasando aquí? Regreso a mi castillo después de años y lo que me encuentro ¿es una verdulería revuelta?

Es mi hermano Ricardo ¡el verdadero rey! -dijo Lady Marian aliviada- ¡ha regresado!

El malvado rey Juan, viendo la que se le venía encima, salió despavorido por los sótanos hacia la misma puerta norte por la que la noche anterior había escapado Robin. Pero cuando llegó, allí estaba el rey Ricardo, esperándole.

Hermano, he oído que durante mi ausencia has ocupado mi lugar como rey, pero no has sido lo que se dice un rey justo y bondadoso, sino todo lo contrario -le reprochó el rey Ricardo-. A partir de hoy vuelvo a ser el legítimo rey y ya pensaré lo que hago contigo.

La lucha de frutas y verduras paró y Robin y Lady Marian fueron liberados.

El rey Ricardo volvió a reinar y todo volvió a ser como antes, todos volvieron a vivir felices y tranquilos. El rey supo de la valentía de Robin y le nombró caballero.

Majestad, debo decir que no lo hice solo, mi amigo, el pequeño Luis, me ayudó a combatir las injusticias del rey Juan, sin él, no habría podido hacerlo -confesó Robin.

Entonces también nombraré caballero al pequeño Luis -dijo el rey Ricardo.

Lady Marian también estaba feliz, a partir de ahora podría ver mucho más a menudo a Robin, ya que se habían enamorado… definitivamente, estaban hechos el uno para el otro.

Mientras, el rey Juan se retorcía de envidia y de rabia.

Ricardo, ¿cómo puedes nombrar caballeros a esos dos ladronzuelos? que me han estado robando, ¡que han ultrajado al rey! -decía.

Hermano -dijo el rey Ricardo- debes aprender bien aquel refrán que dice:

“Quien roba a un ladrón, tiene cien años de perdón”.

Dicen que el rey Ricardo metió a su hermano Juan en un barco y ordenó que le dejaran en una isla desierta, para que pensara en todo el mal que había hecho. ´

Pero no me dejéis aquí solo… ¿qué comeré? -suplicaba el rey Juan.

No te preocupes hermano, todas las semanas te llevaremos un buen saco lleno de brócoli hervido… y sin sal -contestó el rey Ricardo.

Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

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